7 Taylor
Jardines
No puedo negar que esto es algo parecido a un paraíso. Mi habitación está en la planta baja y tiene una puerta que da directamente a los jardines; basta abrirla para pasar de cuatro paredes a una extensión inmensa de césped y árboles.
Salgo y me siento en el pequeño escalón de piedra que hay frente a la puerta. La vista está consiguiendo que me olvide por momentos de lo poco que he averiguado sobre mi hermana desde que llegué.
Nada, en realidad.
Lo único que he conseguido es saber que pidió unas botas, colarme donde no debía, discutir con el desagradable del kilt y aguantar a su guardaespaldas, empeñado en que le enseñara mi móvil.
Un éxito absoluto.
¡Menudo imbécil!
Claro que... yo no debería haberme colado en su casa.
Pero era imbécil.
Y guapo...
Y esa faldita escocesa...
Pero era imbécil.
Y... hasta se me ha pasado por la cabeza que el hombre del kilt pudiera ser aquel del que Elspeth decía haberse enamorado. Pero eso ya es buscar pistas donde no las hay.
También he conseguido sacarle algo de información al recepcionista.
Bastaron una sonrisa y un par de elogios para descubrir que la mansión donde me colé no está habitada; la familia solo viene de vez en cuando para alguna celebración.
Las otras dos, las que están algo más alejadas, sí, aunque no conseguí que me dijera quién vive en ellas.
Tampoco importa. Creo que no tiene sentido relacionar la desaparición de Elspeth con este lugar. Seguramente vino a pasar unos días, llovió, pidió unas botas y después se marchó.
El vídeo no tiene por qué significar nada. Elspeth era muy hermética para contar cosas de su vida…
Me sobresalto al descubrir una figura cerca de mí.
Joder, qué susto.
Es el tío desagradable. Está plantado a pocos metros. La chaqueta ha desaparecido y lleva la camisa arremangada. Y la faldita... Joder, con la faldita.
Sostiene una botella en una mano y un vaso vacío en la otra.
Nos miramos sin decir nada durante unos segundos.
Sigo sentada en el escalón, con los brazos alrededor de las piernas.
—He alquilado esa habitación —le digo, señalando con el pulgar hacia atrás— y estoy disfrutando de mi pedacito de jardín, así que ahora el intruso eres tú.
—Los jardines son comunes. Tu privacidad está de puertas para dentro. A mí no se me ocurriría entrar ahí. Yo no infrinjo leyes.
—Yo tampoco, listillo.
—¿En América las vallas no indican que no se debe pasar?
Suelto las piernas y me incorporo.
Este tío es gilipollas. Pero ¿qué se ha creído?
—¿América?
—Eso dice tu pasaporte, Taylor Stone.
Lo miro fijamente.
—¿Has mirado mi pasaporte?
—Tenía derecho a averiguar quién se cuela en mi propiedad y quién se aloja en mi hotel.
Me pongo de pie.
¿Ha dicho su hotel? Vaya, esto mejora.
Joder. Es tan arrogante que tengo que contenerme para no mandarlo directamente a la mierda.
Él, en cambio, parece perfectamente tranquilo.
—¿Te gusta el whisky? Nadie debería marcharse de Escocia sin probarlo. Este es una reserva especial.
—No. No me gusta el whisky. Ni siquiera recuerdo haberlo probado.
—Eso es una contradicción, Taylor. No puedes afirmar que no te gusta si no lo has probado. Espera...
Sigo intentando entender el cambio de conversación cuando se aleja hacia la parte trasera del hotel.
Quizá debería tranquilizarme.
Si vuelve, podría intentar sacarle algo de información. Al fin y al cabo, no puedo olvidar qué me ha traído hasta aquí.
Aunque, pensándolo bien, esperar que el gilipollas de la faldita me cuente algo resulta bastante ridículo.
Vuelve poco después con dos vasos y se sienta a mi lado, en el borde de piedra que yo he vuelto a ocupar.
Sirve un poco en cada uno y me ofrece el mío.
La curiosidad puede más que el enfado y decido seguirle la corriente. Además, empezaba a aburrirme de tanto jardín. Hasta el imbécil de la faldita puede ser mejor compañía que las vueltas que mi cabeza se empeña en dar alrededor de Elspeth.
Doy un trago demasiado grande.
Me quema la garganta, el cerebro y hasta el alma. Empiezo a toser y el whisky sale disparado con una elegancia que, de haber podido elegir, habría evitado.
Él observa el desastre.
—Se bebe despacio. Primero lo hueles, luego das un sorbo pequeño y lo dejas unos segundos en la boca. Madera, fruta, especias... incluso humo. No tienes que encontrarlos todos; tienes que descubrir qué encuentras tú.
Lo miro con los ojos todavía llorosos.
—Yo he encontrado fuego.
—Interesante, chica americana.
¡Menudo gilipollas!
—No te gusta mi descripción, chico inglés.
—Escocés. Highlander, concretamente. ¿Problemas de geografía, Taylor?
—Sí. Podrías darme también una clase, como con el whisky.
—Encantado. Estás en el Reino Unido, concretamente en Escocia; dentro de Escocia, en las Tierras Altas, las Highlands; dentro de las Highlands, en las Hébridas Interiores y, para ser todavía más preciso, en la isla de Skye.
Por tanto, soy británico, escocés, Highlander y de Skye. Inglés, no. ¿Necesitas que siga?
—No. Necesito que seas un poco menos gilipollas.
Se echa a reír y todavía me enerva más.
¿Qué hago aquí hablando con este tío?
—¿Gilipollas? No he llamado a la policía cuando te has colado en mi casa, te he ofrecido un gran whisky y te estoy enseñando dónde estás. ¿Qué más quieres?
—¿Se ha casado?
Deja de sonreír.
—¿Cómo?
—El hombre al que aconsejabas que no se casara. Aunque quizá me confundí con las voces y el novio eras tú... —Lo observo un instante—. No. Eras tú el que pretendía convencer a alguien de que dejara plantada a su novia el día de la boda.
—Vaya... Creo recordar que no habías escuchado nada.
—Nada que me importara.
—Entonces no preguntes.
—Esto es más interesante que tus clases de whisky y geografía.
Guarda silencio unos segundos antes de responder, esta vez sin rastro de humor.
—Sí. Se ha casado.
—A pesar de tus brillantes consejos.
—No es asunto tuyo.
—Pues no invadas mi pedacito de jardín, no me ofrezcas whisky y no me des conversación.
Me pongo en pie con el vaso todavía en la mano y me dirijo hacia mi habitación. Escucho sus pasos detrás y me vuelvo.
—¿Ahora me sigues?
—Podríamos hacer las paces.
—¿Tú y yo?
—Podríamos intentarlo.
—No pareces especialmente capacitado.
Una sonrisa apenas le mueve los labios mientras me sigue hasta la puerta.
—Si entro en esa habitación, técnicamente yo también estaré entrando donde no debo. Allanamiento. Estaríamos en paz.
—¿Y qué te hace pensar que voy a dejarte entrar?
Me sostiene la mirada unos segundos antes de responder.
—Nunca has follado con un hombre que llevara kilt.
La afirmación me deja tan descolocada que, durante un instante, no sé qué contestar. Lo miro intentando averiguar si habla en serio, pero su expresión no me ayuda demasiado; está tranquilo, demasiado seguro de sí mismo y, de repente, soy muy consciente de lo cerca que lo tengo.
Debería mandarlo a la mierda. Hace unas horas quería perderlo de vista y sigo pensando que es un imbécil arrogante, pero eso no impide que me atraiga. Más de lo que estoy dispuesta a reconocer.
—¿Y cómo lo sabes? ¿También lo dice mi pasaporte?
—Taylor, si ni siquiera sabes dónde está Escocia... y me has llamado inglés…
Se me escapa una risa sarcástica y él sonríe por primera vez. Maldito gilipollas. Tiene claro que frecuento poco estas tierras.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos y algo cambia entre los dos.
La sonrisa desaparece de su rostro y también de la mía; sé que abrir esa puerta es una pésima idea, apenas conozco a este hombre y ni siquiera sé cómo se llama, pero la atracción está ahí, mezclada con el enfado y con unas ganas absurdas de hacer exactamente lo que sé que no debería.
Dudo un instante y abro la puerta.
No digo nada; me aparto y él entra.
Apenas tengo tiempo de cerrar cuando se vuelve hacia mí, me rodea con los brazos y me besa con toda la intensidad que hasta ahora habíamos empleado en discutir.
El vaso sigue en mi mano y consigo dejarlo a tientas sobre el primer mueble que encuentro antes de aferrarme a él y devolverle el beso.
Cuando el beso empieza a subir demasiado de temperatura, me detengo y echo ligeramente la cabeza hacia atrás.
—Ya has entrado en mi propiedad, pero no estamos en paz. Para eso tendría que echarte. Quizá un «¡fuera!» sería lo justo.
Sonríe de medio lado, levanta las manos en señal de rendición y se aparta de mí.
Da un paso hacia la puerta, pero antes de seguir se gira y me mira.
Mantenemos la mirada unos segundos. Quizá cinco, seis... Al séptimo, todo el juego se va a la mierda.
No sé cuál de los dos se mueve primero. Solo sé que un instante después volvemos a estar el uno contra el otro y esta vez no hay bromas ni intención de detenernos.
Mi espalda acaba apoyada en la pared, mis piernas abrazando su cintura y la maldita faldita desaparece, como mi ropa, solo unos segundos después.
Todo es rápido, ruidoso, ansioso e increíblemente excitante.
No es lo que debo hacer, pero es lo único que en este momento deseo.
Cuando el escocés arrogante, ahora sin faldita, entra dentro de mí, pierdo por completo la razón, la noción del tiempo y hasta del espacio.
Joder... Sí... Esto es otro mundo.