CAPÍTULO XXXI #4
Y así, una tarde, apareció un hombre elegantemente vestido. Llevaba una túnica de tela fina, sandalias bien confeccionadas y varios anillos. Dos sirvientes lo acompañaban mientras un oficial de la prisión le abría paso.
El hombre se detuvo ante la celda y examinó a Rafan como quien evalúa un caballo antes de comprarlo.
—Rey Rafan, vi tu combate.
—Entonces ya sabes que tengo poco talento para obedecer las reglas de una arena.
El visitante sonrió.
—Al contrario. Posees exactamente lo que las arenas necesitan: fuerza, inteligencia y una historia que el pueblo desea seguir.
Liandra cruzó los brazos.
—Mi esposo no está en venta.
—Todavía no, mi reina. Pero si es condenado y pierde la condición de hombre libre, podrá ser vendido. Dependiendo de la decisión del emperador, quizá lo compre antes que otro lanista.
—¿Y qué harías conmigo? —preguntó Rafan.
—Convertiría al Rey León en el mayor gladiador de Roma. Tendrías entrenadores, buena comida, médicos y una celda más cómoda. Lucharías únicamente en los mayores espectáculos. Tu imagen aparecería en pinturas y pequeñas estatuas vendidas por toda la ciudad.
—Hasta que alguien consiguiera matarme.
—Todos los hombres mueren. Pocos enriquecen a quien administra su fama antes de que eso ocurra.
Rafan casi sonrió ante la sinceridad del hombre.
—Gracias por la invitación, pero ya tengo una profesión.
—¿Rey de un territorio ocupado?
—Esposo de esa mujer —respondió Rafan, señalando a Liandra—. Ya es una profesión bastante peligrosa para un solo hombre.
Melina rio. Incluso algunos guardias apartaron el rostro para ocultar su diversión.
El lanista comprendió que aquel día no lograría convencerlo.
—Considera mi oferta. Si tus circunstancias cambian, también puedo ofrecer protección a tu familia.
—Mi familia no formará parte de ningún trato.
El hombre hizo una señal a sus sirvientes para que lo siguieran. Cuando estaba a punto de abandonar el corredor, oyó una carcajada procedente de otra celda.
—¡El noble caballero ha venido por el gatito de la jaula! —anunció una voz—. Pero cuidado: ese gato tiene buen ojo para las damas y ya ha demostrado que tiene garras.
El lanista se detuvo. En la celda, un hombre que aún llevaba restos de un colorido disfraz estaba sentado contra la pared con una sonrisa insolente.
—Te conozco —dijo el visitante—. Eres el payaso que presentó a los gladiadores en la arena.
Parasitus se llevó una mano al pecho, profundamente ofendido.
—Los payasos son los políticos y las autoridades de este imperio. Yo soy simplemente un noble romano que se atrevió a desafiar las hojas de los gladiadores.
—Si no recuerdo mal, pasaste la mayor parte del tiempo huyendo de ellas.
—Esa era la parte más difícil. Los gladiadores sabían hacia dónde corrían. Yo tenía que descubrir de dónde vendría la siguiente espada.
El lanista se acercó a los barrotes.
—¿Te gustaría trabajar en mis espectáculos?
Parasitus entrecerró los ojos.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Necesitas un socio comercial o alguien que sirva de blanco para el lanzador de cuchillos?
El hombre estalló en carcajadas.
—Necesito un presentador. Alguien capaz de hacer reír a la multitud entre los combates y que sepa convertir a hombres comunes en leyendas antes de que entren en la arena. Puedo pagar tu fianza y contratar tus servicios. Serás libre, si eso es lo que deseas.
—«Trabajar por mi propia voluntad» es una frase elegante para alguien que todavía necesita comer. ¿Recibiré un salario?
—Y alojamiento.
—¿Una parte de las ganancias?
—Una pequeña parte.
Parasitus extendió la mano entre los barrotes.
—Sácame de esta celda y aceptaré llamar héroes a tus carniceros, guerreros a tus condenados e inversiones a tus apuestas. Pero no mentiré sobre la belleza de los gladiadores. El arte tiene sus límites.
El hombre estrechó su mano.
—Tenemos un acuerdo.
—Todavía no. Tenemos una promesa hecha ante un rey, una reina, tres princesas y varios guardias chismosos. Es mucho más difícil romperla.
Mientras el lanista se alejaba para hablar con el funcionario de la prisión, Parasitus miró a Rafan.
—¿Veis, Majestad? Tuvisteis que derrotar a un general para recibir una oferta de trabajo. Yo solo tuve que hacer un buen chiste.
—Ten cuidado con ese hombre —advirtió Rafan.
—Me mantendré muy cerca de él. Así será más fácil descubrir sus secretos.
Liandra vio que, detrás de la sonrisa y las bromas, Parasitus ya estaba planeando algo.
Aquella noche, cada prisionero encontró un motivo diferente para resistir.
Cléra volvió a meditar, ahora segura de que Adrian seguía vivo.
En los calabozos, él terminó la segunda manzana y se ejercitó hasta que le temblaron las piernas.
Lóra cerró los ojos y reconstruyó el valle de memoria.
Melina comenzó a componer los primeros versos sobre el escudo de los reyes.
Liandra permaneció despierta, contando aliados y amenazas en cada rostro que aparecía ante los barrotes.
Rafan escuchó las voces de la prisión, la risa de Parasitus y a los guardias repitiendo su historia por los corredores.
Roma había creído que la arena quebraría a los Leones.
Sin darse cuenta, Roma les había dado historias, amigos y esperanza.
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