Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 2 ​​ Ewan
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Reunión

Nosotros no le hemos puesto nombre, aunque habrá quien lo llame despedida de soltero.

Claro que lo único que tiene de despedida es que Cormag se casa dentro de cuatro días; el resto no se parece en nada.

Es simplemente una reunión de hermanos. Mucho más McAverley.

Nunca hemos sido de grandes celebraciones.

Y esta vez todavía menos. Hace apenas un mes nos reunimos para despedir a nuestra madre. Supongo que ninguno tiene el cuerpo para demasiada fiesta.

Isla, nuestra hermana, nos ha reservado una de las salas privadas del club que dirige, a las afueras de Inverness, aunque todavía no ha podido reunirse con nosotros.

Yo habría preferido celebrarlo en Broadford, donde vivo y trabajo como médico desde hace años, pero nunca consigo convencerlos de que sean ellos quienes recorran las casi ochenta millas que nos separan.

Al final siempre soy yo quien termina conduciendo hasta aquí.

Supongo que, de algún modo, eso también forma parte de ser el McAverley distinto. Mientras Cormag, Callum e Isla viven volcados en la destilería familiar y el resto de negocios, yo elegí otro camino.

Cormag ha abierto una de las reservas más antiguas de la destilería y parece decidido a terminarla él solo. Apenas hemos empezado la noche y ya va por el cuarto whisky. Bebe demasiado rápido, aunque todavía habla y se mueve con suficiente normalidad para disimular cuánto le está afectando.

Callum, en cambio, apenas bebe. Siempre ha sido el más serio y reservado de los cuatro, pero desde hace casi un año se ha vuelto todavía más hermético.

Yo apenas he probado el whisky. Curioso en un McAverley, teniendo en cuenta que mi familia lleva generaciones elaborándolo, pero nunca me ha gustado demasiado.

—Deberíamos haberle organizado una de esas despedidas multitudinarias en las que acabas haciendo el ridículo. Total, la parte de emborracharse ya la está cumpliendo él solo —comenta Callum.

—Si hubierais organizado algo así, no habría venido —responde Cormag con la voz algo pastosa—. ¿Y qué celebramos exactamente?

—Una reunión de hermanos. Y que dentro de cuatro días te casas.

Cormag deja el vaso suspendido unos segundos.

—Si lo que pretendéis es que deje de beber, dejad de hablar de la boda. Brindemos por esta reunión.

Alza el vaso y los tres lo imitamos. El golpe de cristal es más brusco de lo habitual y varias gotas de whisky terminan sobre la mesa.

—Por nosotros. Por los McAverley.

Volvemos a chocar los vasos.

Demasiadas emociones para una sola noche. Un brindis está bien. Dos empieza a parecer excesivo. Así somos.

—Y por tu boda —añado antes de beber otro sorbo.

Cormag baja el vaso despacio.

—Por eso no brindo.

Levanto la vista.

—No pienso brindar por mi boda. Dejad de hablar de esa maldita boda.

Conozco a Cormag lo suficiente para distinguir cuándo está bromeando y cuándo habla completamente en serio.

Miro a Callum, pero este ni siquiera pestañea.

—¿Qué pasa, Cormag? —le pregunto confundido.

No responde. Se limita a mirar la botella.

Me apresuro a apartar la botella antes de que vuelva a servirse. Cormag rompe a reír.

—¿De qué va esto? —le pregunto a Callum, buscando algo de luz. Ellos dos pasan más tiempo juntos y, en teoría, conocen mejor la vida del otro.

—De que no quiere brindar por su boda.

—Eso ya lo he oído, Callum.

No sé por qué esperaba más colaboración por su parte.

—Si yo tuviera que casarme con Ailsa, tampoco brindaría —añade con absoluta tranquilidad.

Cormag, lejos de ofenderse, se echa a reír. Una de esas risas desproporcionadas que solo aparecen cuando el alcohol es excesivo.

Ailsa es una buena chica y lleva algo más de un año con mi hermano. El problema es Callum. Su lista de personas tolerables es bastante corta y, por lo visto, nuestra futura cuñada todavía no ha conseguido entrar en ella.

—¿Te pasa algo, Cormag? No pareces precisamente ilusionado —me atrevo a preguntarle.

—No lo estoy.

La respuesta cae sobre la mesa con más fuerza que cualquiera de los brindis anteriores.

—Quizá deberías haber aplazado la boda un poco más —sugiero en un intento de que se anime a hablar del tema.

—Lleva mucho tiempo organizada —es la débil respuesta que obtengo, aunque tampoco me sorprende.

—Hace apenas un mes que enterramos a mamá —intervengo—. Es una buena razón para retrasarla.

—Ya hemos hecho cambios. Hemos reducido los invitados. La hemos convertido en una boda… pequeña. De cuatrocientos invitados a doce. No está mal —explica Cormag con tranquilidad y con dificultad.

—Eso es lo de menos —protesto mientras miro a Callum en un nuevo intento de que sea él quien me ayude a entender lo que ocurre.

—A mí no me mires, yo no sé nada —me dice encogiéndose de hombros.

Cormag recupera la botella, llena de nuevo su vaso y se pone en pie.

—Brindemos por ella... Para que sea feliz... Yo me merezco lo que tengo por cobarde y por… gilipollas. Eso es lo que soy, un gilipollas. Me casaré... Es lo que tengo que hacer. Es... Da igual. Brindemos por mi rubia. Por haber sido tan imbécil de perderla...

Nadie se mueve y vuelve a sentarse, pero no se priva de beber el contenido del vaso.

Callum y yo cruzamos una mirada. Ahora sí me creo que no sabe nada.

—Me he perdido, hermanito —dice Callum—. Ailsa no es rubia.

—¿De qué hablas, Cormag? ¿Quién es esa rubia?

Por fin coloca el vaso sobre la mesa.

—Una mujer increíble… pero ya… es igual… ya no está.

—Cormag… —empiezo a decir.

—No voy a hablar de ella. Se acabó. Brindemos por la puta boda.

Antes de que pueda insistir, la puerta se abre.

—Esperaba encontraros en calzoncillos, bailando encima de la mesa...

Es Isla. Y ese comentario es muy propio de ella.

—Estábamos a punto de hacerlo —responde Callum con total tranquilidad.

No tarda ni un segundo en darse cuenta de que algo no encaja. Basta con que cruce una mirada conmigo. Quizás mi negación con la cabeza ha ayudado.

Isla recorre la mesa con la mirada, se fija en la botella casi vacía y termina observando a Cormag.

—¿Qué ocurre?

—Nada. Cormag no parece demasiado entusiasmado con su boda —le aclaro.

Isla frunce el ceño, nos observa a los tres y se sienta al lado de Cormag.

—¿Qué pasa? —le pregunta.

—Nada, joder. Estábamos a punto de brindar por la puta boda —le dice recuperando el vaso de nuevo—. ¿Te sumas?

—¿Puta boda? —repite mientras nos mira. Nosotros nos encogemos de hombros. Hasta Callum parece sorprendido.

Cormag ni siquiera se inmuta.

—Cormag... —insiste—. ¿Estás bien?

—Sí, joder. Estoy bien.

—Esa botella está casi vacía porque la habéis compartido, ¿cierto?

Callum y yo negamos despacio.

—He bebido mucho, sí... Pero si dejarais de hablar de la maldita boda...

—¿Por qué la llamas así? —Se alarma Isla.

—¿Sabes algo de una rubia que ha perdido por cobardía? —resume Callum con su calma habitual.

Isla frunce el ceño.

—¿De qué estáis hablando?

—Basta ya. No vamos a seguir hablando de esto.

Me casaré y punto. Mamá lo habría querido, aunque...

no me dio tiempo a decirle que quería anular la boda porque...

—Hace una pausa y niega con la cabeza—. Por ella…

Por mi rubia especial. Pensaba contárselo a mamá aquel fin de semana... ¿Creéis que lo habría entendido?

En su discurso aparece una sonrisa, una mueca de enfado y una de tristeza que nos acaba de descolocar.

El silencio se apodera de la sala.

Cormag se incorpora con dificultad y cruza la estancia hasta la barra para dejar el vaso.

—¿Querías anular la boda, Cormag? —le pregunta Isla levantándose.

—¡Ya no! —responde sin girarse—. Ya no se va a anular nada.

Nos miramos los tres.

—Ha bebido mucho... —murmuro.

—Por eso está contándonos esto —afirma Callum.

—Joder... Dejad de hablar de la boda, ¿me habéis entendido?

—Es difícil hacerlo cuando acabas de decirnos que querías anularla y nos hablas de una rubia especial —le suelto mirando a Isla que cierra los ojos.

Cormag suspira.

—¿Quién es esa «rubia», Cormag?

—La perdí por idiota y no voy a recuperarla. Debo casarme con Ailsa. Estaré bien. No os preocupéis.

Durante unos segundos parece el único completamente sobrio de la sala.

—Cormag... —dice Isla con ese tono dulce e hipnótico que usa en contadas ocasiones.

—Tengo una idea —sugiere Callum. Cormag le presta atención e incluso esboza una sonrisa—. Se nos fue la mano en la despedida, te diste un golpe en la cabeza y ahora tienes amnesia. Ewan lo confirma y tú no te casas. Problema resuelto.

Si no conociera a mi hermano pensaría que está hablando en serio. Se necesita una vida entera para entender su sentido del humor.

—Buena idea —dice Isla fulminándolo con la mirada—. Pero tengo una mejor… ¿Y si le aconsejáis que sea sincero?

—¡Eh! Isla, tranquila. No es lo mismo —intervengo antes de que la conversación vaya por donde no debe.

Entiende perfectamente a qué me refiero y asiente.

—No es un mal consejo que sea sincero —insiste Isla con un suspiro.

—No, no lo es, pero reconozco que lo de la amnesia tiene posibilidades... —comento asintiendo de forma exagerada.

Isla me mira como si acabara de descubrir que tiene dos hermanos idiotas.

—Solo tienes que fingir que no la conoces —añade Callum metido en su papel—. A mí empieza a parecerme hasta divertido.

Cormag nos observa como si habláramos del tiempo. Isla niega con la cabeza. La situación es absurda, pero la tensión está disminuyendo y todos lo sabemos.

—¿Quién eres? —improviso con todo el dramatismo del que soy capaz intentando recrear una supuesta escena—. No recuerdo nada… me duele la cabeza…. ¿Qué me pasa?

—Soy tu novia, Cormag. Nos casamos dentro de unos días —continúa Callum con un tono de voz ridículo.

—Lo siento, no te recuerdo. No puedo casarme con una desconocida —me sumo yo empeorando el tono de voz.

—Problema resuelto —sentencia Callum.

—No es un plan perfecto, pero… la amnesia es un tema serio. Si ensayamos bien…

—Dejad de decir gilipolleces —suelta Cormag riéndose—. Dos días después de la boda se abrirá el... ¿Cómo se llama? El testamento de mamá. Charles me pidió que os lo dijera.

—¿De verdad quieres hablar de eso ahora? —pregunta Isla.

—Sí —afirma Cormag con una expresión que no puede ser más de borracho.

—¿Has firmado algún acuerdo prematrimonial? —pregunta Callum con absoluta naturalidad.

Cormag rompe a reír.

Es una risa exagerada, contagiosa y completamente fuera de lugar, pero al final todos acabamos riéndonos con él.

Isla aprovecha para servirse un whisky, levanta el vaso y nos mira uno a uno.

—Por nosotros, chicos, por los McAverley.

Y brindamos por ello. Mucho mejor que por la boda.