Los Leones de la Montaña CAPÍTULO XXXII
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CAPÍTULO XXXII

Palabras a través de los barrotes

Dos días después, el senador Marcus Felicius descendió a la prisión acompañado por un oficial y dos guardias. A diferencia de los visitantes curiosos que querían ver al hombre que había derrotado a Cornelius, no mostraba entusiasmo ni llevaba regalos.

Se detuvo ante la celda de Rafan y despidió al oficial con un gesto.

—¿Todos reciben buen trato?

Rafan se puso en pie.

—Mejor que muchos hombres encerrados en estos corredores. Tenemos agua, comida y mantas. Pero Adrian sigue desaparecido. Continúa separado de nosotros.

Felicius respiró profundamente.

—Adrian es el mayor problema.

Cléra se acercó a los barrotes, pero Liandra tomó su mano, indicándole en silencio que dejara a Rafan conducir la conversación.

—Lo demás podría resolverse —continuó el senador—. Tu familia tiene admiradores, tu esposa es ciudadana romana y tu victoria ha convertido cualquier castigo severo en algo políticamente peligroso. Pero protegiste al hijo de Decébalo durante una guerra contra Roma.

—Volvería a hacerlo.

—Sé que lo harías. Ese es el problema.

Rafan se acercó a los barrotes.

—Si el esposo de tu hija estuviera siendo perseguido, ¿lo entregarías a los hombres que pretendían matarlo?

Felicius permaneció en silencio. Miró a Cléra y después a sus hermanas.

—No —admitió—. Probablemente haría lo mismo que tú.

—Entonces comprendes mi decisión.

—Como padre, la comprendo. Como senador, no puedo absolverte. Eso corresponde a la justicia romana.

—¿A la justicia... o al emperador?

Felicius ignoró la pregunta.

—¿Ya tienes a alguien que te represente en la audiencia?

Rafan miró la celda vecina.

—Tengo al mayor orador de Roma.

Felicius frunció el ceño.

—¿Quién?

—Sacandro.

El bibliotecario se acercó a los barrotes. El senador se limitó a estudiarlo unos instantes. Después, parte de la severidad abandonó su expresión.

—Sacandro... Mi viejo amigo. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos?

—El tiempo suficiente para que tu cabello se vuelva gris y tu barriga aprenda a hablar antes que tú.

Felicius se llevó una mano al vientre.

—¿Todavía comienzas tus defensas insultando a quienes podrían ayudarte?

—Solo cuando creo que todavía son mis amigos.

El senador esbozó una sonrisa.

—Entonces imagino que ya has preparado una buena defensa para Rafan y su familia.

—La defensa está en mi memoria. Me faltan papiro, plumas, tinta y un público.

—Te proporcionaré los materiales. La audiencia se celebrará lo antes posible. Roma no puede dejar esta situación sin resolver.

Rafan apoyó las manos en los barrotes.

—¿Teméis que vuelva a entrar en la arena?

—Si pudieras presentarte al Senado en este momento, temo que serías elegido antes que muchos de nosotros.

—No tengo intención de gobernar Roma. Ya he tenido suficientes problemas intentando gobernar mi pequeño valle.

Felicius miró a los guardias y bajó la voz.

—Nos reunimos durante horas: senadores, magistrados y representantes del emperador. No habrá sentencias de muerte.

Cléra se llevó una mano al pecho. Melina soltó el aire que parecía haber contenido desde la llegada del senador.

—Ejecutaros sería trágico para vosotros y desastroso para nosotros —continuó Felicius—. Después de la arena, Roma convertiría a Rafan en un mártir. Sin embargo, si llegamos a un acuerdo antes de la audiencia, el juicio podría no ser más que una formalidad.

—Una sentencia escrita antes de escuchar al acusado —observó Sacandro.

—No finjas sorpresa. Conoces Roma mejor que muchos romanos.

—Conocer una injusticia no me obliga a respetarla.

Felicius se volvió hacia Rafan.

—Nuestros soldados todavía no han encontrado los depósitos.

—¿Qué depósitos?

—No nos hagas perder el tiempo. El oro confiado a los Leones por Roma, los dacios y otros pueblos desapareció antes de que tomaran el castillo. Los documentos fueron destruidos en el incendio y nadie ha revelado dónde está el tesoro.

—Quizá vuestros soldados no buscaron bien.

—Buscaron hasta arrancar piedras de los muros.

—Espero que las hayan vuelto a colocar.

Felicius acercó el rostro a los barrotes.

—No revelarás la ubicación hasta recibir una sentencia justa.

Lo entendemos. A cambio, los depósitos quedarán fuera de la audiencia.

Ningún senador preguntará ante el pueblo dónde está el oro y no se os acusará de haberlo robado.

Después de la sentencia, negociaremos discretamente la devolución de lo que pertenece a Roma.

—¿Y lo que pertenece a los dacios, a los pueblos germánicos y a todos los demás?

—Permanecerá bajo vuestra responsabilidad hasta que sus legítimos propietarios puedan reclamarlo.

—Si todavía está intacto —añadió Sacandro.

Felicius le dirigió una mirada suspicaz.

—¿Está intacto?

Rafan permaneció en silencio.

—Tomaré eso como una respuesta. Entonces, ¿tenemos un acuerdo?

—Siempre que Adrian forme parte de él.

Felicius miró a Cléra.

—El príncipe dacio responderá por sus propios cargos.

—Adrian forma parte de mi familia. No habrá acuerdo sin él.

El senador recorrió varios pasos por el corredor, reflexionando.

—Haré lo que pueda para incluirlo, pero no puedo prometer su absolución. El nombre de Decébalo todavía despierta demasiado odio en Roma.

—No pedí su absolución. Pedí una sentencia justa y que permanezca con vida.

—Llevaré tu condición a los demás.

Felicius se dispuso a marcharse, pero Rafan aún tenía una pregunta.

—¿Y mi pueblo?

—Los habitantes del valle están siendo tratados como súbditos de Roma.

No ha habido ejecuciones masivas. Sin la presencia del rey y sin confianza en los caminos, sin embargo, los mercaderes están evitando la región.

Algunos toman desvíos, mientras otros recurren al contrabando.

Nuestros soldados confiscan la carga, los comerciantes se resisten y cada incautación provoca nuevos problemas.

Rafan casi sonrió.

—Por eso queréis una solución rápida.

—Rápida, discreta y sin dolor —confirmó Felicius—. Para vosotros y, sobre todo, para Roma.

El senador se acercó y susurró varias palabras al oído de Rafan. Liandra intentó leer la expresión de su esposo, pero él no reveló nada.

Felicius se apartó y subió las escaleras. Antes de desaparecer, se volvió como si hubiera olvidado un detalle insignificante.

—Ah, Rafan... Felicitaciones por tu victoria.

El rey inclinó la cabeza.

Felicius se aseguró de que ningún oficial estuviera escuchando.

—Yo le habría cortado la cabeza a ese bastardo.

Sin esperar respuesta, reanudó la subida.

Liandra esperó hasta que los pasos se desvanecieron.

—¿Qué te susurró?

—Que Cornelius ya está intentando impedir el acuerdo.

Sacandro aferró los barrotes.

—Entonces la audiencia no será una simple formalidad.

—Todavía no —respondió Rafan—. Pero ahora sabemos quién quiere que sigamos vivos.

Aquella tarde, Marcius apareció en las celdas superiores llevando una cesta con comidas. No miró directamente a Cléra. Repartió los cuencos, se quejó del peso de los cubos y discutió con otro guardia sobre la cantidad de pan asignada a los prisioneros.

Cuando llegó a la celda de la familia real, dejó discretamente que una manzana rodara bajo los barrotes.

Cléra advirtió el gesto y la recogió antes de que alguien pudiera verlo.

—Yo no la envié —murmuró Marcius—. Nunca estuve aquí y no conozco a ningún príncipe dacio.

Continuó por el corredor antes de que ella pudiera responder.

Parte de la piel de la fruta había sido cuidadosamente arañada. Cléra la acercó a la luz y reconoció unas palabras sencillas que Adrian le había enseñado en su lengua materna.

Adrian ama a Cléra.

Apretó la manzana contra el pecho. Hasta entonces solo había recibido un mensaje transmitido por otra persona. Ahora sostenía algo escrito por la propia mano de su esposo: la prueba de que estaba vivo, consciente y pensando en ella.

—Fue él —dijo, casi sin voz.

Liandra se acercó.

—¿Estás segura?

Cléra le mostró las marcas.

—Está escrito en dacio. «Adrian ama a Cléra».

Su sonrisa apareció antes que las lágrimas.

—Gracias —susurró, aunque Marcius ya estaba lejos.

Melina miró por encima del hombro de su hermana.

—Es una declaración muy hermosa.

—Es lo más precioso que poseo.

—Aun así, sigue siendo una manzana.

Cléra protegió la fruta con ambas manos.

—No voy a comérmela.

—¿Piensas conservarla para siempre?

—Todo el tiempo que pueda.

Melina miró a Lóra en busca de apoyo.

—Alguien tiene que explicarle qué ocurre con la fruta después de unos días.

—Sé lo que ocurre —respondió Cléra.

—Entonces sabes que esta declaración de amor empezará a oler.

Lóra reprimió una risa.

—Podemos leer el mensaje y después comernos la manzana —sugirió Melina—. Tú lees. Yo como.

—No vas a tocarla.

—Solo el lado sin letras.

—¡Melina!

—Estoy intentando salvar el mensaje. Si retiramos la parte donde está escrito, podemos conservar la piel.

—Solo quieres comerte mi manzana.

—Nuestra manzana. Compartimos la celda, las cadenas y el pan. No veo por qué el romance debería ser propiedad privada.

Lóra acabó riendo.

—Quizá Adrian debería haber escrito: «Adrian ama a Cléra, pero la manzana es para Melina».

—Habría sido un mensaje más completo —coincidió Melina.

Cléra intentó mantener la seriedad, pero fracasó. Abrazó la fruta y rio con sus hermanas.

—Melina tiene razón —dijo Liandra—. Podemos retirar la parte con las palabras, dejar secar la piel y compartir el resto.

—¿Incluso tú? —protestó Cléra.

—La mitad será tuya.

—Abuso de autoridad —murmuró Melina.

Con el pequeño cuchillo utilizado para repartir el pan, Liandra retiró cuidadosamente el trozo de piel en el que Adrian había escrito. Cléra lo guardó entre los pliegues de su ropa. Después dividió la manzana entre las tres hermanas.

Melina mordió su pedazo y cerró los ojos.

—El amor dacio es delicioso.

—Eres imposible —dijo Cléra.

—Y tú vuelves a sonreír.

Cléra no respondió. Aquella noche mantuvo la piel escrita cerca del corazón. Ya no tenía que preguntarse si Adrian pensaba en ella. Sostenía la respuesta escrita por su propia mano.