Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 1 ​​ Taylor
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Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses

Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses

Por Abril Lainez

© inepub.com

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La consulta

​​ Manhattan, Nueva York.

—Doctora Stone, creo que por fin sé cómo decírselo a Logan.

Después de media hora de silencios incómodos, rodeos y comentarios que no llevan a ninguna parte, escuchar esa frase casi consigue que sonría.

Sarah lleva cuatro meses siendo mi paciente. Ha avanzado mucho desde la primera sesión. Tiene claro que quiere romper con su novio; el problema es que lleva semanas buscando la mejor forma de hacerlo.

—Le voy a enviar una carta. Ya la he redactado. Bueno... he escrito al menos ocho, pero mi amiga dice que cuanto más elegante suene, menos daño le hará. Creo que ahora sí. Solo son unas pocas líneas. Elegante y breve. ¿Quiere escucharla?

Antes de que pueda responder, se apodera de una carpeta y rebusca en su interior.

—Esta no es... Esta tampoco —murmura completamente concentrada en encontrar la definitiva—. Es que hay muchas... Esta tampoco... Al final ya no sé cuál es cuál.

Espero.

Mi cuerpo sigue en la consulta, esperando que Sarah me lea su carta, pero mi mente, en cambio, lleva un buen rato refugiada en casa de Nolan, debajo de una ducha caliente, antes de disfrutar de una de esas cenas que siempre consigue convertir en un pequeño acontecimiento.

Llevamos juntos seis meses. Al principio no apostaba demasiado por lo nuestro. Pero, casi sin darme cuenta, he dejado de buscar motivos para salir corriendo. Empiezo a estar muy a gusto con él. Y eso, en mi caso, ya es un pequeño milagro.

—De hecho, ya me la sé de memoria... —continúa diciendo con un hilo de voz—. ¿Quiere escucharla, doctora?

—Si te apetece recitarla, adelante.

Sarah recoge las cartas atropelladamente.

Se le vuelven a caer dos. Resopla, las guarda de cualquier manera en la carpeta y acaba eligiendo una.

La aprieta contra el pecho durante unos segundos, como si aquel papel pudiera prestarle el valor que todavía no tiene.

Mira hacia el techo, se aclara la garganta y recita de una forma muy teatral.

—Esta decisión es difícil. Me duele tener que decirte que quiero que tomemos caminos diferentes. No quiero hacerte daño y me gustaría que pudiéramos seguir siendo amigos, aunque sé que eso no siempre es posible. —Hace una pausa—. ¿Debería firmarla?

Antes de que pueda responder, vuelve a negar con la cabeza.

—Sí... creo que debería, pero... no. Esto no es buena idea, doctora.

Suspira.

—Debería decírselo en persona. ¿Usted qué haría?

—Lo importante es qué necesitas tú para sentir que has sido honesta con él... y contigo misma.

Sarah permanece unos segundos en silencio. Después asiente despacio.

—En persona.

Arruga la hoja despacio, como si se estuviera despidiendo de ella, la deja sobre mi escritorio con una pequeña sonrisa de satisfacción y se despide unos minutos después, satisfecha con su decisión. Aunque me temo que, cuando vuelva a verla, su novio todavía no sabrá nada.

Lo último que espero cuando me dispongo a salir es que Megan asome por la puerta para anunciarme que tengo una visita urgente.

El concepto de «urgente» en una consulta psicológica puede tener muchas interpretaciones y Megan y yo no siempre coincidimos en cuál es la correcta.

Sonríe de forma cínica y eso me descoloca. ¿Qué le ocurre?

Encuentro la respuesta cuando el rostro de Nolan aparece tras ella.

Vaya, esto sí que es una sorpresa. Nunca antes había venido a la consulta.

Me levanto para recibirlo, pero levanta las manos para indicarme que me detenga.

—He venido como paciente, doctora Stone —me dice con una seriedad impropia de él—. Tengo algo importante que contarle y quiero que me escuche. Quiero que me trate con el mismo protocolo que a un paciente.

No tengo muy claro qué pretende, pero ya me ha sorprendido otras veces con alguna salida inesperada. Así que decido seguirle el juego.

—Claro, señor Barrett, tome asiento. ¿O prefiere que le llame Nolan?

—¿Cuál es el protocolo para eso?

—Lo decide el paciente.

—Señor Barrett estará bien.

—Póngase cómodo, señor Barrett —le digo señalándole las butacas del centro de la consulta.

—Como si fuera un paciente de verdad... ¿De acuerdo? Es importante, doctora.

Admito que hay algo que me descoloca.

—Ha dicho que tenía algo importante que contarme... Adelante, señor Barrett, le escucho.

Se acomoda en la butaca y mira hacia el suelo con las manos entrelazadas. Tras unos segundos que solo consiguen confundirme, alza la mirada y muestra una pequeña sonrisa que desaparece rápidamente.

—Llevo un tiempo saliendo con alguien. Es una mujer maravillosa.

Pues no está mal el juego, aunque empieza a inquietarme lo mucho que se está tomando en serio su papel.

—¿Quiere hablarme de ella? Así voy conociéndola —le digo soltando una risa idiota.

Vaya. Yo creía que tenía su gracia, pero Nolan ni se ha inmutado.

—No. Bueno, sí. Es decir, ella es... una buena amiga.

Es divertida y siempre consigue hacerme reír.

Es inteligente, aunque también tiene muy mal genio.

A veces es muy impulsiva y dice cosas que no tiene que decir, pero es adorable.

Es psicóloga, aunque pasar consulta no es exactamente su vocación.

También trabaja para el departamento de policía; ahí es donde realmente disfruta.

Admito que me conoce bien, aunque empieza a recrearse más de la cuenta. No sé si pretende impresionarme o simplemente alargar el juego, pero esa descripción me parece innecesaria.

—Tengo miedo de perderla... La quiero en mi vida, pero sé que la voy a perder.

Por fin deja de describirme. Sigue sin sonreír y habla de perderme. ¡Ah! ¡Ah! Esto es raro.

—¿Qué le hace pensar que… la va a perder? —le pregunto intentando buscar su mirada, pero no lo consigo.

—Me he enamorado, doctora.

Vaya... No esperaba esa respuesta. Yo ni siquiera me había planteado nuestra relación en esos términos.

Hay algo en su mirada que ya no parece formar parte de ningún juego.

—¿Cree que la va a perder por enamorarse? —Decido seguirle el juego, aunque empiezo a inquietarme.

Se toma su tiempo. Esta vez sí me mira a los ojos y observo un brillo que nunca antes había visto.

—Me he enamorado de... otra persona.