Los Leones de la Montaña CAPÍTULO XXV
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CAPÍTULO XXV

El duelo y la tablilla

Las palomas llegaron antes del amanecer.

Llevaban pequeñas notas sujetas a las patas, escritas por observadores dispersos a lo largo de los caminos de Dacia. Todas repetían la misma noticia: Cornelius y Titus marchaban hacia el valle con un destacamento romano.

Cléra reconoció los nombres y sintió que el corazón se le encogía. Llevó los mensajes a su padre, que convocó de inmediato a Sacandro y a los comandantes Bertus y Lindus a una reunión dentro del castillo. Adrian también asistió, pero permaneció alejado de las ventanas.

Rafan extendió las notas sobre la mesa.

—Todavía no sabemos cuál es el propósito de los romanos. Quizá estén regresando a Roma. Aun así, pasarán por aquí para intimidarnos.

Lindus estuvo de acuerdo. Sacandro se quedó pensativo. Bertus, sin embargo, negó con la cabeza.

—No marcharían con tantos hombres solo para exhibir sus águilas. Vienen por suministros.

Rafan se volvió hacia él.

—¿Qué han descubierto nuestros hombres?

—Las fuerzas romanas están siendo redistribuidas. Ya se habla de una reacción dacia dentro del territorio ocupado. Si los rumores son ciertos, Cornelius necesitará grano, animales y vino para mantener a sus soldados en movimiento.

Rafan respiró profundamente.

—Preparad provisiones. Si exigen algo, debemos tener algo que ofrecer.

Adrian dio un paso al frente.

—¿Pretendes alimentar a los enemigos de mi padre?

Lindus sostuvo su mirada sin hostilidad.

—¿Conoce el noble príncipe otra forma de impedir que los romanos busquen personalmente lo que quieren?

—Llevad los animales lejos del camino. Dividid el grano entre almacenes más pequeños y dejad a la vista solo lo suficiente para satisfacerlos. Si encuentran abundancia, se llevarán todo. Si no encuentran nada, registrarán cada casa.

Bertus cruzó los brazos.

—Eso se acerca peligrosamente a una estrategia de tierra arrasada.

—No propongo que quememos nuestra propia comida —respondió Adrian—. El valle todavía se está recuperando del invierno. Solo quiero que Roma ignore cuánto poseemos realmente.

Rafan estudió el mapa en silencio.

—Pareceremos más pobres de lo que somos sin condenar a nuestro pueblo al hambre.

Sacandro observó a Adrian con interés.

—¿Te enseñó eso tu padre?

—Los romanos. Lo aprendí observando lo que hacen cuando encuentran un almacén lleno.

Los comandantes recibieron órdenes de llevar el ganado a terrenos más altos, dividir las reservas y mantener cerradas las cámaras subterráneas. Antes de que abandonaran la sala, Adrian volvió a hablar:

—Hay otra razón para esta visita.

Todos lo miraron.

—Salí de Dacia disfrazado. Mis padres dijeron a los romanos que me había alistado y que probablemente había muerto en los combates. Cornelius nunca encontró mi cuerpo. Puede que venga por Cléra.

Rafan apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Para intentar acercarse de nuevo a ella?

—O para descubrir por su reacción si sabemos que estoy vivo.

Cléra comprendió antes que los demás.

—Pretende anunciar la muerte de mi marido sin saber que nos casamos.

—Cornelius ha demostrado ser posesivo —dijo Rafan—. Y también vengativo.

El rey levantó la cabeza. Su expresión ya no mostraba preocupación, sino determinación.

—Si desea sorprendernos con la muerte de Adrian, encontrará a una familia que ya ha recibido la noticia.

Aquella tarde, Cléra se vistió de luto.

Liandra arregló el cabello de su hija y retiró de su cuello cualquier joya que pudiera parecer festiva. Finalmente cubrió los hombros de Cléra con una capa oscura.

—No intentes parecer completamente destrozada —aconsejó su madre—. Un dolor exagerado despierta tanta sospecha como su ausencia.

—¿Cómo puedo fingir que mi marido está muerto cuando se encuentra escondido a solo unos corredores de distancia?

—No necesitas fingir todo el dolor. Piensa en lo que hará Cornelius si descubre la verdad.

Cléra cerró los ojos. Imaginó a su padre arrodillándose otra vez, a su familia encadenada y a Adrian llevado por soldados romanos. Fue suficiente para que brotaran las lágrimas.

Desde la torre, Lucas divisó el destacamento e hizo sonar las trompetas. Los soldados de los Leones ocuparon sus posiciones, pero mantuvieron las armas bajas. El águila de Roma fue colocada sobre la puerta, como exigían los antiguos tratados.

Adrian fue llevado a una de las cámaras interiores. Desde allí podía oír parte de lo que sucedía en el patio, pero no podía acercarse a Cléra ni siquiera si ella gritaba.

Cornelius entró en el castillo esperando sorpresa, confusión e incredulidad. En cambio, encontró a Rafan, Liandra y las tres princesas esperándolo. Cléra vestía de negro y tenía los ojos enrojecidos.

Por un instante, el general perdió su seguridad.

Rafan dio un paso al frente para recibirlo.

—Soldados que atravesaban el valle nos informaron de que el príncipe Adrian murió en batalla.

Cornelius observó a Cléra. Ella bajó la mirada y apretó la capa entre los dedos.

—Deseaba traer personalmente esta noticia —respondió—. Aceptad mis condolencias, princesa.

—Gracias, general.

La voz de Cléra vaciló. No porque creyera que su marido estaba muerto, sino porque comprendió que Cornelius deseaba que lo estuviera.

Él esperaba que la princesa preguntara por el cuerpo, por los últimos momentos de Adrian o por el lugar donde había caído. Cléra, sin embargo, guardó silencio. Liandra mantuvo una mano sobre su hombro.

Cornelius interpretó el silencio como agotamiento. El dolor ante él era verdadero y, como deseaba desesperadamente creer en su propia victoria, no buscó ninguna otra causa.

Después de ofrecer sus condolencias, se volvió hacia Rafan.

—Necesitaremos provisiones antes de continuar.

—El invierno devastó nuestras reservas —respondió el rey—. Los precios siguen altos, los animales han sido llevados a pastos lejanos y parte del grano fue distribuida entre las aldeas. Solo podemos ofrecer una cantidad limitada.

Cornelius culpó a los dacios de la escasez y aseguró que Roma restauraría el orden. Rafan no discutió. Le dio lo suficiente para evitar un registro y demasiado poco para despertar la codicia.

Antes de partir, el general pidió visitar la biblioteca.

Caminó entre los estantes como un hombre que admiraba el conocimiento, aunque sus ojos buscaban otra cosa. Se detuvo ante la mesa donde, durante su visita anterior, había visto una pequeña tablilla cubierta de signos incomprensibles.

—¿Todavía conservas aquella tablilla con las extrañas inscripciones? —preguntó a Sacandro.

El erudito sacó el objeto de entre una pila de registros.

—¿Esto? Es una obra de arte.

—Parecía escritura.

—Melina pensaba lo mismo cuando era niña. Hizo estas marcas y me la regaló. Afirmaba que había escrito un mensaje en latín. ¿Puedes creerlo?

Melina, llamada para confirmar la historia, se acercó a la mesa.

—Creía que cualquier marca se convertía en latín si se hacía con suficiente seriedad.

A Rafan y Liandra se les escaparon leves sonrisas. Cornelius examinó las marcas, pero solo encontró líneas confusas y manchas antiguas.

Titus también sonrió. Conocía la inteligencia de su antiguo maestro y le pareció curioso que Sacandro hubiera conservado durante tantos años la travesura de una niña, pero no vio razón para contradecirlo.

Cornelius devolvió la tablilla.

La explicación era sencilla, casi ridícula, pero encajaba con la imaginación de una niña. Sobre todo, el luto de Cléra había disipado sus últimas dudas: Adrian estaba muerto.

El destacamento romano abandonó el valle poco después.

Cornelius cabalgaba con la satisfacción de un hombre que regresaba de una campaña victoriosa. Dacia estaba sometida, Decébalo permanecía bajo vigilancia y el príncipe capaz de reunir la resistencia había desaparecido en una tumba sin nombre.

Cléra estaba de luto. Para Cornelius, su dolor era simplemente un puente hasta que volviera a verlo como pretendiente.

Dentro del castillo, Cléra esperó hasta que los últimos soldados desaparecieron antes de quitarse la capa oscura.

Adrian salió de la cámara donde se había ocultado, pero ella no corrió inmediatamente a abrazarlo.

Todavía sentía el peso de la facilidad con la que Cornelius había hablado de su muerte.

—Quería que fuera verdad —dijo.

—Y creyó que lo era —respondió Adrian.

Cléra acabó abrazándolo.

—Durante unos instantes tuve que imaginar que te había perdido.

—Estoy aquí.

—Por eso pude soportarlo.

La mentira parecía haber protegido a la pareja. Sin embargo, dos días después, en el camino a Roma, una rueda rota obligó a una pequeña caravana de mercaderes a detenerse ante el destacamento romano.

Los soldados registraron las cargas en busca de armas, mensajes dacios o mercancías robadas. Encontraron seda, tintes, aceite de oliva y pequeños objetos procedentes de las rutas orientales. Nada parecía importante hasta que un legionario sacó una tablilla de madera de una bolsa.

—General, mirad esto.

Cornelius tomó el objeto. La madera, el acabado de los bordes y las manchas casi invisibles se parecían a los de la pieza que Sacandro había atribuido a Melina.

—¿Dónde obtuvisteis esta tablilla?

—Un hombre me la dio en una posada —respondió el mercader—. Dijo que debía llevarla a Roma.

—¿A quién?

El mercader vaciló.

—A un artista llamado Lucius Parasitus.

Titus desmontó y pidió examinar el objeto. No había ningún mensaje legible, solo marcas dispersas que parecían hechas sin propósito.

Cornelius recordó la serenidad de Sacandro y la historia de la niña que creía estar escribiendo en latín.

Por primera vez desde que abandonó el valle, su certeza vaciló. No sobre la muerte de Adrian —el sufrimiento de Cléra lo había convencido—, sino sobre la explicación que había recibido en la biblioteca.

—Confiscad la tablilla —ordenó—. Será examinada en Roma.

Titus observó cómo el objeto desaparecía dentro de una bolsa militar. Conocía la inteligencia de su antiguo maestro y sabía que Sacandro rara vez conservaba algo sin motivo.

Cornelius todavía creía que Adrian estaba muerto.

Pero ya no creía la historia de la niña que escribía en latín.

La pequeña tablilla continuó hacia Roma, custodiada como un secreto de Estado.

Ninguno de ellos imaginaba que, al intentar descubrir los secretos de los Leones, acabarían exponiendo los de la propia Roma.

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