16 Taylor
Locura confirmada
—Es una auténtica locura —repite por cuarta vez David, sentado en el salón de su casa.
David vive en Merkinch, un barrio humilde de Inverness, en una de esas pequeñas casas adosadas que se suceden unas junto a otras, sin garaje y con unos pocos escalones hasta la puerta. Muy diferente de la zona residencial de Elspeth y de su casa, bastante más lujosa.
Después de contarle a Fiona mi desequilibrada idea en la agencia, he llamado a David. Ya se había marchado y me ha citado aquí.
Y sí, es una locura. Fiona, aunque preocupada por mi seguridad, me ha apoyado.
Que el heredero del whisky quiera contratar a la agencia cuando Elspeth no está complica un poco las cosas, pero ya resolveremos esa parte.
David, en cambio, apenas ha reaccionado mientras le contaba mi encuentro con él y su propuesta.
Solo ha cambiado de actitud cuando le he dicho que estoy pensando en aceptar.
Lo que no le he contado es que follé con Ewan McAverley. Eso me lo he ahorrado.
—¿Se te ocurre algo mejor, David? —pregunto, cansada de oír siempre lo mismo.
—Ni siquiera sabes si esa familia tiene algo que ver con la desaparición de Elspeth —responde con una calma que me exaspera—.
Ahora sabemos que fue un caso suyo, pero nada más.
Puede que terminara con la muerte de la madre o que Elspeth llegara a resolverlo y solo ella y su clienta supieran qué descubrió.
—La idea es averiguarlo.
—No eres detective. No puedes hacerte pasar por una.
—Pues pienso hacerlo.
Ahora soy yo la desafiante.
—¿Y si Elspeth está realmente infiltrada y tiene algo que ver con esa familia? Podrías estropearlo todo.
—¿Qué? ¿Has pensado antes de hablar? Si esa estúpida teoría fuera cierta, lo peor que podría pasarme sería encontrar a mi hermana y joderle el caso.
Una tragedia, ¿verdad, David? Elspeth lleva más de un mes sin dar señales de vida.
Puede que su intención fuera infiltrarse, pero algo ha salido mal.
¿Dónde coño puede estar para no poder comunicarse con Fiona, conmigo o siquiera contigo?
¿Narcotráfico? ¿Tráfico de armas? ¿Mafia? ¿Terrorismo?
—Te recuerdo que Elspeth no hablaba de sus casos.
Me responde como si hubiera barajado alguna vez esa posibilidad…
—Menciona McAverley en su agenda y estaba empollando sobre whisky. Tenemos el video en la isla y el tío que he visto hoy me ha dicho que la infiltración es allí en la casa familiar. Las antenas también la sitúan allí…
—En aquella zona, no justo allí.
—Pero el vídeo sí, joder. Está claro, ¿no?
—Cálmate, Taylor.
—¿Sabes qué, David? Me sorprende tu actitud. No pareces muy interesado en dar ningún paso. Para ser su amigo y detective, estás bastante más parado de lo que cabría esperar.
Me mira fijamente. Sé que no le ha gustado.
—Intento averiguar dónde está, pero no tengo por dónde empezar.
—Pues no pongas pegas a la única opción que tenemos y colabora, por descabellada que te parezca. Si me meto en un lío, ya daré las explicaciones que tenga que dar. Pero si existe una mínima posibilidad de averiguar algo que nos lleve hasta ella, voy a hacerlo.
Se levanta, da unas vueltas por el salón y vuelve a sentarse.
—Taylor, estoy tan preocupado como tú —dice con una vulnerabilidad que no le conocía—. Pero si también te pasara algo a ti…
—No me pasará. Solo necesito tu ayuda y tu apoyo.
—Quiero dártelos, pero… Lo siento. No quiero parecer despreocupado. Es que… joder, me duele pensar que quizá no vuelva a verla. Y, sinceramente, creo que eso es lo que va a pasar.
Se limpia una lágrima antes de mirarme.
—Tú y Elspeth… ¿erais algo más que amigos?
—¿Te lo dijo ella?
—No. Siempre me habló de ti como un amigo.
—Entonces ya sabes la respuesta.
—Lo siento, no pretendía…
—Para ella soy un amigo, Taylor. No te mintió. Otra cosa es que me preguntes si ella es solo una amiga para mí. Entonces te diría que es mucho más que eso.
En mi mente aparecen fragmentos de conversaciones con Elspeth. Ella hablaba con admiración y cariño de David, pero siempre lo vinculaba a su trabajo y a la vida de su padre o de su tío.
—¿Ella sabía lo que sentías?
—Nos acostamos alguna que otra vez, pero al día siguiente todo seguía igual.
David acaba de confirmar lo que ya me contó Fiona, pero sigo sin entenderlo. Elspeth jamás lo mencionó. Era algo hermética para hablar de su vida privada, aunque en alguna ocasión me había contado alguna aventura. Pero nunca me contó lo de David.
—Para ti dejó de ser algo ocasional —digo.
Esta vez no pregunto. Me limito a devolverle lo que acaba de contar y dejo que sea él quien llene el silencio. Psicóloga, no hermana preocupada.
—Sí, supongo que eso fue lo que ocurrió.
—Puede que lo que te voy a preguntar te incomode, pero no es mi intención. El día que fue a tu casa para decirte que se infiltraba en un caso… ¿pasó algo entre vosotros?
—Pasó lo que otras veces pasaba, Taylor. Sexo.
—Supongo que no lo has dicho porque estaba Fiona…
—No se lo he dicho a nadie, Taylor. Lo importante no es eso. ¿Qué más da que estuviéramos charlando o acostándonos? Eso no importa. Solo quiero que entre por esa puerta y nos cuente que, haya estado donde haya estado, está bien.
—Entonces apóyame. Necesito tus consejos para hacer esto bien. Si conseguimos algo que nos lleve hasta ella, habrá merecido la pena. No tenemos nada más. A menos que quieras hacerte pasar tú por la novia del heredero del whisky…
Por primera vez desde que he llegado a Escocia, lo veo sonreír.
—Podemos proponérselo.
Me echo a reír y, sin pensarlo, me acerco a abrazarlo. Durante un instante creo que quizá me he excedido, pero responde enseguida.
Cuando nos separamos, vuelvo mentalmente sobre la conversación. Su resistencia empieza a tener otra lectura. No es falta de interés: David lleva más de un mes intentando manejar una situación que le afecta mucho más de lo que creía.
Eso explica algunas cosas.
—¿Una copa? —propone—. Podríamos salir a que nos dé el aire.
—¿Y lo planeamos todo? Tengo poco tiempo. Dos días.
—Sí, la verdad es que no hay mucho margen. Pero te voy a pedir que te comuniques conmigo a diario. No nos hagas pasar por lo mismo que estamos pasando con ella.
—Lo haré —me comprometo. No tengo ninguna duda de que habla en serio.
—Cuando vuelva Elspeth… no quiero que sea ella quien tenga que investigar tu desaparición. No me lo perdonaría.
La elección de las palabras me conmueve.
Hace apenas unos minutos ha admitido que teme no volver a verla y ahora dice «cuando vuelva», no «si vuelve».
No es una contradicción; es esperanza, o quizá la necesidad de conservarla.
Y también una forma de decirme que, si acepto, se sentirá responsable de mí.
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
Al salir le recuerdo que Fiona me ha dado su apoyo y decidimos llamarla para que se reúna con nosotros.
—No comprendo cómo Fiona te ha apoyado en esto. No es propio de ella —comenta David mientras cierra con llave la puerta de su casa.
—Te lo he resumido, pero me ha costado lo mío.
—Señor Fraser —nos saluda una anciana desde las escaleras de la casa contigua.
—Señora McLeod —responde David con una ternura que me sorprende. La sonrisa que le dedica es abierta y cálida, y le cambia por completo la expresión. Es un hombre atractivo; sonriendo, mucho más.
Ella sonríe y le acaricia el brazo cuando nos acercamos a ella. Él le sujeta la mano y se la aprieta durante unos segundos.
—¿Ya ha vuelto?
—Sí, esta misma tarde. He pasado treinta y ocho días con mi hermana en Cornualles. Ahora mismo me disponía a visitarlo para decirle que ya estoy aquí de nuevo, pero veo que va a salir.
—¡Oh! Sí, lo siento. Pero mañana le visitaré yo. Me alegro mucho de volver a verla.
—Puedes contar conmigo cuando me necesites para cuidar a los pequeños.
—Eso me alegra mucho oírlo. Nadie los cuida como usted.
La anciana sonríe orgullosa.
No sé quiénes son los pequeños, pero parece que los aprecia.
Me mira con curiosidad y David reacciona.
—Es Taylor, una amiga.
—Encantada, señora McLeod.
—Siempre le cuido a los pequeños cuando tiene que marcharse —me explica—, pero esta vez me tocaban vacaciones a mí. Treinta y ocho días he estado fuera.
Dios, qué precisión. Treinta y ocho días…
—Espero que las haya disfrutado —le dice David sin dejar de sonreírle.
—Sí, lo he hecho, aunque sufría por si tenía que marcharse de nuevo de viaje y necesitaba que cuidara a los pequeños.
Ya dale con los pequeños…
—No se preocupe —responde David mientras reanudamos el paso—. No ha hecho falta.
—¿Cómo fue su viaje?
David se detiene y frunce el ceño.
—Nos fuimos de viaje el mismo día, ¿recuerda? —le aclara ella.
—Ah, sí. Bien, bien, gracias. Buenas noches, señora McLeod.
—Buenas noches —responde observándome de arriba abajo.
—Buenas noches —me despido también mientras nos alejamos.
—Los pequeños son mis peces —me explica David cuando nos alejamos—. Ella los cuida cuando tengo que ausentarme. Es una buena mujer.
Todavía conserva esa sonrisa.
Quizá me he equivocado con él. Desde que llegué lo he visto reservado, frío incluso, pero en apenas unos minutos he descubierto al hombre enamorado de mi hermana y al vecino que adora a una anciana y se preocupa por quién cuidará de sus peces.
No parece el mismo David.
O quizá sí lo sea y hasta ahora solo había conocido una parte.
Entonces caigo en la cuenta de algo.
Llevo días hablándole del dichoso vídeo de Elspeth, repitiendo que mi hermana aseguraba estar enamorada, mientras él lo ha escuchado una y otra vez sabiendo que no era él.
Joder.
No ha debido de ser fácil…
Y encima está ese «festín de McAverley».
Espero que Elspeth se refiriera al whisky.
Aunque, bien pensado, yo también me he dado un festín de McAverley.
No, Taylor. Por ahí mejor no seguimos.