Los Leones de la Montaña CAPÍTULO XXIV
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CAPÍTULO XXIV

Un matrimonio sin reino

Los primeros informes de rendición llegaron de forma fragmentaria. Una fortaleza había depuesto las armas. Otra había permitido la entrada de soldados romanos dentro de sus murallas. Caminos, almacenes y talleres eran ahora inspeccionados por hombres que no hablaban la lengua de aquellas montañas.

Roma proclamó terminada la guerra. Dacia conservaría a su rey, pero bajo las condiciones impuestas por el vencedor. Decébalo todavía llevaba la corona, pero ya no podía mover soldados, reconstruir fortalezas ni recibir aliados sin atraer la vigilancia romana.

Dentro del castillo de los Leones, Adrian leía las pequeñas notas enviadas por sus padres.

Decébalo y Anna estaban vivos, pero vivían como exiliados dentro de su propia residencia.

Conservaban los aposentos reales y eran atendidos por los mismos sirvientes, pero no podían abandonar la fortaleza ni visitar a su hijo.

En la última nota, Anna había escrito únicamente que ninguna madre debería necesitar el permiso de un extranjero para abrazar a su propio hijo.

Cléra encontró a Adrian junto a la ventana de la biblioteca. Sostenía el mensaje abierto entre las manos, aunque ya conocía cada palabra.

—No podrán venir —dijo Adrian.

Cléra no intentó ofrecer esperanza donde no la había.

—Entonces esperaremos.

—¿Hasta cuándo? Roma puede vigilar a mis padres durante años. Y si regreso, dejaré de ser un hijo para convertirme en rehén.

La miró.

—No quiero que nuestra vida comience escondiéndonos.

—Nuestra vida ya ha comenzado —respondió Cléra—. Por eso cruzaste el Camino de los Cuervos.

Aquella noche, Liandra reunió a Rafan y Sacandro. No podían convocar cortes, anunciar alianzas ni recibir a la familia dacia. Una ceremonia pública revelaría la presencia de Adrian y convertiría el valle en refugio declarado de un heredero al que Roma buscaba.

Aun así, mantenerlos indefinidamente entre una promesa y una despedida sería otra forma de crueldad.

—Se eligieron el uno al otro antes de elegir reinos —dijo Liandra—. No permitiré que Roma decida cuánto tiempo deben esperar.

Rafan guardó silencio. No le gustaba imaginar a su hija casándose sin música, sin el pueblo reunido y sin los padres de Adrian. Pero le desagradaba aún más la idea de que el miedo gobernara a su familia.

—Si hacemos esto —advirtió—, será más que un matrimonio. Adrian es el heredero de Decébalo. Yo no tengo hijos varones, así que mi sucesión también pasa por mis hijas. Esta unión puede acercar a dos pueblos y colocar a ambos bajo la misma amenaza.

—La amenaza ya está ante nuestras puertas —respondió Liandra—. El matrimonio simplemente dará un nombre a lo que sienten.

Rafan miró a Sacandro.

—¿Y qué dicen los protocolos?

—Que los protocolos existen para proteger a las personas —respondió el viejo erudito—. Cuando comienzan a impedir la vida, se convierten únicamente en cadenas bien redactadas.

La ceremonia tuvo lugar la noche siguiente en la casa sin paredes.

No hubo estandartes, procesiones ni invitados extranjeros.

Lóra y Melina recogieron flores que habían resistido el frío y las esparcieron alrededor del fuego.

Sacandro llevó los registros familiares, pero dejó en blanco la página que algún día recibiría la confirmación pública de la unión.

Bertus y Lindus permanecieron cerca, más como testigos que como comandantes.

Sobre una pequeña mesa, Liandra colocó un cuenco con sal del valle y un puñado de tierra dacia que Adrian había llevado durante su huida.

—La sal conserva aquello que no deseamos perder —explicó—. La tierra nos recuerda de dónde venimos. Una familia necesita ambas cosas: memoria para no deshacerse y raíces para saber dónde permanecer.

Rafan condujo a Cléra hasta Adrian. Por un instante no vio a la joven ante la llama, sino a la niña que corría por los corredores del castillo haciendo preguntas que ningún rey estaba preparado para responder.

Adrian tomó sus manos.

—No puedo ofrecerte una corte, un reino seguro ni la presencia de mis padres.

—Mejor así —respondió Cléra, conteniendo una sonrisa—. No acepté casarme con una corte.

Sus hermanas rieron suavemente. Incluso a Rafan se le escapó una breve sonrisa.

Adrian respiró profundamente.

—Puedo ofrecerte la verdad. Mientras viva, ninguna corona valdrá más que el respeto que siento por ti. Cuando tenga miedo, no lo ocultaré bajo el orgullo. Cuando discrepemos, escucharé antes de levantar la voz. Y si perdemos todos los caminos, buscaré otro a tu lado.

Cléra sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—No prometo una vida sin miedo —dijo—. Prometo no dejar que el miedo elija por nosotros.

No prometo estar siempre de acuerdo contigo, porque mi madre me enseñó que el respeto no nace del silencio.

Prometo seguir siendo tu compañera en los días llenos de música y también cuando no quede nada salvo la llama de esta casa.

Sacandro unió sus manos sobre el cuenco de sal. Rafan y Liandra les dieron su bendición. La autorización de Decébalo y Anna, escrita en una de las notas secretas, fue leída en voz baja.

Cuando Cléra y Adrian se besaron, no hubo aplausos de una multitud. Solo estuvieron el crepitar de la llama, las lágrimas de dos hermanas y el abrazo de una familia que comprendía el precio de aquel momento.

Antes de dejarlos, Rafan señaló a Adrian.

—Los besos ya no son robados. Aun así, preferiría no encontrarlos por los corredores.

Liandra tomó a su marido del brazo.

—Ven, Rey León. Algunas batallas no requieren tu vigilancia.

Sin embargo, su alegría duró menos de lo que cualquiera de ellos habría deseado.

En Dacia, Cornelius examinaba listas de muertos, prisioneros y desaparecidos. El nombre de Adrian no figuraba en ninguna. Decébalo y Anna sostenían que su hijo se había alistado y probablemente había caído en batalla, pero no había cuerpo, espada ni testigo que confirmara su versión.

—Un príncipe vivo puede reunir a hombres que un rey derrotado ya no consigue convocar —dijo Cornelius.

Titus comprendía el razonamiento militar, pero también percibía algo más personal oculto tras aquellas palabras.

—Las legiones están distribuidas entre las fortalezas. Nuestro deber es hacer cumplir las condiciones de la rendición.

—Y eso es precisamente lo que haremos. Vamos al valle de los Leones.

—¿Por qué?

Cornelius enrolló las listas con calma.

—Para decirle personalmente a Cléra que Adrian está muerto.

Titus lo miró fijamente.

—No sabemos que esté muerto.

—Ella tampoco. Si nos cree, veremos su dolor. Si ya sabe que vive, veremos su vacilación.

—Eso no es diplomacia. Es crueldad.

—Es una investigación.

Titus comprendió que no podía impedir el viaje. Decidió acompañar a Cornelius para defender los tratados e impedir que convirtiera una sospecha personal en una agresión contra los Leones.

La columna romana que se dirigía al valle era lo bastante grande para intimidar, pero no representaba todas las fuerzas de Roma.

Las legiones principales permanecerían en Dacia, ocupando caminos y fortalezas.

Aun así, la partida de dos comandantes obligaría a los romanos a redistribuir hombres y reducir la vigilancia en ciertos pasos.

La noticia llegó a Decébalo antes del anochecer.

Él y Anna conservaban los aposentos reales, pero vivían rodeados de centinelas romanos. La corona seguía sobre la mesa; el poder, no. Incluso los mensajeros eran registrados, y cada reunión tenía que parecer menos importante de lo que realmente era.

Por una ruta que Roma todavía no había descubierto, también supieron que Adrian estaba protegido por los Leones y se había casado con Cléra.

Anna apretó la nota contra el pecho.

—Nuestro hijo se casó sin que pudiéramos abrazarlo.

—No estuvimos en la boda —respondió Decébalo—. Pero está vivo. En este momento, eso vale más que cualquier ceremonia.

Un viejo comandante dacio abrió un mapa sobre la mesa. La partida de Cornelius y Titus no dejaría Dacia indefensa, pero crearía una breve debilidad en los pasos orientales.

—Si actuamos con rapidez, podemos recuperar dos fortalezas antes de que reorganicen las guarniciones —dijo.

Anna se volvió hacia su marido.

—Roma ya nos derrotó una vez.

—Roma nos obligó a arrodillarnos —respondió Decébalo—. Eso no significa que nos haya enseñado a permanecer de rodillas.

—¿Y Adrian? Si te rebelas, dejará de ser simplemente un príncipe desaparecido. Se convertirá en el heredero de un rey enemigo, oculto dentro del reino que lo protege.

Decébalo apoyó una mano sobre la empuñadura de la espada que los romanos le permitían conservar únicamente como símbolo.

—Si no lucho, heredará una Dacia encadenada.

—Y si luchas, quizá no quede ninguna Dacia para que la herede.

Fuera, los soldados romanos cambiaban la guardia sobre las murallas de Dacia. Dentro del castillo, los viejos comandantes comenzaron a señalar fortalezas y pasos en el mapa.

Decébalo todavía no había declarado una nueva guerra. Aquella noche, sin embargo, mandó llamar a los hombres que permanecían leales a la antigua corona.

Mientras Cornelius viajaba hacia el valle en busca de un príncipe vivo al que pretendía declarar muerto, el rey de Dacia comenzaba a despertar una guerra que Roma creía terminada.

Para Cléra y Adrian, su primera noche como marido y mujer sería también la última antes de que la mentira llamara a las puertas.

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