Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 15 ​​ Taylor
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15 ​​ Taylor

Meterme en líos

—¿De qué estás hablando? ¿Infiltrarme?

—Es lo que hacen los detectives.

Esa palabra me lleva directamente a Elspeth. Es prácticamente la misma que utilizó cuando fue a visitar a David. Para un detective puede ser habitual, pero en boca del chico de la faldita…

—Supongo que sí.

—Necesito respuestas. Al menos intentarlo antes de tomar una decisión. Con Elspeth desaparecida…

—¿Desaparecida? —Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.

Frunce el ceño.

—Eso has dicho, ¿no? Que está apartada de todo y que no puedo hablar con ella.

—He dicho que no está operativa. No que haya desaparecido.

Debería callarme. Escuchar, observar, no dar información, no mostrar emociones, pero me cuesta. Colton seguro que me lo recriminaría. Claro que en toda esta conversación no habría una sola palabra que él aprobara.

—¿Qué cambia? Yo necesito respuestas y tú me has dejado claro que Elspeth no me las va a dar y que ni siquiera me permites preguntar. ¿Lo he entendido mal?

—Lo has entendido bien. Ahora explícame esa infiltración.

—Antes de darte detalles necesito saber si aceptas.

—No puedo aceptar algo que no sé en qué consiste.

—Puedo explicarte lo imprescindible. El resto afecta a mi familia y no pienso contártelo sin ciertas garantías de confidencialidad. Mi madre tenía un contrato con la agencia, lo he revisado. Si aceptas, yo también.

¿Un contrato?

Nadie ha visto ese contrato. Ni tampoco aparece un pago en su cuenta que llevara hasta él. De haber existido una transferencia identificable, probablemente el apellido McAverley habría aparecido mucho antes en la investigación.

¿Por qué no le pagó? Quizá el contrato fuera reciente y Elspeth todavía no hubiera cobrado.

¿Y si recibió dinero en efectivo? ¿Y si tenía otra cuenta? Otra que no han encontrado. Como su otro teléfono…

Fiona dijo que Elspeth le había hablado de un caso importante, uno que podía cambiarle la vida. ¿Era este? ¿Llevaba todo ese tiempo trabajando para Judith McAverley o se trataba de otro caso?

No tengo ni idea.

Hasta ahora, Judith McAverley era invisible en todo lo relacionado con mi hermana y, de pronto, resulta que existe un contrato.

Aquí debería terminar todo.

Pero hay demasiadas cosas que me lo impiden.

Ewan ha utilizado la palabra desaparecida para referirse a Elspeth sin que yo la hubiera pronunciado y, acto seguido, me ha propuesto infiltrarme en su familia, prácticamente la misma palabra que utilizó mi hermana cuando le contó a David que iba a meterse de lleno en un caso.

Y ahora descubro que su madre tenía un contrato con ella del que nosotros no sabíamos absolutamente nada.

¿Y si todo está relacionado?

¿Y si el tío del que estaba enamorada era este? Ewan asegura que ni siquiera la conoce, pero a estas alturas no sé qué creer.

¿Y si estoy perdiendo el tiempo y esto no tiene nada que ver con su desaparición?

Demasiados interrogantes, pero no tengo nada más a qué aferrarme.

Sigo.

—Sé cómo funciona la confidencialidad. Si quieres una respuesta, dime en qué consiste. Si no, busca a otro detective.

—Espera…

Creo que es la tercera vez que pronuncia esa palabra, para mi satisfacción.

Resopla, se pasa los dedos por el pelo, se muerde ligeramente el labio inferior y me clava la mirada con una seguridad que me estremece.

—El reparto de la herencia depende de mí.

Estoy dispuesto a hacerlo de forma justa.

He hablado con mis hermanos y hemos acordado reunirnos durante una semana en la mansión de Skye.

Es mucho tiempo, ninguno disponemos de tanto, pero la ocasión lo merece.

Nadie de mi familia sabe que trabajas para una agencia de detectives y ya nos conocemos.

Estoy pensando que podrías acompañarme, hacerte pasar por…

mi novia y averiguar todo lo que puedas antes de que haga el reparto.

Hay más detalles, pero hasta aquí voy a llegar sin un acuerdo de confidencialidad.

¿Su novia? ¿En la mansión de Skye?

Este hombre no está bien de la cabeza.

¿De verdad pretende eso?

—Quizá debería añadir que los honorarios serán muy generosos, por si te ayuda a decidir.

Sigo guardando silencio.

—¿Y por qué yo?

—Porque eres detective, porque nadie de mi familia sabe quién eres realmente. Creo que puedo convencer a mis hermanos de que tengo una novia.

—¿Una novia americana?

—Les encantará tu acento.

—¿Eso es todo?

—Eso y que no tengo tiempo para buscar a otra persona.

—Eso me halaga… De todas maneras, no estoy interesada —le dice mi lado racional.

—Si quieres, puedo decirte que eres la candidata ideal, que en cuanto te he visto he sabido que eras perfecta para el papel.

—Eres un poco imbécil. Un inglés muy imbécil.

—Escocés. ¿Sigues teniendo problemas con la geografía?

—Si lo que quieres es convencerme, no sé si eres consciente de que tu método no es el más adecuado.

—Por favor… —dice, cambiando por completo el tono.

De engreído gilipollas a niño inocente y desesperado en dos segundos.

Qué manipulador.

—Déjame pensarlo —le dice mi lado menos racional.

—Si aceptas, reúnete conmigo mañana a las once de la mañana en Broadford. Es donde vivo y trabajo. No puedo perder otro día viniendo hasta Inverness.

Asiento, todavía procesando lo que me ha sonado bastante a una orden.

—Tienes mi teléfono. Confírmame tu respuesta. Si aceptas, contactaré con la agencia para dejar preparado el contrato. Espero verte mañana en Broadford.

—¿Cuándo tendría que empezar?

—Dentro de dos días.

—¿Dos días?

—Lo sé. Es una locura, pero no tengo más tiempo. Ya no puedo rectificar.

—¿Has dicho en la mansión de Skye?

—Sí. Ya sabes dónde está.

Se levanta y se marcha.

Y yo me quedo allí pensando seriamente en aceptar.

Definitivamente, mi lado racional ha abandonado el parque.