CAPÍTULO XXIX
El rey y el bufón
Durante las horas siguientes, el miedo permaneció dentro de la celda como un prisionero más.
Liandra no intentó ocultárselo a su esposo. Conocía el valor de Rafan, pero también sabía que aquel combate no había sido organizado para ser justo. Cornelius era más joven, había comandado tropas en el Danubio y tendría a su disposición las mejores armas de Roma.
—No quieren un duelo —murmuró—. Quieren una ejecución disfrazada de espectáculo.
Las princesas también estaban asustadas. Lóra mantenía los ojos fijos en la pared. Melina respiraba profundamente, luchando contra las ganas de llorar. Cléra apretaba las manos contra el vestido.
Ninguna de ellas, sin embargo, ofreció a los guardias la reacción que esperaban.
Antes de la arena, los Leones recurrieron a la práctica más antigua que Ling les había dejado.
Rafan cerró los ojos. Por unos instantes, la multitud, Cornelius y la hoja que lo esperaba dejaron de ocupar sus pensamientos.
Cuando volvió a abrirlos, seguía sintiendo miedo, pero había conservado la fuerza que necesitaría.
Mientras los Leones meditaban, Roma celebraba su victoria sobre Dacia.
La cabeza de Decébalo había sido llevada a la ciudad como trofeo y exhibida ante el pueblo. Una multitud se reunió para insultarla y arrojarle piedras. Hombres que jamás habían pisado Dacia maldecían a un rey al que nunca habían conocido.
En plazas y tabernas, todo el pueblo dacio era descrito como salvaje, traicionero y hostil a la civilización. Pocos recordaban que Roma había cruzado sus fronteras, incendiado aldeas y tomado sus minas. La victoria de los conquistadores ya comenzaba a escribirse como una defensa necesaria.
También se preparaba la procesión de la humillación. La corte dacia sería exhibida junto a guerreros heridos, mujeres, ancianos y niños arrancados de su tierra. Armas rotas, objetos sagrados y riquezas saqueadas los seguirían como prueba de la grandeza romana.
Los organizadores decidieron separar las exhibiciones. Los dacios marcharían primero. Los Leones quedarían para después del duelo, cuando Cornelius pretendía atravesar Roma como vencedor y arrastrar tras de sí a la familia del rey muerto.
Quería algo más que derrotar a Rafan. Quería borrar lo que el rey representaba.
Sin embargo, el plan produjo una consecuencia que Cornelius no había previsto.
Los romanos adoraban los juegos de la arena. Disfrutaban del choque de las armas, del rugido de las fieras y de la incertidumbre que precedía a cada golpe. Un gladiador anónimo podía ofrecer unos minutos de diversión; un rey enfrentándose a un general podía alimentar conversaciones durante semanas.
En pocos días, Rafan dejó de ser simplemente un prisionero. Se convirtió en una celebridad dentro de la prisión.
Su nombre atravesó los barrotes, recorrió los alojamientos de los soldados y llegó a las tabernas.
Se contaban historias sobre el Rey León, algunas verdaderas y otras inventadas.
Decían que había derrotado a bárbaros sin desenvainar la espada, enfrentado bestias en las montañas y aprendido técnicas de un misterioso maestro oriental.
Cuanto menos sabían los romanos, mayor se volvía la leyenda.
Comenzaron las apuestas. Cornelius era el favorito, pero muchos soldados apostaron sus monedas por Rafan. No porque necesariamente quisieran que venciera, sino porque recibirían mucho más si el rey extranjero derrotaba al comandante del Danubio.
Los guardias que antes les entregaban restos endurecidos comenzaron a llevar pan fresco, queso, fruta, carne y vino diluido.
Rafan recibió una manta limpia, una palangana para lavarse y permiso para caminar por el corredor.
Un médico examinó sus antiguas cicatrices y trató las heridas sufridas durante su captura.
El cambio alcanzó también a su familia. Liandra y las princesas comenzaron a recibir mejores comidas. A Sacandro le dieron una lámpara de aceite y trozos de pergamino. Los guardias dejaron de empujar los cuencos bajo los barrotes; ahora los entregaban con cuidado.
No era compasión. Roma estaba protegiendo su espectáculo.
—Come, Rey León —aconsejó un guardia—. Aposté dos meses de paga por ti.
Otro golpeó los barrotes.
—Golpea a Cornelius en la rodilla. Lo hirieron allí durante una campaña.
—Cállate —lo reprendió su compañero—. Si el general descubre que estás ayudando a su adversario, te enviará a la arena después de él.
—En ese caso, espero que gane el Rey León.
Cléra observaba todo aquello sin poder compartir el breve alivio de la familia. Todavía no había recibido ninguna noticia de Adrian.
Después de llegar a Roma, su esposo había sido separado de los demás y llevado a los calabozos más oscuros de la prisión. Desde entonces, nadie le había dicho dónde estaba, por qué se lo habían llevado ni si seguía vivo.
Había preguntado por él durante los primeros días. Los guardias respondían con risas, silencio o amenazas. Uno afirmó no haber oído jamás aquel nombre. Otro dijo que Roma no llevaba registros de bárbaros muertos. Cléra comprendió que insistir solo mostraría a los carceleros dónde podían herirla.
Así que dejó de preguntar. Al menos delante de ellos.
Por las noches, mientras la familia intentaba descansar, buscaba a Adrian en sus recuerdos. Recordaba sus conversaciones en la biblioteca, los entrenamientos con Ling, el té amargo y la forma en que él sonreía cada vez que creía haber ganado una discusión.
El silencio de los calabozos era peor que cualquier respuesta.
Cléra imaginaba a Adrian solo y herido. Se preguntaba si tenía agua o comida, y si él también intentaba respirar como Ling les había enseñado.
Su mayor temor no era que hubiera muerto, sino que siguiera vivo y creyera que ella lo había abandonado.
Aun así, no lloraba delante de su familia. Liandra ya cargaba con el miedo de perder a Rafan. Lóra y Melina luchaban por dominar su propio terror. Si Cléra permitía que su angustia se desbordara, se extendería por toda la celda.
Cléra decidió que no permitiría que su angustia se extendiera por la celda.
Cada vez que alguien mencionaba a Adrian, respondía con una convicción que no siempre sentía:
—Está vivo. Adrian sabe resistir.
Rafan percibió el esfuerzo oculto en aquellas palabras. Una noche tomó la mano de su hija.
—No tienes que ocultarme tu dolor.
—Si empiezo a pensar en lo que pueden estar haciéndole, no podré detenerme.
—No tienes que sostenernos a todos tú sola.
Cléra respiró profundamente.
—Mamá tiene miedo de perderte. Mis hermanas también están asustadas. No puedo arrojar otra sombra sobre esta celda.
—Adrian conoce la fuerza que encontraste. Dondequiera que esté, la recordará.
Cléra cerró los ojos e imaginó a Adrian en algún lugar bajo aquellas piedras.
Una lágrima descendió silenciosamente por su rostro. Se la secó antes de que sus hermanas lo notaran.
—Está vivo —repitió.
Esta vez habló como si, en algún lugar bajo aquellas piedras, Adrian pudiera sentir que ella todavía creía en él.
Poco después llegaron dos organizadores de los juegos acompañados por guardias y un escriba. Llevaban túnicas cuidadosamente arregladas y pequeñas tablillas cubiertas de anotaciones. No parecían interesados en juicios, guerras ni política. Su única preocupación era el espectáculo.
Rafan fue llevado a una sala cercana a las celdas.
—El duelo entre un rey bárbaro y el comandante de las fuerzas del Danubio ha despertado un enorme interés —explicó uno de ellos—. Toda Roma habla de tu nombre.
—Imagino que Cornelius está complacido.
—Un combate como este exige una presentación digna. Los nombres, títulos y hazañas deben anunciarse antes de que entren los combatientes. Cornelius tendrá a un oficial para presentar sus victorias. Tú puedes elegir a alguien de confianza.
—Elegid a cualquiera.
Los organizadores intercambiaron miradas decepcionadas.
—Piénsalo bien. Roma está de celebración. El pueblo ha pagado para ver sangre, valor y gloria. Dales un espectáculo.
La palabra permaneció en la mente de Rafan.
—¿A los romanos les gusta el circo?
Los hombres sonrieron.
—Roma vive para él.
—¿Les gusta reír?
—Casi tanto como ver morir a los hombres.
Rafan apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces quiero a Parasitus.
—¿El prisionero insolente?
—¿El que no puede permanecer callado ni siquiera durante un interrogatorio?
—Ese mismo. Y vestidlo para el papel. Colores llamativos, un sombrero ridículo y todo lo que Roma espera de un bufón.
Los organizadores comenzaron a ver las posibilidades. Un rey extranjero entrando mientras un bufón hacía su presentación sería algo nuevo. El pueblo reiría. Los niños repetirían sus palabras por las calles. Los vendedores podrían copiar el disfraz.
—Nunca hemos hecho esto —comentó uno de ellos.
—Precisamente por eso lo haréis.
Cuando Rafan regresó a su celda, Parasitus lo esperaba cerca de los barrotes.
—Oí mi nombre. Normalmente eso significa tortura, ejecución o una deuda antigua.
—Me presentarás en la arena.
Parasitus parpadeó.
—Había cientos de opciones mejores.
—Ninguna capaz de hablar tanto.
—¿Qué quieres que diga?
Rafan se acercó.
—La verdad.
—¿Toda?
—Solo la parte que Roma necesita oír.
Parasitus miró a los guardias y bajó la voz:
—Cornelius tendrá soldados, senadores y la protección del emperador. Tú tendrás a un hombre vestido con ropas ridículas.
—Tendré la atención de la multitud. Y tú sabes mejor que nadie qué hacer con ella.
La sonrisa del bufón desapareció. Ahora comprendía. El duelo comenzaría antes de que entregaran las armas. Comenzaría cuando alguien dirigiera las primeras palabras al pueblo.
—Van a vestirme de bufón.
—Fue exigencia mía.
—¿Por qué?
—Porque los poderosos permiten que un bufón diga cosas por las que condenarían a un hombre serio.
Aquella tarde, Parasitus fue llevado para probarse el disfraz. Eligieron una túnica de colores estridentes, sandalias enormes y un sombrero puntiagudo que hizo rugir de risa a los guardias.
Parasitus los dejó reír.
Los romanos creían que estaban vistiendo a un payaso.
Rafan sabía que estaban armando al hombre más peligroso de su corte.
No le darían una espada. Le darían algo mucho más poderoso.
La voz de Roma.
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