Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 13 ​​ Taylor
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13 ​​ Taylor

McAverley

Confieso que estoy temblando. Con Colton me he hecho la dura, quizá para acortar su discurso sobre por qué no debería acudir a este encuentro, pero ahora mismo saldría corriendo.

Tiene razón: me estoy excediendo. Sin embargo, después de cinco días en Escocia, esto es lo único a lo que puedo aferrarme.

Al final, consciente de que no iba a convencerme, ha dejado de intentarlo y se ha limitado a aconsejarme cómo actuar.

«No le des información. Limítate a obtenerla».

«Eres su socia y Elspeth no está operativa».

«No le cuentes nada. Ni un solo detalle».

Respiro hondo antes de entrar en Whin Park, donde me ha citado.

Consulto otra vez el mensaje que me ha enviado con las indicaciones y sigo uno de los senderos entre los árboles.

El parque es enorme, muy verde —¿cómo no?

— y bastante más tranquilo de lo que me gustaría en este momento.

A un lado queda el estanque y, algo más allá, las vías del pequeño tren que recorre parte del recinto.

¿No habría sido más sencillo quedar en una cafetería? Un sitio pequeño, concurrido, con gente alrededor. No. Teníamos que encontrarnos en un parque inmenso en el que empiezo a sospechar que podría desaparecer otra persona sin demasiado esfuerzo.

Estupendo, Taylor. La clase de pensamiento que necesitabas.

Sigo avanzando mientras intento ordenar por enésima vez lo que voy a decir.

Ni siquiera sé muy bien qué espero conseguir de este encuentro.

He tenido tan poco tiempo para prepararlo que prácticamente voy a improvisar, y las instrucciones de Colton —no darle información, conseguir que sea él quien hable— parecen bastante más sencillas cuando no tienes al desconocido delante.

Tampoco sé cómo voy a presentarme exactamente ni cuánto sabe él sobre Elspeth. Supongo que tendré que averiguarlo sobre la marcha.

Fantástico. Todo controlado.

Vuelvo a consultar el mensaje. Continúo por el sendero hasta encontrar el rincón que me ha indicado, algo apartado del camino principal, con una mesa de madera y bancos bajo los árboles.

Hay un hombre sentado en uno de ellos.

Compruebo las indicaciones una última vez. Es aquí.

Guardo el móvil en el bolso y me acerco, pero… me detengo en seco.

No me froto los ojos porque sé perfectamente que lo que estoy viendo es real.

No puede ser. No. No. No.

Es él…

El de la faldita.

El escocés borde y guapo con el que follé en la habitación del hotel.

El que se largó sin decir adiós.

El que… también me alegró la existencia durante un buen rato, todo hay que decirlo.

Él no parece mucho menos sorprendido que yo. Frunce tanto el ceño que casi oculta esos espectaculares ojos negros.

Estoy metida en un lío. ¿Cómo coño salgo de esta?

—Vaya, confieso que es toda una sorpresa —dice mientras se levanta—. Así que una turista americana… ¿El pasaporte era falso? ¿El acento también?

—Nunca te dije que fuera una turista, solo que estaba alojada en el hotel. Mi pasaporte es real y mi acento también —respondo con una seguridad que no sé de dónde he sacado.

—¿Qué buscabas en la mansión de Skye?

Vaya. En realidad, que me encontrara allí puede venirme de maravilla. Si cree que estaba investigando algo, acaba de construirme él solito una coartada bastante mejor que cualquiera que pudiera inventarme.

No respondo. Me limito a mirarlo.

—Lástima —dice, y su expresión se ensombrece—. Guardaba un buen recuerdo de aquella noche.

—¿Guardabas?

—Descubrir que jugaba con desventaja no me ha gustado. Creía que me estaba acostando con una turista interesada en disfrutar de las maravillas que ofrece Skye. No sabía que eras una detective interesada en mi familia.

—¡Oh! Debe de ser muy decepcionante… Si te sirve de algo, te comprendo.

No sé muy bien qué Taylor está llevando esta conversación. La desafiante, la guerrera, sigue ahí, pero ahora comparte espacio con otra que está acojonada, necesita información y no tiene ni puta idea de cómo abordar esta situación sin meter la pata.

Una mezcla peligrosa.

Recurro de nuevo al socorrido silencio.

—No es buena idea mezclar los negocios con el placer.

—Y dale… ¡Qué pesado! No lo hice.

—¿Cómo lo llamas tú?

—Lo llamo mezclar los negocios con las ganas de combatir el aburrimiento después de haber disfrutado unas horas de las maravillas que ofrece Skye.

Si sigo tirando de esta cuerda, voy a perder. Su mirada me lo deja bastante claro. El chico es orgulloso y mi particular definición de aquella noche no le ha gustado.

—Señor McAverley, si lo desea, podemos seguir hablando de ello, pero no creo que a ninguno de los dos nos interese profundizar más. ¿Me equivoco?

—No se equivoca, señorita Stone.

—Buena memoria. Debe de ser por lo de guardar un buen recuerdo…

Esboza una media sonrisa, cínica, que, sinceramente, lo hace todavía más atractivo. Si es que eso es posible.

El señor de la faldita es alto, muy alto, y de complexión fuerte. Tiene los ojos negros y el cabello oscuro, ligeramente ondulado, con un mechón rebelde que, en los pocos minutos que llevo frente a él, ya se ha colocado detrás de la oreja al menos tres veces.

—¿Debo interpretar que usted es Elspeth Douglas?

Esa pregunta es toda una sorpresa. ¿Debo aprovechar la confusión? No. No puedo arriesgarme. Desconozco qué sabe él de mi hermana. De hecho, lo desconozco todo.

—No. Ya conoce mi nombre, señor McAverley.

—Ewan. Llámame Ewan. Ya hemos intimado, podemos prescindir de los formalismos.

¡Menudo imbécil! Le diría cuatro cositas, pero no puedo dejarme tentar por ello.

—Prescindamos de los formalismos, Ewan. Ya te lo he aclarado.

—Quiero hablar con Elspeth Douglas. ¿O eres tú quien va a proporcionarme la información que necesito?

—Ewan, nadie va a proporcionarte la información que necesitas porque no eres cliente de la agencia. No olvides ese dato; es fundamental.

—Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí?

—Llamaste a la agencia pidiendo información. Explícame qué necesitas saber exactamente. ¿Qué sabes? Desde el principio. Después veré qué puedo contarte y qué no.

—Mi madre contrató a Elspeth Douglas y no estoy hablando con ella… o eso creo. No dejo de preguntarme por qué no puedo hablar con ella.

Por mucho que Colton me pidiera que le negara información, no puedo seguir jugando al despiste con Elspeth. El problema es que no sé qué debo decirle.

—Elspeth estará un tiempo ausente. No está operativa. No puedo contarte nada más. No tiene nada que ver con este caso.

No parece convencido. Necesito que deje de insistir.

—Yo me ocupo de sus casos. ¿Seguimos o me marcho? No puedo perder más tiempo. Llamaste para pedir información y aquí estoy. Primero tú.

—¿Qué ocurre cuando un cliente fallece?

Joder, es insistente el tío.

—Tenemos un contrato personal e intransferible. No se hereda.

Consigo que vuelva a mostrar esa sonrisa cínica y rezo para que hable de una vez por todas, pero no hay manera.

—Mi madre falleció hace algo más de un mes. Entonces… ¿qué hacías en Skye hace tan solo unos días?

Buena pregunta, pero no puedo permitir que siga por esa línea.

—Ewan, ya te he dejado claro cómo funciona esto. No más preguntas. Cuéntame todo lo que sabes de ese caso, qué necesitas averiguar y después hablamos.

Tras unos segundos eternos de reflexión, parece decidirse.

—Es información delicada…

—Bien, lo comprendo —digo haciendo ademán de levantarme y rezando a todo lo que hay en el universo para que me impida marcharme.

—Espera.

Se incorpora y me sujeta del brazo.

Vuelvo a sentarme y me cruzo de brazos, dejándole bastante claro que estoy empezando a hartarme.

Permanece unos segundos en silencio, como si todavía estuviera valorando hasta dónde puede confiar en mí.

—De acuerdo. Te contaré todo lo que sé.

Por fin.

—Pero después quiero respuestas.

Ahí está el problema.

No tengo ninguna.