5 Taylor
Las Highlands
Isla de Skye, Highlands escocesas.
«Este lugar es precioso, Taylor».
Las palabras de Elspeth vuelven a mi cabeza en cuanto contemplo el paisaje.
Razón no le faltaba. Esto es lo más parecido a un paraíso, aunque me resulta imposible disfrutarlo sabiendo que estoy aquí sin ella.
Es la tercera vez que vengo a Escocia y la primera que salgo de Inverness. También la primera que me recibe un cielo completamente despejado. Y, desde luego, la primera que vengo buscando respuestas.
La primera vez fue para conocer a mi padre biológico, Duncan Douglas, el padre de Elspeth. La segunda, para asistir a su funeral hace poco más de un año.
Y la tercera... para averiguar qué le ha ocurrido a mi hermana después de un mes desaparecida.
Este es mi punto de partida. El lugar que aparecía en el último vídeo que me envió antes de desaparecer. Mi último contacto con ella.
Decía que era precioso, que estaba feliz y que se había enamorado. Me prometió contármelo todo durante la semana que íbamos a pasar juntas en Nueva York.
Pero nunca llegó.
Ya me he instalado y las vistas desde la habitación son increíbles.
Estoy en la planta baja, frente a un enorme jardín que se extiende hasta donde alcanza la vista.
Césped, árboles, algunos setos y, más allá, tres mansiones de piedra desperdigadas entre el verde.
La más cercana se distingue con bastante claridad: grande, señorial, con tejado de pizarra, chimeneas y ventanales que reflejan el cielo.
Para alguien acostumbrado a Nueva York, todo esto tiene algo de irreal. Demasiado espacio, demasiado verde y unas casas que parecen sacadas de un cuento. El propio hotel es una de ellas, una antigua mansión reconvertida hace años.
He localizado el punto exacto donde Elspeth grabó el vídeo, justo delante de un cartel con el nombre y el logotipo del hotel.
Durante unos segundos incluso he sentido cierta euforia, hasta que me he preguntado qué demonios acabo de descubrir.
Colton ya había localizado este lugar. Por eso estoy aquí.
Aun así, necesitaba comprobarlo por mí misma.
También lo he intentado con la recepcionista.
Le he enseñado parte del vídeo, le he contado que Elspeth lleva un mes desaparecida y hasta he recurrido a unos ojos al borde de las lágrimas, pero no ha habido manera.
Con su marcado acento escocés y toda la amabilidad del mundo, se ha limitado a repetirme que no puede dar información sobre las personas que se alojan o se han alojado en el hotel.
La policía ya lo había comprobado, pero yo no podía ser menos. A ellos sí que debió responderles, pero esperaba, no sé por qué, que desde entonces se le hubiera ocurrido algo, aunque fuera pequeño.
Después de unas horas aquí empiezo a asumir que quizá esperaba demasiado. Pensé que bastaría con estar en el mismo lugar que Elspeth para ver algo que los demás no habían visto.
De momento, nada.
Salgo de la habitación dispuesta a recorrer los jardines. No es una elección, es la única opción. O eso o me quedo entre estas cuatro paredes dándole vueltas a todo esto y preguntándome si venir hasta aquí ha sido una completa locura.
—Señorita Stone —me indica la recepcionista cuando paso junto al mostrador—.
Si tiene intención de pasear por los jardines, le recomiendo que lo haga antes de las cuatro.
Esta tarde se celebra un evento privado en la propiedad contigua y, a partir de esa hora, se cerrarán los accesos a esa parte de los jardines.
Miro hacia los ventanales.
—¿La propiedad contigua es esa mansión enorme que se ve desde mi habitación?
—Sí —me contesta con cierto malestar. Claro que la pregunta no puede ser más tonta.
—¿Y los jardines son compartidos?
—Cada propiedad tiene sus propios terrenos, pero no existe una separación física en todo el perímetro. Cuando es necesario, se restringe el acceso entre ambas zonas.
—¿Qué clase de evento?
—Uno privado.
Claro. Se me había olvidado que tengo un muro de acero delante.
—A las cuatro...
—Correcto.
Definitivamente, he elegido el lugar perfecto para intentar conseguir información.
Antes de salir vuelvo a escuchar su voz.
—La mujer que aparece en el vídeo... —empieza a decir, y el corazón se me dispara—. Recuerdo que se llevó unas botas de agua. He comprobado el nombre que me ha dado y puedo confirmarle que no consta en nuestros registros.
Vaya, algo es algo.
—¿Unas botas?
—Como esas.
Señala uno de los rincones de la recepción. Entre los muebles antiguos, la madera oscura y las gruesas cortinas que hacen que todavía parezca el recibidor de una mansión, descubro un pequeño expositor con botas, paraguas y chubasqueros de un amarillo tan intenso que casi hace daño a la vista.
Desde luego, quien eligió los complementos no tuvo demasiado en cuenta el estilo del hotel.
—¿Y se acuerda de ella?
—Me pidió las botas personalmente.
Miro otra vez ese amarillo imposible.
Elspeth estuvo aquí. Pero eso ya lo sabía. Desconozco si esa información se la proporcionaron a la policía; Colton no me comentó nada al respecto.
—¿Recuerda algo más?
—No era huésped del hotel. Entró porque necesitaba un calzado adecuado para la lluvia y le prestamos unas botas.
—¿Tiene una factura, algún registro...?
—No hubo ningún cargo, señorita Stone. Fue una cortesía del hotel.
Asiente ligeramente, dando por terminada la conversación.
—No hay nada más que pueda contarle. Espero que disfrute de su paseo.
Me ha quedado claro. Sé lo mismo que antes: Elspeth estuvo aquí. Ahora puedo añadir que aquel día llovió y que, por alguna razón, necesitó unas botas que no llevaba.
Vuelvo a mirar el vídeo. No se le ven las piernas, así que es imposible saber si ya las llevaba puestas. Aunque lo dudo. No parece que esté lloviendo.
Me fijo en su ropa. Tampoco es la habitual. Lleva un vestido, bastante más formal de lo que recuerdo en ella, y unas botas de agua no parecen precisamente el complemento elegido para la ocasión.
¿La sorprendió la lluvia? Es escocesa. Contar con que puede llover debería venirle de serie.
Pero si no estaba alojada aquí, ¿dónde estaba? ¿Por qué tuvo que entrar en un hotel a pedir unas botas en lugar de resguardarse o llegar hasta su coche?
Miro hacia los jardines y, más allá, hacia las mansiones.
No tengo una respuesta, pero al menos ahora tengo una pregunta.
O quizá solo tengo una pregunta estúpida.
¿Qué importa si estuvo aquí? ¿Qué más da si llovió y necesitó unas botas? Elspeth no desapareció ese día, sino tres días después.
Joder, esto es absurdo.
Estuvo aquí por la razón que fuera. Le gustó el lugar, grabó un vídeo y siguió con su vida. Quizá debería dejar de jugar a los detectives y aprovechar el paisaje para despejarme un poco.
Salgo del hotel bastante más malhumorada de lo que debería y dispuesta a disfrutar del famoso paseíto antes de las cuatro.
Pierdo la noción del tiempo paseando por una extensión de césped que parece no terminar nunca. Atravieso senderos bordeados de setos, bajo unos escalones de piedra y me interno entre árboles lo suficiente para que, cuando intento localizar el hotel, ya no tenga ni idea de dónde está.
Genial. Me he perdido.
Sigo caminando hasta que los árboles vuelven a abrirse y aparece ante mí la parte trasera de la mansión que veía desde mi habitación.
Si esta es la fachada trasera, no quiero ni imaginar la principal. Quizás después me acerque a averiguarlo, si es que hay alguna forma de poder contemplarla más de cerca.
Desde aquí parece todavía más impresionante: una larga fachada de piedra gris, tejado oscuro, chimeneas y enormes ventanales que dan a los jardines.
También encuentro una de las vallas que cortan el acceso. La recepcionista había sido bastante clara: a partir de aquí, no debo pasar.
Camino junto a la valla buscando la manera de regresar al hotel y, al otro lado, descubro una puerta abierta en la mansión; es alta, acristalada, con un pequeño tramo de escalones de piedra que baja directamente al jardín.
Me detengo.
No tengo ninguna razón para acercarme.
Así que, naturalmente, me acerco.
Antes de llegar, aparece un hombre en la puerta con una caja entre las manos. Lleva chaqueta oscura y corbata, pero lo que me llama la atención es el kilt que completa el atuendo.
Me quedo mirándolo más de la cuenta. Tres viajes a Escocia y es la primera vez que veo uno fuera de una fotografía.
Definitivamente, esto no se parece demasiado a la Escocia que conozco.
El hombre baja los escalones sin mirar en mi dirección, deja la caja junto a la pared y vuelve a entrar.
Espero unos segundos.
La curiosidad empieza a ganarle la batalla al sentido común.
La valla no es especialmente alta, pero deja bastante claro que no debo cruzarla. Camino unos metros hasta encontrar un punto donde el desnivel del terreno juega a mi favor, miro a ambos lados y consigo pasar con bastante menos dignidad de la que me gustaría.
Ahora sí estoy donde no debo.
Me acerco a la puerta, que sigue abierta, y me detengo al pie de los escalones. El hombre podría volver a aparecer en cualquier momento.
Debería dar media vuelta.
En lugar de hacerlo, subo con cuidado y asomo la cabeza.
No veo a nadie.
Al otro lado hay un salón enorme: madera oscura, una gran chimenea de piedra, sofás elegantes y cuadros antiguos.
Escucho un momento. Nada.
Doy un paso dentro. Solo uno.
—Esto es allanamiento, Taylor —murmuro.
Lo sé.
Aun así, avanzo un poco más, mirando alrededor y pendiente de cualquier ruido. La curiosidad puede conmigo y termino adentrándome varios metros en el salón. Entonces escucho voces masculinas.
Joder.
Me vuelvo hacia la puerta. Ahora sí estoy demasiado lejos para alcanzarla sin que me vean.
Las voces se acercan. Busco dónde esconderme y apenas alcanzo a ver de refilón un kilt. Debe de ser el hombre de la caja.
Me oculto tras el saliente de piedra de uno de los ventanales y contengo la respiración. No es un gran escondite, pero las voces ya están demasiado cerca para moverme.
Entonces escucho una voz grave.
—Todavía estás a tiempo. Si no quieres casarte, no tienes que hacerlo. Así de sencillo.