Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 6 ​​ Ewan
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Una boda

Cormag me mira fijamente. Sé que, a pocos minutos de su boda, no es precisamente lo que un hermano debería decirle, pero tenía que intentarlo una vez más.

Llevo tres días haciéndolo y siempre obtengo la misma respuesta.

Aun así, cuanto más se acerca el momento, más convencido estoy de que casarse sin querer hacerlo sería un error para los dos.

—¿Otra vez? Estoy harto de hablar de esto.

—Y yo de no creerte.

—Pues créeme de una vez. Quiero casarme con Ailsa. La otra noche estaba borracho y dije cosas que no debería haber dicho. Olvídalo.

—No parecían tonterías...

—Pues lo eran. Me puse nostálgico y hablé de más. No significa que quiera cancelar mi boda.

Lo dice con tanta facilidad que casi podría convencerme.

Casi.

—No te creo.

Cormag suspira.

—Pues tendrás que hacerlo. Si hubiera querido cancelar la boda, lo habría hecho hace tiempo, no a menos de una hora de casarme. Quiero casarme con Ailsa y voy a hacerlo.

—Cormag...

—¿Quieres que volvamos a repetir la experiencia? —me pregunta alzando la voz.

Los recuerdos a los que hace referencia me producen escalofríos.

Sé que debería detenerme aquí. Es su decisión y llevo tres días intentando que se replantee algo que parece tener claro. Aun así, hago un último intento.

—Yo no tengo ni idea de cómo debe sentirse alguien a punto de casarse, pero no te veo muy entusiasmado. Un poco más de emoción por tu parte ayudaría. Esta mañana, en las escalinatas, parecías un fantasma. No es propio de ti.

—Estaba pensando en ellos. Los hemos perdido a los dos en menos de un año y medio. Y esas escaleras... Ya sabes.

Eso me desmonta. Claro que lo sé. Y entiendo que hoy tenga a mis padres más presentes que nunca.

—Deberíamos haberte secuestrado —suelto, poco dispuesto a entrar en algo que todavía duele demasiado.

Se echa a reír.

—Deberíais.

Ese es Cormag. Me sigue la corriente y consigue confundirme un poco más.

Nos damos un abrazo rápido y desaparece por la puerta.

Me quedo solo en el salón preferido de mi madre. Su retrato preside la estancia y evito mirarlo. Todo está demasiado reciente: su ausencia, las dudas sobre Cormag, el recuerdo de la última boda que quisimos celebrar aquí...

Un sonido inesperado llama mi atención.

Viene del extremo del salón, junto al ventanal más cercano a la puerta del jardín. Doy unos pasos en esa dirección y veo algo moverse tras el saliente de piedra que lo enmarca. Supongo que será parte del servicio encargado de la cena.

Me acerco y, al cambiar de ángulo, me detengo en seco.

Una mujer.

Joven y muy guapa, permanece pegada a la piedra, inmóvil. ¿Personal del catering? Entonces ¿qué demonios hace ahí escondida?

Nuestros ojos se encuentran. Los suyos, enormes y de un azul oscuro, se abren todavía más al verme.

¿Qué demonios hace aquí?

Baja la mirada un instante y, cuando vuelve a levantarla, la vergüenza en su rostro resulta evidente. La han pillado y lo sabe. Se separa despacio de la piedra.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto, intentando no pensar en cuánto tiempo lleva escondida—. ¿Quién eres?

—Lo siento. Me he perdido… paseando por los jardines y he acabado aquí —aclara acompañándolo de una risa tonta.

Su acento me llama la atención. ¿Americana? Apostaría a que sí.

—¿Y cuando te pierdes acostumbras a entrar en casas ajenas? —le pregunto con tanto desprecio que hasta yo me sorprendo.

La vergüenza desaparece de su cara.

—He dicho que lo siento —repite enfadada.

—No he preguntado si lo sientes. He preguntado qué haces dentro de mi casa.

—Y yo ya te lo he explicado.

—No. Me has explicado cómo has llegado hasta los jardines. Para entrar aquí has tenido que cruzar una zona restringida.

Aprieta los labios y me sostiene la mirada. Al menos tiene la sensatez de no intentar discutir eso.

—Me alojo en ese hotel, me he perdido paseando. Me marcho y asunto resuelto.

Echa a andar hacia la puerta.

—Un momento. ¿Cuánto tiempo llevabas escondida ahí?

Se detiene y vuelve a mirarme.

—El suficiente para saber que debería haber seguido buscando el hotel. ¿Quieres que te diga otra vez que lo siento y que me he perdido?

—¿Cuánto tiempo?

—Muy poco.

No me gusta la respuesta. Tampoco que haya estado escuchando una conversación como la que acabo de tener con Cormag.

¿Será periodista? El acento americano no encaja demasiado, pero tampoco descarto nada.

Quizá trabaje para algún medio de la zona.

El Inverness Courier estaría encantado de dedicar unas líneas a la boda de un McAverley, sobre todo si pudiera acompañarlas de lo que acaba de escuchar.

Nuestro apellido es lo bastante conocido por aquí para despertar cierto interés en la prensa local.

Y la última vez que una boda McAverley llamó su atención no acabó precisamente bien.

Oigo movimiento fuera y veo a uno de los hombres de seguridad pasar por el jardín.

—Andrew.

Se detiene al oírme y entra por la puerta abierta.

—¿Todo bien?

Señalo a la mujer.

—No. Quiero saber cómo ha conseguido entrar aquí sin que nadie la vea.

Ella me fulmina con la mirada.

—Ya te he dicho que me he perdido. Joder, ya me voy.

—Perderte explica que llegaras hasta aquí, no que estuvieras escondida dentro de mi casa.

Andrew mira a la mujer y después a mí. Su expresión cambia de inmediato.

—La acompañaré fuera.

—No hace falta. Sé caminar sola.

—Asegúrate de que sale de la propiedad —le indico.

Andrew se acerca y ella retrocede un paso.

—Ni se te ocurra tocarme.

—Por favor —dice él, limitándose a señalar la salida.

—Puedo salir perfectamente por mi propio pie.

Me mira de nuevo. Ya no queda ni rastro de la mujer avergonzada que encontré escondida detrás de la piedra.

—Pues hazlo. Y espero que no tenga que preocuparme por lo que hayas escuchado.

—No he escuchado nada. Parece que te cuesta entender que simplemente me he perdido y...

—Estabas escondida dentro de una propiedad privada. Podría llamar a la policía y no lo estoy haciendo. Así que márchate y no vuelvas a meterte donde no debes.

—Joder, qué tío más desagradable... Me importa una mierda tu propiedad, tu conversación y...

—¡Fuera!

El grito se me escapa. Andrew da un paso hacia ella y esta vez no protesta. Me dedica una última mirada cargada de odio antes de salir del salón, con Andrew detrás.

Espero hasta que se han alejado unos metros.

—¡Andrew! Averigua cómo ha entrado y asegúrate de que no ha grabado nada.

Él levanta una mano para indicarme que me ha oído y continúa tras ella.

No sé si debo preocuparme. Quizá diga la verdad y solo sea una turista demasiado curiosa. Después averiguaré en el hotel quién es y si realmente se aloja allí. Isla podrá confirmármelo; al fin y al cabo, es su hotel.

Joder, qué contratiempo.

Y qué guapa.

Esos ojos...

Joder. Menuda mujer.

Céntrate en la boda, Ewan. No todos los días se casa un hermano que, tres días antes, confiesa borracho que estaba dispuesto a cancelarlo todo por otra mujer.

En esta familia aburrirse es prácticamente imposible.

Azul marino. Sus ojos eran azul marino.

«Muy centrado, Ewan», me digo resoplando.