CAPÍTULO XXVI #2
No sería tan imprudente como para declarar sus intenciones mientras ella estuviera de luto. Comenzaría con respeto: una carta de condolencias, preguntas por su salud y, más adelante, conversaciones sobre música y poesía.
Entonces recordó los manuscritos de Cicerón que había prometido enviar años atrás.
Mandó llamar a un ayudante.
—Busca buenas copias de los discursos de Cicerón.
—¿Para vuestros estudios, general?
—Para una princesa.
Titus comprendió de inmediato.
—Cléra acaba de perder al hombre que amaba.
—Y no pienso faltar al respeto a su luto.
—¿Simplemente piensas esperar a que termine?
Cornelius sonrió.
—Todo luto termina.
—Algunos se convierten en memoria.
—Los recuerdos no compiten por matrimonios.
Titus no respondió. Observó a Cornelius abandonar la sala y permaneció frente a las tablillas.
La posibilidad de que Sacandro estuviera implicado en el intercambio de información lo inquietaba, pero su antigua amistad no podía interferir con sus deberes como comandante romano.
—Seguid trabajando —ordenó a los eruditos—. Quiero conocer el significado de cada número, palabra y símbolo.
—Eso puede llevar semanas.
—Entonces dormid menos.
Titus mandó llamar al responsable de la prisión.
—Aumentad la vigilancia sobre Parasitus. Ese hombre parece un bufón, pero es inteligente, observador y excepcionalmente elocuente. No dejéis que el vino, los chistes o su aspecto desaliñado os engañen.
—¿Creéis que intentará escapar?
—Si hay una puerta, intentará abrirla. Si no la hay, convencerá a alguien para que construya una.
—Nadie hablará con él sin autorización.
—Y nadie aceptará dinero para liberarlo. Registrad los nombres de todos los que pregunten por él, intenten visitarlo u ofrezcan pagar los daños.
Después de que el carcelero se marchara, Titus dirigió de nuevo la mirada a las tablillas.
Sacandro había enseñado que la lealtad sin preguntas no era una virtud, sino una cómoda forma de ceguera. Ahora aquella lección obligaba a Titus a investigar a su propio maestro.
—Descubrid qué está ocultando.
Uno de los eruditos señaló hacia el corredor por el que Parasitus había desaparecido.
—¿Cuál de los dos?
Titus estudió la puerta cerrada.
—Ambos.
Semanas después, una pequeña caja romana llegó al valle de los Leones.
Contenía copias cuidadosamente protegidas de los discursos de Cicerón, acompañadas de una carta con el sello de Cornelius. Cléra reconoció el nombre antes de romper el sello. Adrian estaba a su lado.
—Por fin envió los manuscritos —dijo Cléra.
—¿Después de cuántos años?
Había ligereza en las palabras de Adrian, pero no en sus ojos.
Cléra abrió la carta. Cornelius comenzaba ofreciendo sus condolencias por la muerte del príncipe. Escribía que ninguna palabra podía sustituir la presencia de un hombre amado, pero esperaba que la sabiduría de Cicerón pudiera acompañarla durante el luto.
Más adelante anunciaba que sería condecorado por su papel en la victoria sobre Dacia. Describía la campaña como una demostración de la disciplina y la superioridad de Roma. Terminaba diciendo que, después de la ceremonia, deseaba regresar al valle y volver a verla.
Adrian extendió la mano.
—¿Puedo leerla?
Cléra le entregó la carta. Su expresión cambió al llegar al pasaje sobre la condecoración.
—Ofrece sus condolencias por mi muerte y, en la misma carta, celebra la victoria sobre mi pueblo.
—Cornelius siempre ha creído que sus logros son más importantes que el sufrimiento de los demás.
—Y ahora ha vuelto a cortejarte.
—Eso no significa que yo haya aceptado.
—Deseabas estos manuscritos desde hace mucho tiempo.
Cléra cerró la caja.
—Quería las palabras de Cicerón. No al hombre que las envió.
—Aun así, recordó su promesa.
—No la recordó. Esperó hasta creer que estabas muerto.
Adrian guardó silencio. Sabía que Cléra lo amaba, pero no podía reprimir la incomodidad de imaginar a Cornelius eligiendo regalos y planeando ocupar el lugar que creía vacío.
—Quizá deberías devolverlo todo.
—Una viuda agradecida puede aceptar libros. Una mujer casada en secreto con un príncipe supuestamente muerto no puede mostrar repugnancia sin despertar sospechas.
—¿Entonces seguirás respondiendo a sus cartas?
Cléra se levantó.
—Responderé solo lo necesario para protegerte a ti, a mi familia y a este reino.
—Seguirá creyendo que puede conquistarte.
—Cornelius cree que puede conquistarlo todo.
Los celos volvieron a hablar antes que la razón:
—Hubo un tiempo en que esperabas sus cartas.
Cléra se apartó de la mesa.
—Hubo un tiempo en que no lo conocía como lo conozco ahora.
La dureza abandonó su voz, sustituida por algo más doloroso.
—Crees que cuando miro estos manuscritos recuerdo las promesas de Cornelius. Yo recuerdo a mi padre arrodillado ante él.
Adrian bajó la mirada.
—Cornelius apuntó el águila romana hacia mi padre y lo obligó a apoyar ambas rodillas en el suelo. Después me miró para asegurarse de que yo estuviera observando. Ningún poema, regalo ni disculpa podría borrar jamás aquello.
—Cléra...
—Puedes sentir celos. Pero no puedes imaginar que mi silencio ante Cornelius sea afecto. Mi silencio te mantiene vivo.
Adrian dejó la carta sobre la mesa.
—Perdóname. Por un momento solo vi a un general romano enviando regalos a mi esposa. Olvidé lo que te cuesta representar este papel.
—Y yo olvidé que debes permanecer oculto mientras él celebra la derrota de tu padre.
Permanecieron separados por la mesa. El amor seguía allí, pero no borraba la ira, el miedo ni la inseguridad.
Adrian fue el primero en acortar la distancia.
—No devuelvas los manuscritos. Sería injusto castigar a Cicerón por la arrogancia de Cornelius.
Cléra intentó mantener la seriedad, pero acabó sonriendo.
—¿Sigues celoso?
—Mucho.
—Bien. Eso significa que sigues vivo.
—No para Cornelius.
—Entonces procura no morir de celos. Nos resultaría difícil explicar una segunda muerte.
Esta vez ambos rieron. El desacuerdo no desapareció como si nunca hubiera ocurrido, pero terminó con algo más importante que el acuerdo: comprensión.
Cléra guardó la carta entre los documentos que algún día podrían utilizarse contra Cornelius. Los discursos de Cicerón fueron llevados a la biblioteca.
Aceptaría los libros.
Jamás aceptaría al hombre que había obligado a su padre a arrodillarse.
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