3 Taylor
Ridículo
Acabo de recibir un misil en toda regla. Un misil en forma de «me he enamorado». Pero no de mí, como ingenuamente he supuesto al comienzo de este absurdo juego, sino de «otra persona», como acaba de pronunciar Nolan.
Tengo el cuerpo paralizado. Aprieto con tanta fuerza los brazos de la butaca que casi me duelen las manos, pero me obligo a no mover un solo músculo. Sé que me está observando.
—Entiendo... —Es lo único que se me ocurre decir. Ya no soy psicóloga, solo un ser humano en shock que está intentando encontrar la forma de manejar el misil.
—Taylor... Sé que esto es algo brusco, pero necesitaba decírtelo.
Yo... no lo esperaba. No tengo nada con esa persona; de hecho, es un amor imposible.
Pero solo el hecho de sentir lo que siento ha hecho que tome decisiones, que le dé un giro a mi vida y que, por una vez, sea fiel a lo que soy de verdad —me suelta en medio de lo que parece un sollozo mientras no deja de observarme.
Sigo anclada a la butaca intentando procesar la situación. ¿Qué espera? ¿Que me eche a llorar? ¿Que le felicite por presentarse en mi consulta jugando a ser un paciente para decirme que se ha enamorado de otra? ¿Que le pida explicaciones?
Joder, otra vez. Otra vez que empiezo a ilusionarme con alguien y me da la patada.
—No quiero perderte —prosigue casi al borde del llanto—. Quiero que seamos amigos, aunque cueste. No quiero hacerte daño... Me da mucha pena, no te lo mereces. Ya sé que estás ilusionada con esta relación y yo lo he estropeado todo.
Baja la mirada al decir las últimas palabras.
Ha elegido exactamente las que no debía.
Ese «me da pena» me atraviesa como una bala.
Ya no pienso como psicóloga; solo quiero defender un orgullo que acaba de recibir el golpe más absurdo de su vida.
Y ese orgullo es el motor de mi vida, mi talón de Aquiles.
Nunca he conseguido ganarle la batalla. Una carrera entera de psicología no basta.
¡La has cagado, Nolan!
—Dime algo... Taylor, por favor.
—No me lo puedo creer, Nolan… Estoy intentando comprender esto… —le suelto con una intención que sé que lo va a confundir. No tengo tiempo para pensar, así que no puedo exigirme mucho.
—Taylor, te aseguro que he disfrutado cada momento con…
—Nolan, llevo días intentando hablar contigo —le interrumpo bruscamente.
Me echo a reír dejándome la vida en ello.
Me mira confundido.
—Esto es un regalo o algo parecido. Llevo días pensando qué decirte para romper contigo… Y vienes tú y me lo pones así de fácil. Es… raro, ¿no crees? —Me echo a reír de nuevo.
Me observa unos segundos, como si intentara descubrir si acabo de decir la verdad o si solo intento protegerme.
—¿Quieres romper?
—Sí, Nolan, lo siento. Bueno… ya no lo siento. —Otra risa tonta.
No ha sonado demasiado convincente. Lo sé. Él… quizás también.
—¿En serio? Nunca lo hubiera imaginado.
Ahí está. La duda. Justo lo que necesitaba escuchar.
Se ha activado el botón del orgullo y ya no hay quien lo detenga. Soy Taylor. La doctora Stone acaba de salir de la consulta.
Sin pensarlo, porque eso es precisamente lo que hace una mente secuestrada por el orgullo, meto la mano en la papelera en busca de la carta de Sarah, la que ha recitado. No estaba mal. O eso creo. Directa, breve y… según ella elegante. Más bien práctica, pero servirá.
—Había escrito unas líneas para aclararme —le digo enseñándole la bola de papel—. Era un borrador, pero... estaba trabajando en ello.
Me levanto con una seguridad que no siento, deshago el papel como puedo y se lo tiendo.
La coge despacio, me mira y vuelve a bajar la vista hacia la hoja. Empieza a leer en silencio. Frunce ligeramente el ceño, levanta un instante la vista hacia mí y vuelve al principio.
No le gusta lo que lee, pero me basta con que le quede claro, aunque dude, de que pensaba dejarlo, aunque no puedo evitar sentirme estúpida. En realidad, esto es estúpido. El orgullo es estúpido, pero ahí está. Siempre está.
Por fin termina. Alza despacio la cabeza y me observa durante unos segundos.
—¿De verdad querías decirme todo esto? ¿Me querías enviar una carta?
—Solo era un ensayo de ideas.
—Es raro, pero… nunca lo habría imaginado.
Baja otra vez la vista hacia la carta.
—Si el destino hubiera sido más bondadoso con nosotros, habría encontrado la forma de mantener nuestras manos unidas sin romper nuestros corazones —recita mientras yo siento que me quiero morir.
¡Qué coño le he entregado? ¿Qué coño había escrito Sarah? Esa no es la carta.
—Ya sabes, el destino… Siempre culpamos a alguien. Es… una reflexión…
—Muy profundo —me dice asustado.
—Sí, claro.
—Lejos de ti seguirá latiendo un corazón que jamás dejará de agradecer el privilegio de haberte amado —sigue recitando. Incluso le pone el tono propio de la cursilada que esté leyendo.
No voy a superar esto en la vida. Miro hacia la ventana. Es la única salida.
—«Amado»… Eso es… increíble, Taylor.
—Es… lo que es. Una reflexión movida por… la angustia de tener que dar una mala noticia. Déjalo ya, Nolan.
Pero no me hace caso. Necesita seguir y sé que todavía puedo escuchar algo que me haga saltar por la ventana.
Orgullo… ¡Menudo orgullo estoy defendiendo! Ahora mismo me abofetearía a mí misma.
—Si el amor ya no puede unir nuestras vidas, ruego a Dios que nos conceda la dicha de conservar una amistad tan pura como el cariño que siempre sentiré por ti. Que Dios cuide de ti allí donde yo ya no pueda hacerlo.
Ya no intervengo, solo sonrío.
Nolan sigue sujetando la carta. La mira, vuelve a mirarme y regresa otra vez al papel, como si intentara reconciliar esas palabras con la mujer que tiene delante.
—Me quedo con esa parte de la amistad. Creo que... los dos queremos lo mismo.
Ahí está. Se ha creído la carta, o eso parece, aunque esté haciendo el mayor ridículo de mi vida.
—Claro —respondo sosteniéndole la mirada—. De eso se trata, Nolan. El destino nos lo ha puesto fácil. Nos lo merecemos.
Espero que no se acuerde de las veces que le he hablado de lo que pienso del destino; ahora no me conviene.
Nolan se levanta. Sigue con la misma expresión de desconcierto desde que ha terminado de leer la carta y yo continúo muerta de vergüenza, pero ya no puedo echarme atrás. Algún día aprenderé a tragarme el orgullo. Recursos no me faltan para conseguirlo. Joder, soy psicóloga.
—Taylor... ¿Qué te parece si vamos a tomar una copa y hablamos de... nuestra amistad?
Lo lógico sería negarme. Lo absurdo es que no lo hago.
—Claro —respondo levantándome—. Aunque te confieso que estoy cansada y todo esto ha sido... un poco absorbente.
—Lo entiendo, pero... me gustaría que habláramos un poco más. Hay cosas que todavía no te he contado ni me has contado.
—¿Sobre tu amor imposible? ¿Qué le pasa? ¿Está casada? ¿Tiene novio? ¿Vive en Groenlandia?
Esas preguntas surgen de una mezcla entre no poder pensar con claridad y la curiosidad.
Por primera vez desde que ha entrado sonríe, aunque la sonrisa apenas dura un instante.
Vuelve a bajar la mirada.
—No hay nada entre nosotros. Nunca lo ha habido. Ni siquiera sabe lo que siento. Yo... no lo he buscado. Simplemente ha pasado. Sin darme cuenta, creo que me he enamorado de él. Creo que se llama enamorarse.
—¿Él? ¿Has dicho él? —le digo en medio del segundo shock de la tarde.
—Es un hombre.
—¿Un hombre?
—Sí, Taylor. Eso era lo realmente difícil. Y, por favor, no pienses que lo que hemos vivido ha sido una mentira. No tiene nada que ver contigo.
—Claro... —consigo decir—. Así que... un hombre...
—Sí. He luchado mucho por negarme a aceptarlo, pero este sentimiento ha hecho que todo cambie.
—Ese proceso no es rápido.
—Lo nuestro ha sido real, Taylor. Precisamente por eso no podía seguir engañándote.
Lo observo en silencio.
Por primera vez desde que ha entrado deja de parecer un hombre que viene a romper conmigo. Solo veo a alguien intentando explicar algo que ni él mismo entiende del todo.
—Ya te he entendido, Nolan. Permíteme sorprenderme, joder.
Empiezo a ser yo. Después de sobrevivir a la lectura de la carta, creo que ya puedo enfrentarme a cualquier cosa.
—¿Por qué es imposible? ¿Él no es gay?
Baja la mirada, se frota la nuca y tarda unos segundos en responder.
—Verás... Yo no pienso hacer nada. Observo desde la distancia y es suficiente. Me basta con dar este paso conmigo mismo. Él… sí, es gay. Él… Creo que ya no puedo seguir ocultándotelo. Fuiste tú quien me lo presentó.
—¿Yo? —pregunto mientras mi cabeza empieza a dar vueltas.
Asiente despacio.
—Sí. Lo conocí hace tiempo gracias a ti y... últimamente lo veo casi todos los días en el gimnasio.
Su forma de sonreír me basta para saber de quién habla. No hay nadie más que reúna esas condiciones.
Lo miro incapaz de decir una sola palabra. Tercer estado de shock.
Antes de que consiga reaccionar, el móvil vibra en el bolsillo justo cuando me dispongo a salir de la consulta.
No me importa el mensaje. Lo que necesito es una excusa para marcharme.
Nolan sigue observándome, esperando una reacción que ahora mismo soy incapaz de darle.
Saco el móvil. Es Fiona.
He ido a la comisaría como te prometí.
Nada. No tienen nada.
Creo que no se están tomando muchas molestias.
No sé si están trabajando de verdad para encontrar a tu hermana.
Cada día estoy más preocupada.
Siento cómo se me encoge el corazón.
Todo lo ocurrido en esta consulta pierde importancia de golpe. Nolan, la carta, el orgullo... que se haya enamorado de Colton, mi mejor amigo… casi un hermano.
Todo desaparece.
Solo queda Elspeth.
¿Dónde estará?