8 Taylor
La realidad
Inverness, Escocia
—De eso nada. No tienes que alojarte en un hotel; puedes quedarte en mi casa... incluso en la de Elspeth, si lo deseas —me indica Fiona con una sonrisa maternal.
Este sí es el mundo de mi hermana. Si puedo averiguar algo, será aquí, donde vive, trabaja y respira cada día; frente a mí están su tía Fiona, que ha sido como una madre para ella, y David, su amigo y compañero de trabajo. Las dos personas que más nombraba Elspeth.
La agencia es más grande de lo que imaginaba, aunque conserva el aire de un lugar cuyo esplendor pertenece al pasado. La fundaron su padre y su tío —el marido de Fiona—, con ella como mano derecha, y consiguieron llevarla a lo más alto.
Hoy solo quedan dos despachos, una recepción vacía y el olor constante a que cualquier tiempo pasado fue mejor. Elspeth quería cambiar eso, devolverle el prestigio que ella misma ayudó a construir hasta que un accidente se los llevó a los dos y Fiona se retiró poco después.
—No te preocupes, estaré bien en un hotel, aunque me gustaría visitar la casa de Elspeth.
—No hay ni un solo rincón que no hayamos revisado —comenta David en un tono que me indica que está a la defensiva.
Debe rondar los treinta. Elspeth me ha hablado muchas veces de él; empezó a trabajar con su padre cuando apenas tenía veinte años y ahora lleva sus propios casos desde uno de los despachos.
Lo conocí en el funeral, aunque apenas intercambiamos dos palabras.
Sí recuerdo su dolor por la pérdida de los hermanos y cómo se ocupó de consolar a Elspeth.
—Solo quiero estar en contacto con sus cosas... —comento con una amplia sonrisa. Nada mejor para rebajar sus defensas.
—En su casa no había nada —añade Fiona desde su antigua silla de trabajo. Yo sigo apoyada en la mesa de recepción y David nos observa desde el umbral.
—¿Nada de nada? —pregunto, mirándolo a él. Estoy deseando escuchar su versión; hasta ahora, todo lo que sé me ha llegado a través de Fiona.
—Faltaba su maleta, algo de ropa... lo propio de un viaje. También su portátil, la tableta, el reloj y el móvil. Todo encaja con lo que me dijo antes de marcharse.
—¿Qué te dijo, David? Cuéntamelo otra vez —le pido con otra sonrisa mientras tomo asiento en una de las sillas de la sala de espera.
Él mira a Fiona y ella asiente. Está claro que mi presencia le incomoda, aunque todavía no sé por qué.
Finalmente, se sienta a mi lado.
—La última vez que hablé con ella estuvo en mi casa —me cuenta con el tono de quien ha debido repetirlo mil veces—. Me dijo que iba a infiltrarse en un caso y que estaría ausente un tiempo, pero no cuánto.
—¿No notaste nada? ¿Estaba rara, nerviosa?
—No, Taylor. No me pareció nada raro.
—¿Fue a tu casa a contártelo y se marchó?
—Me llamó para preguntarme si estaba en casa. Era sábado por la mañana. Llegó, estuvimos charlando un buen rato sobre otras cosas y después me lo soltó y se fue.
—¿No le preguntaste por el caso?
—No. No funcionaba de ese modo. Que no habláramos de nuestros casos era más habitual de lo que crees.
Taylor, no sé cuánto te habló Elspeth de nuestro trabajo, pero no trabajábamos juntos.
Cuando Duncan murió, reorganizamos la agencia y nos limitamos a compartir espacio.
Ella me permitió continuar aquí y cada uno llevaba sus propios casos.
—David se ocupa sobre todo de los encargos habituales —aclara Fiona—: seguimientos por infidelidades o divorcios, fraudes, comprobaciones para empresas... Elspeth prefería investigaciones más complejas: localizar personas, desapariciones, robos, asuntos en los que había que reconstruir lo ocurrido.
—Elspeth recibía las primeras llamadas y decidía quién se ocupaba de cada caso —continúa David—, pero después trabajábamos de forma independiente.
Por eso no sabemos nada del que llevaba entonces.
Últimamente pasaba mucho tiempo en su despacho —señala una puerta—, aunque también trabajaba bastante desde casa y apenas comentaba en qué estaba metida.
—A mí solo me comentó que estaba llevando un caso importante —añade Fiona—. Era un encargo de alguien muy adinerado y le pagaban muy bien. Dijo que su vida había cambiado. ¿A ti no te habló de ello, Taylor?
—No —admito con pesar—. Elspeth apenas me hablaba de su trabajo, salvo alguna anécdota sin importancia. Solo tengo ese vídeo en el que dice que es feliz, que su vida ha cambiado y que está enamorada.
—Pues ya sabes más que nosotros... —responde David, otra vez a la defensiva.
—No es cierto —interviene Fiona—. A mí también me dijo que se había enamorado, pero no me contó nada más. Elspeth era muy reservada con su vida privada.
—¿A ti te lo dijo? —pregunta David, sorprendido—. Pues a mí no me mencionó nada.
Fiona parece incómoda con la pregunta y guarda silencio, como si se sintiera responsable de que solo lo compartiera con ella.
—Me dijiste... —miro a Fiona intentando salvar el incómodo silencio— que en su despacho tampoco había nada.
—Nada de nada —confirma—. Puedes verlo tú misma.
Está tal cual como lo dejó. Ni notas ni documentos.
En el ordenador tampoco encontramos nada sobre ese caso.
Elspeth solía trabajar con su portátil y otros dispositivos, pero estaba prácticamente vacío.
La policía también lo revisó: ni archivos ni imágenes, como si acabara de comprarlo.
También revisaron su coche, que prácticamente era su despacho, pero nada de nada.
—Lo de infiltrarse no acabo de entenderlo —comento, afectada. Ya conocía esos datos, pero escucharlos cara a cara hace que pesen de otra manera.
—Puede significar muchas cosas —explica David—. Acompañar a alguien en un viaje, introducirse en su entorno, hacerse pasar por alguien que no es, entrar a trabajar en algún sitio para averiguar algo... Cualquier día aparecerá por esa puerta y nos lo contará.
—Eso espero, David, pero no me encaja que se marchara sin decírmelo. Tenía un viaje programado a Nueva York; habíamos planeado estar juntas.
David baja la cabeza.
—A mí tampoco me lo dijo —añade Fiona—, y eso es lo que más me hizo pensar que podía haberle ocurrido algo. Elspeth no se habría marchado sin decírmelo a mí también.
—Me pidió que te lo contara, Fiona. Te lo he dicho mil veces.
Entre ellos saltan chispas. Tengo la sensación de que esta discusión no es nueva.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Me pidió que se lo contara yo porque sabía que Fiona le haría muchas preguntas y se preocuparía.
—Eso es absurdo —protesta Fiona—. Eso es precisamente lo que no encaja.
—Lo sé, pero cuando me lo dijo no me pareció tan descabellado. Ya sabes que siempre se quejaba de que la protegías demasiado... aunque creo que, en el fondo, le gustaba.
Se ha ganado a Fiona. La sonrisa que aparece en su rostro deja claro que no va a seguir discutiendo; sus ojos se llenan de lágrimas y vuelve la cabeza para ocultarlas.
—He estado en la isla de Skye —suelto, captando la atención de los dos—. Hice una parada allí por lo del vídeo...
—¿Has estado allí, Taylor? —pregunta Fiona—. La policía me dijo que no encontraron nada.
—Yo tampoco, salvo confirmar que estuvo allí. El hotel que aparece en el vídeo solo fue el lugar donde se refugió cuando empezó a llover. Le prestaron unas botas, eso es todo. Alrededor solo hay unas cuantas casas de esas de película, mansiones. Nada interesante.
Evito decirles que lo más interesante que encontré fue un escocés con faldita, de lo más arrogante, que me llevó a tocar el cielo en uno de esos momentos en que se te nubla la razón.
Tampoco que el mismo gilipollas desapareció mientras yo estaba en la ducha y me dejó un sabor tan amargo que llevo más de veinticuatro horas intentando quitármelo de la cabeza.
He venido a Escocia a buscar a Elspeth, y esa noche podría considerarse un regalillo para compensar tanta mierda, pero no contaba con enfrentarme a algo que nunca he sabido manejar, a pesar de mil autoterapias y una carrera entera de Psicología: el rechazo.
Porque eso fue exactamente lo que sentí al descubrir que se había largado sin decir siquiera adiós.
Joder, ¿tanto le costaba un «hasta nunca, Taylor», «ha sido un placer», «hemos follado muy a gusto»...? Cualquier cosa. Yo soy la primera que pone punto final a una noche así y deja claro que no habrá una segunda, pero al menos digo adiós.
Y eso es lo que me jode. No que se marchara, sino sentirme tan insignificante que ni siquiera merecía una despedida; y que me haya afectado viniendo de un tío al que apenas conozco y del que, para rematar, ni siquiera sé el nombre.
—Supongo que por eso la policía tampoco dio demasiada importancia a que su móvil conectara con una antena de la zona de Skye antes de ir a casa de David —comenta Fiona.
La miro de golpe.
—¿Cómo? ¿De qué hablas?
Fiona frunce el ceño.
—La conexión del móvil...
—¿Qué conexión?
—Pensaba que lo sabías. Creo que te lo conté… —Hace una pausa intentando recordar—. Antes de ir a casa de David, el móvil de Elspeth había conectado con una antena de la zona de Skye.
—Pues no lo sabía. Te hablé del vídeo, Fiona, te dije que habíamos descubierto que el hotel que aparecía pertenecía a esa isla y no me dijiste nada.
Fiona nunca me contó ese detalle. Colton tampoco, aunque no sé si llegó a conocerlo. Quizá esa información ni siquiera llegó hasta Nueva York.
—Es una zona muy amplia, Taylor —advierte Fiona—. No saben dónde estaba exactamente.
—El vídeo lo grabó ahí días antes de desaparecer. Si el día que desapareció se la sitúa allí, es evidente que volvió y es evidente que ese lugar tiene alguna importancia.
—Sí, eso parece, pero no sabemos por qué.
—¿Nunca antes os habló de algo relacionado con esa isla?
—Nunca la oí nombrar a Skye —dice Fiona con rotundidad.
—¿Y a ti, David?
—Tampoco. Nunca mencionó nada.
—Pero estuvo por allí —insisto—. El vídeo, la localización de las antenas… Ya no parece una casualidad.
—No, no lo parece, pero, por lo que has dicho, no has podido averiguar nada —comenta David.
—Así es, nada importante. Solo he comprobado que es un lugar precioso —y follar con un escocés guapísimo, pero eso me lo guardo— y confirmado que no se alojó allí, que llovió y… lo de las botas. Es decir, nada. Solo que no llevaba el calzado adecuado.
La anécdota consigue aligerar el ambiente. Fiona recuerda entre risas la colección de botas de Elspeth y yo les describo el modelito que vi en el vídeo. David se limita a esbozar una media sonrisa.
—Había una boda en una de las mansiones... —comento, como si ellos tuvieran que conocer a todo el que vive en Skye.
—Hay unas cuantas propiedades así por la zona. Pertenecen a familias bastante adineradas e influyentes —explica Fiona, añadiendo algún detalle sobre la alta sociedad escocesa que apenas escucho porque cierto kilt sigue ocupando demasiado espacio en mi cabeza.
Y entonces caigo en la cuenta.
Llevo más de veinticuatro horas pensando en el gilipollas de la faldita y no se me ha ocurrido pensar en él para lo único que realmente importa.
Acribillé a preguntas a la recepcionista del hotel sobre Elspeth y, sin embargo, al mismísimo dueño del hotel —al menos eso afirmó— ni siquiera le mencioné a mi hermana.
Joder.
Puede que la conociera. Puede que la hubiera visto alguna vez. Puede que supiera algo.
Y entonces se me ocurre algo peor.
Elspeth estaba enamorada.
Nadie sabe de quién. ¿Y si era él?
Joder, si ni siquiera sé cómo se llama.