10 Taylor
El whisky
Cuatro días después
—No sé si alguna de estas anotaciones podría significar algo —le indico a Fiona, entregándole la pequeña agenda que he encontrado en casa de mi hermana.
David, que hasta ahora apenas ha participado en la conversación, levanta la vista y se acerca. Sigue siendo amable conmigo, aunque es muy reservado y habla poco.
Sé que no es gran cosa, pero desde que llegué a Inverness es lo único que he encontrado que podría aportar algo de luz. Los días pasan sin novedades; he ido dos veces a la comisaría y he perdido horas registrando la casa de Elspeth sin encontrar nada que la policía no hubiera visto antes.
También he vuelto a la agencia para ponerlos al corriente de mis escasos avances, aunque a Fiona no necesito buscarla. Desde mi llegada viene todos los días y ocupa de nuevo el lugar que abandonó al jubilarse, pendiente de cualquier llamada que pueda entrar.
Sin esperar siquiera una respuesta, salto a otra de las preguntas que me he hecho varias veces.
—Pensaba que las llamadas de la agencia estaban desviadas al móvil de Elspeth —comento mientras Fiona sigue hojeando la agenda.
—Lo estaban —responde Fiona sin mirarme—. Desactivamos el desvío cuando desapareció; ahora vuelven a entrar aquí.
—¿Al mismo teléfono que rastreó la policía?
—Sí, a su número personal.
Frunzo el ceño.
—Entonces ¿tenía otro?
—Claro —interviene David, como si acabara de preguntarle si tenía zapatos—. Es una herramienta de trabajo, Taylor. Yo tengo dos líneas aparte de la personal; depende del caso, del cliente y de cuánto quieras separar unas cosas de otras.
—¿Y ese número no se ha investigado?
—No lo conocemos, Taylor —me aclara con una media sonrisa que me descoloca.
Debo de poner cara de no entenderlo porque añade:
—Ya te expliqué que no trabajábamos juntos.
Cuando murieron Duncan y Malcolm, yo me establecí por mi cuenta; Elspeth me permitió seguir utilizando uno de los despachos, nada más.
Ella se quedó al frente de la agencia y llevaba la línea general.
Si entraba algún encargo de los que suelo ocuparme yo, me lo pasaba, pero después cada uno llevaba sus propios casos.
—A ti te llamaba desde su número personal —deduzco.
—Siempre.
—A mí también —confirma Fiona.
—Entonces ¿para qué utilizaba el otro?
David se encoge de hombros.
—Clientes, contactos, gente relacionada con sus investigaciones... No tiene nada de raro. Yo hago lo mismo.
—¿Y ese teléfono tampoco apareció?
—No han encontrado ninguna otra línea a su nombre.
Lo miro, esperando algo más.
—En nuestro trabajo no es nada extraño, Taylor.
—¿Y tú no conocías el número?
—No tenía por qué. A mí siempre me llamaba desde el personal. Ella tampoco conoce la otra línea que utilizo yo.
—Yo tampoco —confirma Fiona.
—Entonces tampoco sabemos con quién hablaba a través de ese teléfono…
—No —responde David—. Por ese motivo desconocemos con quién trataba y en qué estaba infiltrada.
—¿Y su cuenta bancaria? ¿Algún ingreso llamativo?
—No, Taylor, eso también se ha investigado —aclara David sin ocultar su malestar.
—Pero le dijo a Fiona que este caso le iba a proporcionar muchos ingresos… Dijo que era un cliente muy adinerado y…
—No hay nada, Taylor —sentencia—. Su cuenta no refleja nada interesante.
Fiona observa a David y después vuelve a repasar la agenda desde las últimas páginas.
La mayoría son palabras sueltas anotadas en diferentes días: «Perro», «bodega», «bolígrafo», «Resbalar»...
Solo hay algunas anotaciones más largas: «Hablar de la nueva reserva», «Un paso adelante.
El vestido verde». Y mi favorita: «Me voy a dar un festín de McAverley».
Fiona llega a esa página y me mira negando con la cabeza.
—¿Un festín? —pregunto, señalando la frase que más me ha llamado la atención.
—¿Dónde encontraste esto? —pregunta David, apoderándose de la agenda.
—En la cocina, en un espacio dedicado exclusivamente al té. ¿No os llama la atención esa frase? —insisto, ya con cierta desesperación.
—Es una expresión, Taylor —aclara Fiona—. McAverley es una conocida marca de whisky. Puede referirse simplemente a beber o celebrar algo. Estás en Escocia, querida.
—Sí, lo sé. Lo busqué en cuanto encontré la agenda, pero Elspeth no bebía whisky.
Y hay otra cosa... En su casa encontré una guía sobre whisky, de esas que explican las distintas variedades, cómo reconocerlas, las destilerías...
En ese momento no le di importancia, pero ahora me resulta bastante raro.
Fiona frunce ligeramente el ceño.
—Lo es. Nunca le interesó el whisky.
Miro a David, pero no parece concederle demasiada importancia.
—Puede que no signifique nada —dice.
—Puede —admite Fiona—. Aunque eso de «darse un festín de McAverley» tampoco suena a Elspeth. No sé qué querría decir.
Miro la fecha de la anotación y se me encoge el estómago. La reconozco. Esa fecha…
—Esta anotación es del mismo día que me envió el vídeo desde Skye. Me dijo que su vida había cambiado y que estaba enamorada.
Fiona vuelve a mirar la agenda.
—Entonces quizá tuviera algo que celebrar.
Quizá. Pero ahora «McAverley» ya no me parece una simple marca de whisky.
—¿Y esta otra fecha que ha rodeado con un círculo? ¿Os dice algo? Es la misma que hay ahí —añado, señalando detrás de mí.
En el calendario de mesa del despacho de Elspeth, esa misma fecha aparece rodeada varias veces.
Coincide con el día en que llegué a Escocia y me alojé en el hotel de Skye.
Hasta ahora no tenía ni idea de que esa fecha significara algo para Elspeth, pero verla señalada también en el calendario hace difícil pensar que la marcara por casualidad.
—Sí, es la misma —confirma Fiona—, pero seguimos sin saber qué importancia tenía. No dejó ninguna nota.
Tampoco hay nada en el ordenador de sobremesa. La policía ya lo revisó y está prácticamente vacío; Elspeth apenas lo utilizaba porque trabajaba con el portátil que desapareció con ella.
Me levanto y empiezo a dar vueltas por el despacho.
—A ver... El día que estuvo en Skye, el de las botas y el vídeo diciéndome que estaba enamorada, anotó que iba a darse «un festín de McAverley».
Pocos días después desapareció, pero había dejado señalada otra fecha, más de un mes después: justo la de mi llegada a Escocia.
No sabemos por qué ni si también tiene algo que ver con Skye.
Faltan el portátil, el móvil, la tableta y todo lo que pudiera decirnos en qué estaba trabajando; en el despacho de casa no dejó un solo papel y su coche sigue en el garaje.
—Vuelvo a sentarme—. Joder, esto pinta muy mal.
David se aparta del borde de la mesa, donde permanecía apoyado.
—Tengo que marcharme. Fiona, tómate un descanso; no es necesario que vengas todos los días.
—Lo sé, David, pero me siento mejor así. Déjame echarte una mano. Prefiero ocuparme de las llamadas.
—Por mí no hay problema.
Antes de marcharse, se vuelve hacia mí.
—Si descubres algo que ni la policía ni nosotros hayamos sido capaces de averiguar, házmelo saber.
Y sale del despacho.
Fiona espera a que se marche antes de acercarse a mí.
—No se lo tengas en cuenta. Está muy afectado y últimamente se muestra algo hostil.
—Todos estamos afectados, Fiona, pero siento que mi presencia le incomoda.
—No, no se trata de eso. Conozco bien a David. Ha registrado la casa de Elspeth mil veces y, sin embargo, eres tú quien ha encontrado esa agenda. Puede que no aclare nada, pero necesita sentir que no se le escapa nada.
—Sé que él y Elspeth son muy amigos, lo entiendo —respondo, haciendo un esfuerzo por ser comprensiva, aunque me cuesta.
—No solo es su mejor amiga, Taylor. También la mujer de la que está enamorado.