Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 9 ​​ Ewan
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9 ​​ Ewan

El testamento

—… y nombro beneficiario del remanente de mi patrimonio a mi hijo Ewan McAverley.

La voz de Charles se queda suspendida en el salón de la casa de mi madre, aunque él continúa leyendo mientras yo dejo de escucharlo durante unos segundos porque debo de haberlo entendido mal.

—Debe haber algún error —interviene Isla.

Charles levanta la vista del documento y la mantiene sobre ella el tiempo suficiente para que mis tres hermanos se vuelvan hacia mí.

—No lo hay.

Estupendo.

Retoma la lectura con la serenidad de quien no acaba de lanzar una granada en mitad de una familia y yo hago un esfuerzo por seguirlo entre participaciones, cuentas, derechos y propiedades, hasta que los nombres empiezan a resultarme demasiado familiares: la destilería, el club, el hotel, la mansión de Skye, las propiedades de Inverness e incluso las casas donde viven Cormag y Callum.

Miro primero a uno y después al otro; ambos siguen observándome y no sé qué expresión tengo, pero espero que no sea la de un hombre que acaba de convertirse en propietario de las casas de sus hermanos.

—Esto es una locura —murmura Cormag.

Callum no dice nada, lo cual, tratándose de Callum, suele ser bastante peor. Isla estruja entre los dedos el papel que tenía sobre las piernas; está pálida y respira demasiado rápido, y mi deformación profesional me hace calcular cuánto tardaría en llegar hasta ella si se desmayara.

Aunque, en este momento, no tengo demasiado claro cuál de los cuatro necesitará asistencia primero.

Charles continúa con la casa de Cornualles, algunas inversiones y no sé cuántas cosas más que ya soy incapaz de retener, hasta que algo consigue devolverme a la lectura.

—...así como la custodia de Harold.

—¿Harold?

Charles me mira por encima del documento.

—El gato de tu madre.

Sé quién es Harold. Harold me odia.

Fantástico. Mi madre me ha dejado una fortuna, tres hermanos que quizá estén valorando asesinarme y un gato que lleva años intentándolo.

La lectura continúa con una cantidad considerable para Emma, la ayudante, amiga y sombra de mi madre, que se lleva una mano a la boca al escucharla, y otra para el propio Charles.

Para entonces he renunciado a comprender nada; Isla sigue mirándome, Cormag ha dejado de hacerlo y Callum permanece tan inmóvil que empiezo a preferir las posibilidades de sobrevivir a Harold.

Tengo que hablar con Emma sobre el tema del gato… A ella la adora.

Charles llega al final del documento y durante un instante creo que la tortura ha terminado.

—Hay una última indicación de tu madre, Ewan.

Por supuesto que la hay. Mi madre nunca supo abandonar una habitación sin dejar la última palabra.

—«Confío en que mi hijo Ewan sabrá resolver mi legado si considera que me he equivocado».

Esta vez Charles no continúa.

El silencio que queda en la habitación es tan absoluto que vuelvo a oír las respiraciones de mis hermanos, incluida la mía, y no parece que ninguno esté haciéndolo especialmente bien.

—¿Qué significa eso?

—Legalmente, las disposiciones son las que acabo de leer —explica Charles—. Esto es una petición personal.

Vuelvo a mirar a mis hermanos y, por primera vez desde que ha empezado esta locura, entiendo que sus caras no me están pidiendo una explicación. Esperan exactamente lo mismo que yo: una.

Mi madre me ha dejado prácticamente todo lo que poseía y, de paso, la responsabilidad de decidir si hizo bien en hacerlo. Una conversación que habría resultado bastante más sencilla cuando todavía podía mantenerla con ella.

—¿Y qué coño se supone que tengo que resolver?

Charles tarda unos segundos en responder.

—Eso, Ewan, me temo que solo lo sabía tu madre.

—¿Tú sabías algo de esto? —pregunta Cormag.

Lo miro, convencido durante un instante de que no puede estar hablando en serio.

—¿De verdad me estás preguntando eso?

—Te estoy preguntando si mamá te dijo algo.

—No. No tenía ni puta idea de que pensaba dejármelo todo y tampoco sé por qué lo ha hecho.

—Pues parece que confiaba bastante en ti —murmura Isla.

No sé si pretende que suene como un reproche, pero lo consigue.

—¿Y tú, Emma? ¿Sabías algo?

—No —contesta encogiéndose de hombros.

—Isla... —empiezo a decirle a raíz de su último comentario.

—No he dicho que sea culpa tuya, Ewan, solo que parece que confiaba más en ti.

Callum, que hasta ahora apenas ha abierto la boca, aparta por fin los ojos de mí y mira a Charles.

—¿Cuándo redactó el testamento?

—Hace dos meses.

Nadie dice nada. Nos miramos casi por instinto mientras todos parecemos hacer mentalmente el mismo cálculo: qué ocurría entonces, qué pudo cambiar en aquellos días para que nuestra madre tomara una decisión así.

Dos meses, solo dos meses…

Mi madre hace solo dos meses que decidió dejármelo prácticamente todo y confiar en que yo averiguara qué hacer con ello…

Vuelvo a mirar a mis hermanos. Cormag sigue serio; Isla ya no estruja el papel, pero tampoco parece dispuesta a mirarme, y Callum permanece inmóvil, procesándolo a su manera.

—Pues yo también espero que lo resuelvas —dice Callum finalmente.

No encuentro nada que responder.

Nadie vuelve a pronunciar una sola palabra, ni siquiera para despedirse.

Cuando la puerta se cierra por última vez, el silencio vuelve a apoderarse de la casa. Mis hermanos se han marchado por separado y Charles también se ha ido, dejándome una carpeta que todavía no tengo ninguna intención de abrir.

Emma es la única que queda. No resulta extraño; lleva tantos años al lado de mi madre que cuesta pensar en una sin la otra. Era mucho más que su ayudante: su persona de confianza, la que conocía sus asuntos y probablemente buena parte de lo que nunca nos contaba a nosotros.

La observo mientras recoge los documentos que han quedado sobre la mesa y una pregunta bastante evidente consigue abrirse paso entre todo lo demás.

—Emma, ¿sabías algo de esto? —le pregunto, a pesar de que ya ha contestado antes. Algo me dice que no ha dicho la verdad. Me cuesta creerlo.

—Algo.

—¿Qué significa «algo»?

—Sabía que había cambiado el testamento.

—¿Y sabías que pensaba dejármelo todo?

—Sí —confiesa bajando la mirada.

No esperaba esa respuesta. Ha pasado de saber algo a saberlo todo.

—¿Por qué?

Emma tarda unos segundos en contestar. Quizás aquí no pueda responderme. Pero sí lo hace, y lo hace con unas palabras que me dejan clavado al suelo.

—Porque tu madre estaba convencida de que uno de tus hermanos quería matarla.