12 #2
La clínica estaba cerrando cuando Eleanor salió. El aire del atardecer se había enfriado y traía sal de la ensenada.
Lila los acompañó hasta la puerta. —Marchaos. Yo cierro.
Daniel miró a Eleanor. —¿Quieres que te lleve a la posada?
—Prefiero caminar.
La mirada de él fue de la ruta directa por Harbor Street a la estrecha playa que bordeaba la ensenada.
—Despacio, entonces. Y tendrás compañía, si no te importa.
Ella iba a negarse, pero él ya caminaba a su lado.
Tomaron la ruta de la playa.
La marea estaba baja y había dejado arena húmeda y firme, salpicada de conchas y oscuras cintas de algas. Daniel caminaba sin ofrecerle el brazo ni preguntarle si estaba cansada. Sin más, adaptó su paso al de ella.
Durante un rato, ninguno habló.
—Estoy avergonzada —dijo Eleanor al fin.
—¿De qué?
—De todo esto. Que Grace saliera temprano de la iglesia. Que Judy trajera el almuerzo. El fondo de la clínica. Que Dorothy y Frances llegaran con lana como si las hubiera estado esperando.
Miró la arena que pasaba bajo sus zapatos.
—Llevo aquí menos de dos semanas, y ya la mitad del pueblo ha tenido que cuidar de mí.
—¿Tenido que?
—Sabes a qué me refiero.
—No estoy seguro de saberlo.
—Estoy agradecida. Pero estoy intentando... no sé qué estoy intentando hacer. Intenté dejar atrás mis errores, y lo único que parece que hago es cometer otros nuevos. Empieza a parecerme que David tenía razón sobre...
—No —dijo Daniel con suavidad—. No vayas ahí.
—¿Adónde?
—He estado ahí. Ese lugar oscuro donde todo lo que está mal se convierte en culpa tuya.
Ella guardó silencio, luego se permitió preguntar: —¿Cómo saliste?
—Día a día. Es una lucha que no termina del todo. Pero tener un propósito ayuda. Y confiar en la gente, cuando puedes.
—He intentado confiar. Solo me trajo decepciones.
Daniel caminó unos pasos antes de responder.
—Lo que estás viendo aquí no es como funcionaba la ayuda para ti en Boston. En una ciudad, la privacidad puede significar que nadie se fije en ti en absoluto. Aquí, la gente se fija y entiende que el resto te corresponde contarlo a ti, a tu ritmo.
El silencio se extendió entre ellos, ocupado solo por el rumor de las olas y los pasos. Un viento fresco agitó mechones sueltos del cabello de Eleanor.
—La ayuda cambia de manos rápido en un pueblo pequeño —continuó Daniel—. Esta semana, tú la estás recibiendo. El mes que viene, puede que seas tú quien lleve la cena o se siente con alguien en la clínica. Nadie se queda mucho tiempo en un solo lado.
—Eso es fácil de decir para el médico del pueblo. Tú siempre eres a quien todos llaman.
—No siempre.
Eleanor lo miró.
—Cuando me mudé aquí desde Portland y abrí la clínica, pensé que tenía que demostrar que podía manejarlo todo yo solo. Lighthouse Bay pasó meses corrigiéndome. Desde entonces, este pueblo me ha sostenido muchas veces, lo pidiera o no.
—¿Corrigiéndote?
—Oh, sí. —Casi sonrió—. Marjorie me puso en mi lugar más de una vez.
Se apartó el cabello de la frente. La alianza dorada captó la luz del atardecer.
—¿Tu esposa nació aquí?
—Nació y se crió aquí. Una verdadera chica de Lighthouse Bay. —Se quedó callado un momento, perdido en el recuerdo—. La conocí en Portland. Nos casamos allí, y cuando terminé la residencia, ella me trajo a casa, a Lighthouse Bay.
—Qué bonito.
—Cuando llegamos, la gente nos dejó comida en el porche durante dos semanas. Ella les dio las gracias a todos y les hizo hueco en el frigorífico. Yo no paraba de decir que estábamos bien.
—¿Qué dijo ella?
—Que la sopa se estaba enfriando.
Eleanor se rio.
—No le faltaba razón.
El recuerdo se tiñó de ternura. Eleanor no preguntó más. Sabía lo rápido que una pregunta inocente sobre un matrimonio podía volverse demasiado personal.
—No estoy acostumbrada a que me ayuden sin pasarme factura después.
Daniel no preguntó quién le había enseñado eso.
—Entonces no te obligues a confiar en todo de golpe. Deja que la gente te demuestre sus intenciones, poco a poco.
El faro se alzaba en lo alto de North Head, blanco contra el azul intenso del cielo del atardecer.
Eleanor se cambió la carpeta de brazo.
—¿La carretera sube hasta allí?
Daniel señaló hacia la cresta boscosa detrás del faro.
—Llega por el lado de tierra. Desde aquí no se ve.
—North Head parece más cerca desde el pueblo.
—El agua miente sobre la distancia.
—¿Y antes de que hubiera una carretera?
—Los suministros llegaban por un desembarcadero más bajo, en el lado protegido del promontorio. Había un cabrestante y un sendero del farero. Ahora casi todo está cerrado.
Eleanor estudió la pared de granito bajo el faro.
—No parece muy práctico.
—Thaddeus se quejó de ello durante cuarenta años.
Una ola más larga que las demás subió por la arena. Eleanor retrocedió y su hombro rozó el brazo de Daniel. Él le llevó la mano al codo un instante para sujetarla.
El contacto duró solo un momento.
—Todavía estás observando cómo camino.
—Un poco.
—¿Y contando mis respiraciones?
—Un poco.
—Pensé que los resultados te habían tranquilizado.
—Así fue.
—Pues no lo parece.
—Soy médico. Tenemos talento para arruinar paseos perfectamente agradables.
Eleanor lo miró.
—¿Esto es un paseo?
Los ojos de él se encontraron con los de ella.
—A menos que prefieras llamarlo observación médica.
—No.
Se volvió hacia el agua.
—Un paseo es mejor.
Siguieron caminando por la playa.