Los Leones de la Montaña CAPÍTULO XXXI
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CAPÍTULO XXXI

El escudo de los reyes

Antes de que las trompetas anunciaran el comienzo del duelo, Cornelius levantó una mano.

Un soldado entró llevando un gran escudo redondo cubierto por una tela oscura. En el centro de la arena retiró la cubierta y reveló el rostro de un león moldeado en relieve.

Liandra se llevó una mano a la boca.

Las princesas reconocieron el escudo de los reyes.

Había sido tomado del castillo durante el saqueo.

Alrededor de la cabeza del león se entrelazaban, como una melena, mechones de las barbas del padre de Rafan y de los antiguos Reyes León.

Cada uno conservaba la memoria de un gobernante.

Para los romanos no parecían más que cabellos envejecidos sujetos a un objeto ceremonial.

Para el pueblo de las montañas, llevaban consigo la memoria de sus reyes.

Cornelius tomó el escudo de manos del soldado.

Durante la ocupación del castillo había examinado su cara decorada y concluido que servía para ceremonias reales.

Su peso excesivo y la boca abierta del león le parecieron exageraciones de artesanos bárbaros.

No había advertido las dos empuñaduras interiores, construidas para permitir una rotación repentina, ni comprendido por qué los dientes del león estaban hechos de acero.

—Te he traído algo para que no te sientas tan lejos de tu reino.

Lo arrojó a los pies de Rafan.

El escudo cayó sobre la arena con el rostro hacia arriba. Parte de la multitud rio, creyendo que Cornelius había arrojado una reliquia inútil ante el rey como quien lanza un hueso a un animal derrotado.

Rafan no reaccionó a la provocación.

Se inclinó y pasó la mano sobre la melena formada por las barbas de sus antepasados. Después introdujo el brazo en las empuñaduras y sintió que el mecanismo respondía al movimiento de su muñeca.

El escudo de los reyes nunca había sido fabricado únicamente para proteger.

Su madera gruesa podía resistir golpes de espadas y lanzas, pero la verdadera arma estaba en la cabeza del león.

La boca de acero podía recibir una hoja entre sus dientes y atraparla cuando el portador giraba las empuñaduras interiores.

El mismo movimiento que aprisionaba la espada torcía la muñeca y el brazo del atacante.

En los estrechos pasos de montaña, donde dos ejércitos no podían maniobrar con libertad, aquel mecanismo había desarmado a más de un enemigo.

El emblema también era un arma de guerra.

Cornelius solo había visto un adorno.

Rafan alzó el escudo y lo miró.

—Gracias por devolverlo.

Entonces clavó su propia espada en la arena.

Un murmullo recorrió las gradas. Cornelius interpretó el gesto como miedo o rendición. Rafan, sin embargo, se volvió hacia el palco imperial e inclinó la cabeza ante Trajano, los senadores y los representantes extranjeros.

Después tomó posición llevando únicamente el escudo.

—¿Luchará sin espada? —preguntó un senador.

Trajano no respondió. Sus ojos estaban fijos en el león.

Sonaron las trompetas.

Cornelius atacó de inmediato. Golpeó hacia abajo, apuntando al hombro de Rafan. El rey inclinó el escudo y desvió la hoja, pero el impacto recorrió su brazo y alcanzó sus antiguas heridas.

Cornelius atacó de nuevo.

Rafan retrocedió.

La espada golpeó el borde del escudo y arrancó una astilla de madera. Cornelius giró el cuerpo e intentó alcanzar las piernas de su adversario. Rafan retrocedió justo a tiempo y sintió cómo la punta rasgaba el borde inferior de su túnica.

La multitud aplaudió al romano.

—Esperaba más del famoso Rey León —se burló Cornelius.

Rafan no respondió.

Cornelius avanzó con una sucesión de golpes. Rafan bloqueó el primero, desvió el segundo y recibió el tercero directamente en el centro del escudo. La fuerza lo empujó hacia atrás. Su talón se hundió en la arena y tuvo que apoyar una rodilla en el suelo para no caer.

Liandra sujetó la mano de Melina. Lóra permaneció inmóvil, pero su respiración perdió el ritmo. Cléra no apartó los ojos de su padre.

Cornelius abrió los brazos hacia la multitud.

—¿Este es el hombre ante quien os arrodillasteis en las montañas?

Algunos soldados rieron. Otros permanecieron en silencio, observando la forma en que Rafan volvía a ponerse en pie.

El brazo izquierdo del rey ardía. Podría haber sacado su espada de la arena, pero no lo hizo. Volvió a sujetar el escudo con ambas empuñaduras y respiró.

Ling le había enseñado a no luchar contra la fuerza de un río. Quien intentaba detenerlo de frente era arrastrado. Quien comprendía su dirección podía desviarlo.

Cornelius cargó una vez más.

Rafan giró hacia un lado. La espada raspó el rostro del león con un sonido metálico. El rey golpeó el pecho del romano con el borde del escudo, no con fuerza suficiente para herirlo, pero sí para romper su equilibrio.

Cornelius tropezó y oyó risas en las gradas.

La ira alteró su postura. Sus siguientes ataques se volvieron más rápidos y menos cuidadosos. Con cada golpe, Rafan cedía un paso, obligándolo a desplazarse por la pesada arena. El romano seguía siendo más fuerte, pero había comenzado a respirar por la boca.

Rafan economizaba cada movimiento.

El combate ya no parecía una ejecución. Los aplausos se apagaron, sustituidos por la atención de miles de personas que intentaban comprender por qué el rey se negaba a utilizar su espada.

Cornelius comprendió que lo estaban llevando de un lado a otro.

—¡Lucha conmigo!

Lanzó un tajo lateral hacia la cabeza de Rafan. El rey se agachó y la hoja pasó sobre su cabello. Cornelius intentó corregir el movimiento con una estocada. Rafan protegió el pecho, pero el impacto lo derribó de espaldas.

El escudo cubrió su cuerpo cuando la espada descendió otra vez.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Cada golpe resonó por el anfiteatro. Rafan soportó el peso tras la madera. En el cuarto intento, rodó hacia un lado y se levantó antes de que Cornelius pudiera recuperar la hoja.

El general ya no sonreía.

El sudor corría bajo su casco. Su capa roja estaba cubierta de arena. La multitud que debía presenciar su victoria seguía ahora cada una de las defensas de Rafan.

—¿Cuánto tiempo piensas esconderte detrás de ese animal muerto? —gritó.

Rafan pasó los dedos por la melena de los reyes.

—Hasta que el animal vivo se canse.

Las gradas respondieron con risas y aplausos dispersos.

Cornelius perdió lo que le quedaba de cautela.

Corrió con la espada apuntando directamente al pecho de su adversario. Quería atravesar el escudo, derribar a Rafan y poner fin de una vez al espectáculo que ya no obedecía sus deseos.

Rafan permaneció inmóvil.

Esperó.

Por un instante, pareció estar de nuevo ante Ling, sosteniendo cuencos de agua mientras su maestro le enseñaba a no moverse antes del momento necesario.

Un hombre que atacaba con ira revelaba el golpe antes de ejecutarlo.

Cuando Cornelius alcanzó la distancia adecuada, Rafan giró el cuerpo y alzó el rostro del león.

La espada entró en la boca abierta.

Los dientes de acero atraparon la hoja.

Cornelius intentó liberarla, pero Rafan ya estaba girando las empuñaduras. El arma atrapada torció la muñeca del romano y obligó a todo su brazo a seguir el movimiento.

Se oyó un chasquido seco.

Cornelius gritó. La espada se le escapó de la mano. Su hombro se dislocó y cayó sobre la arena, sujetándose el brazo inutilizado.

El anfiteatro quedó en silencio.

Rafan permaneció detrás del escudo durante varios instantes, respirando. Le dolía el brazo, tenía la espalda cubierta de arena y un corte superficial marcaba su pierna. La victoria no había parecido fácil porque no lo había sido.

Podría haber golpeado a Cornelius con el borde del escudo. Podría haber recogido la espada caída y terminado el combate.

No hizo ninguna de las dos cosas.

Caminó hacia el arma que había dejado clavada en el suelo.

La espada había pertenecido a su padre. Durante años había permanecido clavada en el jardín del castillo como recuerdo de un hombre que había partido. Rafan solo la había retirado cuando comprendió que la guerra alcanzaría el Reino de los Leones.

Ante ella, se arrodilló.

Durante un breve instante, la arena desapareció. No había romanos, senadores ni miles de espectadores. Rafan volvió a sentirse en el jardín de su infancia, ante su padre.

Acercó los labios a la empuñadura y susurró:

—Me alegra que estés aquí para ayudarme. Gracias por la vida gloriosa que me diste.

Sujetó la espada y la extrajo de la arena.

La hoja brilló bajo el sol.

Uno de los jefes germánicos se puso en pie. Después de él, varios soldados y ciudadanos hicieron lo mismo. Otros permanecieron sentados, inseguros de si debían aplaudir la derrota de un general romano. Trajano siguió en su lugar, inclinado hacia delante, observando cada movimiento de Rafan.

Nadie pidió la muerte de Cornelius.

Rafan caminó hacia él.

El comandante intentó levantarse, pero el dolor lo hizo caer de nuevo. Tenía el rostro cubierto de sudor y arena. Su armadura pulida ya no parecía magnífica.

Rafan apoyó la punta de la espada contra el pecho de Cornelius.

—Arrodíllate.

Cornelius miró hacia Trajano, esperando una orden que lo librara de la humillación. El emperador permaneció inmóvil.

—Arrodíllate —repitió Rafan.

Con dificultad, Cornelius apoyó la mano en el suelo. Gimió mientras bajaba primero una rodilla a la arena y después la otra.

El comandante del Danubio se arrodilló ante el rey al que había pretendido ejecutar.

Rafan colocó ante él el escudo de los Leones. Miró la boca abierta del león y, por un instante, deseó obligar a Cornelius a besarla. Imaginó la satisfacción de la multitud, la vergüenza en el rostro del romano y la venganza por todo lo que había hecho a su familia.

Alzó la espada.

Cornelius cerró los ojos.

Rafan apoyó suavemente la parte plana de la hoja sobre su cabeza.

—Podría obligarte a besar el emblema de aquellos a quienes llamaste bárbaros —dijo—. Si te negaras, podría cortarte la cabeza ante las mismas personas que trajiste aquí para presenciar mi humillación.

Cornelius respiraba con dificultad.