11 Taylor
Recuerdos
—Alguna vez hubo algo entre ellos, pero nada importante —continúa Fiona después de mi sorpresa y de las tres mil quinientas preguntas que le he hecho al respecto.
—Nunca me habló de él en esos términos —le confieso.
—Porque Elspeth era muy reservada con su vida privada.
Sé que alguna vez se liaron porque he compartido espacio con ellos durante años, no porque me lo contaran.
Una vez se lo pregunté y me dijo que entre ellos predominaba la amistad.
Para David es distinto, aunque nunca lo haya reconocido; cuando Elspeth desapareció intenté hablar con él, pero se cerró en banda y volvió a hablarme de amistad.
Confieso que el dato me descoloca, aunque no sé si Fiona sabe realmente que David está enamorado o ha unido dos miradas y tres silencios y ha dictado sentencia.
«Alguna vez hubo algo entre ellos», repito en mi cabeza. Puede que eso fuera lo que pasó en casa de David cuando ella fue a visitarlo para hablarle de su infiltración. David ha dicho que estuvieron un buen rato charlando, pero no ha aportado más. Quizás es eso lo que estaban haciendo.
—Dime que la encontraremos, Taylor.
La miro sorprendida. No esperaba la pregunta ni que, al terminar de formularla, deje de contener las lágrimas y se cubra la cara con las manos.
Me acerco y le paso un brazo por la espalda, atrayéndola hacia mi hombro. Es tan bajita que encaja perfectamente.
—Claro que la encontraremos —le aseguro sin sentirlo. Cada vez estoy más convencida de que algo malo le ha ocurrido.
—Desde que Malcolm y tu padre murieron, solo tengo a Elspeth. Es como una hija para mí.
Guardo silencio. No es la primera vez que se refiere a Duncan como mi padre y necesito aclararlo.
Espero a que se calme.
—Fiona, preferiría que no te refirieras a Duncan como mi padre. Es el padre de Elspeth. El mío se llama Michael Stone y está conmigo desde que yo tenía meses de vida. Me crio, me adoptó y me dio su apellido. Duncan fue solo mi padre biológico.
—Claro. Lo siento. Sé que nunca formó parte de tu vida. —Vacila unos segundos—. También conozco toda la historia, Taylor. Yo la viví y sé que Duncan no se portó bien. Malcolm y yo se lo recriminamos muchas veces.
—Mi madre me contó lo suficiente.
—Yo la conocí.
—Lo sé. Ella también me ha hablado de ti y guarda un buen recuerdo.
—Y yo de ella. No nos tratamos mucho, pero me caía muy bien. Por eso me dio tanta pena cómo acabó todo.
No le aclaro que lo del buen recuerdo me lo acabo de inventar.
Mi madre habló de Fiona exactamente como lo que era entonces: la novia del hermano de Duncan.
Existió. Fin del tema. Todo lo relacionado con aquella época sigue siendo incómodo para ella.
Conocer a Elspeth años atrás le costó, aunque terminó cogiéndole cariño; que yo decidiera viajar a Escocia para conocer a Duncan fue otra historia.
Por mucho que lo habláramos, sé que le dolió.
Mi padre lo llevó bastante mejor; mi madre aprovechó la ocasión para desempolvar todo el resentimiento que llevaba años guardando.
Este viaje tampoco le ha hecho ninguna gracia. Me animó a venir y a buscar a Elspeth, porque es mi hermana y mi madre sabe separar unas cosas de otras cuando se esfuerza muchísimo, pero también sé que le he vuelto a abrir una puerta que preferiría mantener cerrada.
Asiento, esperando que el tema termine ahí.
—Duncan era muy joven y...
—Sé lo que pasó, Fiona, y no es algo de lo que quiera hablar.
—Solo intento decir que quizá, si las circunstancias hubieran sido otras...
Eso sí me molesta.
—Las circunstancias fueron que Duncan le fue infiel dos veces.
La primera, mi madre lo perdonó; la segunda, conmigo ya en el mundo, decidió volver a Estados Unidos.
Y a él tampoco pareció darle un infarto ante la idea de que nos marcháramos.
Cada uno hizo la vida que quiso y no merece la pena seguir hablando de ello.
—Le aprieto ligeramente el brazo—. Lo importante es que yo he tenido, y tengo, al mejor padre del mundo, que tengo una hermana y que vamos a encontrarla.
—Lo haremos, Taylor —dice, acariciándome una mejilla.
Parece que el momento confesiones ha terminado y respiro aliviada. No me apetece una mierda hablar de esa parte de mi historia o, más bien, de la de mi madre. De hecho, Elspeth y yo teníamos una especie de acuerdo tácito para no removerla.
Por suerte, el teléfono interrumpe la conversación y Fiona se apresura a contestar. Mantiene una charla breve mientras anota algo en una libreta que debe de tener más años que yo y, antes de colgar, ya está negando con la cabeza.
—Un cliente nuevo para David —aclara.
Regreso al despacho de mi hermana y, poco después, el teléfono vuelve a sonar.
Paseo por la estancia intentando imaginar a Elspeth aquí, sentada, trabajando, con esa capacidad suya para estar presente y parecer ausente al mismo tiempo.
Fiona aparece diez minutos después con la libreta todavía en la mano. Algo en su expresión hace que deje de caminar.
—Preguntaba por Elspeth. Un hombre que insistía en hablar directamente con ella.
—¿Quién?
—No lo sé. No ha querido identificarse ni explicarme el motivo.
Al principio ni siquiera quería decirme nada, pero he insistido porque decía que era importante y, claro, si pretendía que lo pusiera en contacto con Elspeth necesitaba saber algo.
Al final ha reconocido que fue su madre quien la contrató para un asunto privado y...
Me incorporo.
—Espera. ¿Su madre contrató a Elspeth?
—Eso ha dicho. He intentado averiguar para qué, pero se ha negado a contármelo. Solo quería hablar con ella y entonces le he explicado que...
—Fiona, ¿te ha dicho algún nombre?
Se detiene. La forma en que aprieta la libreta entre las manos me confirma que sí.
—El de su madre.
—¿Quién?
Tarda un instante en responder.
—Judith McAverley.