CAPÍTULO XXIII
El camino de los cuervos
Antes de que Adrian abandonara Dacia, varias palomas llegaron al valle casi al mismo tiempo.
Las aves aparecieron sobre las murallas por la mañana, exhaustas, con las plumas sucias y ralas por el frío. Algunas aterrizaron sobre el tejado del palomar; otras tuvieron que ser recogidas por los cuidadores.
Todas llevaban el sello de la casa real dacia.
El cuidador de los palomares mandó llamar a Cléra.
Cuando vio las aves, la princesa se llevó las manos a la boca.
—¿Llegaron juntas?
—Probablemente fueron liberadas en días diferentes —explicó el cuidador—. El invierno debió de obligarlas a buscar refugio durante el trayecto. Con el deshielo reanudaron el vuelo.
Varias notas estaban sujetas a las pequeñas anillas.
Las manos de Cléra comenzaron a temblar. Las lágrimas llenaron sus ojos antes incluso de reconocer la letra.
Era la de Adrian.
Retiró cuidadosamente cada mensaje y los apretó contra el pecho.
—¿Queréis que mande llamar al rey?
—Todavía no.
Cléra recorrió apresuradamente los corredores, casi corriendo. Llevó las notas a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella para recuperar el aliento.
Durante meses se había preguntado si Adrian estaba vivo.
Ahora sostenía las respuestas entre sus manos.
Ordenó los pequeños rollos según las marcas que el príncipe había dejado. Algunos estaban arrugados; otros, manchados por la humedad. Habían sido escritos en distintos momentos del invierno.
El primer mensaje decía que el frío había llegado antes de que concluyeran los preparativos de la boda. Decébalo había cerrado los caminos, pero Adrian todavía pretendía regresar cuando llegara la primavera.
En el segundo confesaba que no sabía si las aves conseguirían cruzar las montañas:
Espero que el silencio no te haga creer que te he olvidado.
Cléra cerró los ojos.
Otra nota traía noticias de su familia:
Perdimos animales y parte de nuestras reservas, pero estamos vivos. Pienso en el valle cada noche. Incluso echo de menos el té de Ling, lo que demuestra que la añoranza puede producir enfermedades extrañas.
Cléra rio entre lágrimas.
—Tonto...
Los mensajes siguientes eran más inquietantes. Adrian informaba sobre movimientos romanos, la compra de animales y la concentración de suministros. Pedía a Cléra que no enviara a nadie por tierra.
Encontró por fin una nota escrita después de que una de sus cartas hubiera llegado a Dacia:
Me enteré del invierno, de los aldeanos acogidos y de los hornos construidos por Sacandro. Saber que estabas viva fue el primer momento de paz que sentí en muchos meses.
No te culpes por mi silencio. Intenté comunicarme contigo durante todo el invierno. Las aves no pudieron atravesar las tormentas.
Cléra llevó el rollo a sus labios.
Quedaba un último mensaje:
Cléra,
Nuestros hombres en Roma han confirmado la partida de las legiones. Cuando veamos a las tropas avanzar hacia Dacia, mi familia cancelará el viaje al valle.
Mis padres han decidido que debo partir solo.
No seguiré el camino principal. Viajaré sin estandartes ni símbolo alguno de la casa real. Para todos los que encuentre, seré simplemente un mercader.
Mi llegada no puede ser anunciada. No enviéis guardias a recibirme.
Si los romanos descubren que los Leones protegen a un príncipe dacio, pondrán al reino en peligro. Sé que mi presencia también pondrá en riesgo a tu familia.
Aun así, voy.
No porque quiera huir de la guerra.
Voy porque mi padre me ordenó preservar la continuidad de Dacia y porque hice una promesa ante vuestras puertas.
Si los caminos y los dioses lo permiten, nos veremos pronto.
Adrian.
Cléra releyó las últimas líneas varias veces.
Durante meses había imaginado a Adrian herido, encarcelado o muerto. Incluso había escrito en su diario pidiéndole que no viniera.
Ahora sabía que estaba vivo.
Y venía hacia ella.
◆
Cléra encontró a Rafan en la sala de audiencias con Liandra y Sacandro.
Entró sin anunciarse, todavía sin aliento.
—Adrian está vivo.
Liandra se levantó de inmediato.
—¿Recibiste un mensaje?
—Varios. Las palomas llegaron juntas después del deshielo.
Cléra entregó las notas a su padre. Cuando Rafan llegó al último mensaje, su expresión se volvió grave.
—Adrian viene al valle —explicó su hija—. Viajará como mercader, sin estandartes ni escolta real.
—¿Por qué camino? —preguntó Liandra.
—No lo dijo. Solo que no utilizaría el camino principal.
Sacandro llegó a una conclusión:
—Probablemente Decébalo lo enviará por algún paso conocido por contrabandistas. Un grupo pequeño puede atravesar lugares por los que las legiones no pueden pasar.
Cléra se acercó más a su padre.
—Debemos esconderlo dentro del castillo.
—Si Roma descubre que estamos protegiendo al heredero dacio, dejarán de considerarnos neutrales.
—Y si no lo protegemos, será capturado.
—Quizá todavía podamos pedirle que regrese.
—La última carta puede haber sido escrita hace muchos días. Tal vez ya esté en las montañas.
Rafan se volvió hacia Sacandro.
—¿Pueden los romanos entrar en el castillo?
—No sin romper públicamente los tratados y amenazar las fortunas guardadas en las cámaras. Eso ofrece protección, no una garantía.
Cléra sostuvo la mirada de su padre.
—Adrian no viene con un ejército. Viene solo, como huésped y como el hombre prometido a tu hija.
Rafan miró a Liandra.
—¿Qué piensas?
—Pienso que, si le negamos la entrada, Cléra cruzará las montañas para encontrarlo.
—Yo no haría eso —protestó la princesa.
Liandra y Sacandro respondieron al mismo tiempo:
—Lo harías.
Rafan devolvió las notas a su hija.
—Cuando Adrian atraviese nuestras puertas, estará bajo la protección de los Leones. No habrá trompetas, estandartes ni ceremonia. Para todos los que estén fuera de esta sala, recibiremos únicamente a un joven mercader.
Mandó llamar a Bertus y Lindus.
—En cuanto aparezcan tres mercaderes por las laderas del norte, llevad un carro de pieles. El joven debe entrar oculto por la puerta de los porteadores.
—¿Y si los romanos están vigilando? —preguntó Bertus.
—Entonces verán a los comandantes de los Leones ayudando a mercaderes heridos.
◆
Mientras el valle esperaba, Adrian seguía un antiguo paso casi olvidado, conocido entre contrabandistas, ladrones y hombres que no deseaban ser encontrados.
Lo llamaban el Camino de los Cuervos.
El sendero atravesaba desfiladeros estrechos, bosques densos y laderas donde los caballos apenas podían mantener el equilibrio.
No había puentes, señales ni refugios. En algunos lugares, los viajeros tenían que desmontar y llevar a los animales de las riendas, pegando el cuerpo a la roca para no caer al abismo.
Las patrullas romanas evitaban aquella región. Un grupo pequeño podía cruzarla; una unidad militar, no.
Adrian viajaba sin joyas ni símbolos de la casa real. Vestía como un mercader y llevaba una espada corta oculta bajo la capa.
Lo acompañaban dos guardias de confianza y un viejo contrabandista que conocía cada recodo.
—Nunca imaginé que un príncipe utilizaría mi camino —comentó el guía.
—Ni yo imaginé que dependería de un ladrón para seguir con vida.
—Contrabandista.
—¿Hay alguna diferencia?
—Un ladrón toma lo que pertenece a otro hombre. Yo simplemente transporto mercancías que los reyes han decidido prohibir.
Adrian casi sonrió.
—Sacandro disfrutaría discutiendo contigo.
—Entonces espero no conocerlo nunca.
Viajaban de noche y descansaban en cuevas durante el día. Evitaban encender fuego para que el humo no delatara su posición. Dos veces observaron patrullas romanas en los caminos inferiores.
Adrian contempló los estandartes que avanzaban hacia Dacia y sintió culpa por viajar en dirección contraria.
—Mi pueblo está allí.
Uno de los guardias respondió:
—Y seguirá siendo vuestro pueblo cuando esta guerra termine.
Adrian había recibido una orden directa de Decébalo. Debía llegar al Reino de los Leones, preservar la alianza y permanecer libre si la familia real era capturada.
Sin embargo, obedecer se parecía demasiado a huir.
En la última noche, una lluvia fría volvió resbaladizas las piedras. Uno de los caballos perdió el equilibrio y estuvo a punto de precipitarse por la ladera. Adrian intentó sujetarlo, se cortó las manos con las riendas y cayó contra las rocas.
Llegó al final del paso con el rostro sucio, la ropa desgarrada y sangre seca en los dedos.
A lo lejos, por fin vio las murallas.
Ningún estandarte anunciaba su llegada.
El príncipe que debía haber regresado para una boda se acercaba como un fugitivo.
◆
Lucas vio al pequeño grupo descender por la ladera.
No hizo sonar las trompetas.
Bajó de la torre y buscó a Bertus y Lindus.
—Tres hombres vienen por el camino del norte. No llevan estandartes.
Los comandantes prepararon cuatro guardias sin uniforme y un carro de pieles.
Se encontraron con los viajeros antes de que llegaran a las primeras casas. El viejo guía se tocó discretamente el pecho, repitiendo la señal acordada por los enviados de los Leones. Bertus respondió del mismo modo.
Nadie se inclinó.
—Llegáis tarde —dijo Lindus.
Adrian bajó parcialmente la capucha.
—El camino que utilizan los mercaderes honrados estaba ocupado.
—Entonces elegisteis el camino correcto.
El viejo contrabandista sonrió.
—He entregado al mercader. Ahora quiero que me paguen antes de que decida regresar por algo que olvidó.
Lindus le entregó una pequeña bolsa.
—No habéis visto a ningún príncipe.
—Nunca veo gente importante. Suelen traer problemas.
Los caballos fueron atados detrás del carro. Adrian y los guardias se ocultaron bajo las pieles, mientras Bertus y Lindus adoptaban la apariencia de mercaderes que regresaban de una inspección.
El carro entró en el valle sin llamar la atención y atravesó la puerta de los porteadores.
En cuanto cruzó las murallas, las puertas se cerraron.
Rafan, Liandra, Sacandro y las princesas esperaban en un almacén interior.
Cléra vio bajar a Adrian.
Por un instante olvidó todas las instrucciones de su madre. Corrió hacia él y lo abrazó con tanta fuerza que Adrian sintió las heridas de su espalda.
No se quejó.
Simplemente cerró los brazos alrededor de ella.
—Estás vivo —repitió Cléra.
—Prometí que regresaría.
—También prometiste llegar en primavera.
—Técnicamente, todavía es primavera.
Ella se apartó lo suficiente para observar su rostro.
—Estás herido.
—El camino no ha recibido el mantenimiento adecuado.
Cléra rio y lloró al mismo tiempo.
Liandra les permitió permanecer abrazados unos instantes antes de preguntar si alguien los había seguido.
—Ninguna patrulla apareció detrás de ellos —respondió Bertus.
Rafan abrazó a Adrian, no como un rey que recibía a un príncipe extranjero, sino como un hombre que daba la bienvenida a alguien a quien había comenzado a considerar parte de su familia.
—¿Tus padres?
La alegría desapareció del rostro del joven.
—Se quedaron en Dacia.
Adrian les contó que las legiones habían cruzado las fronteras. Las aldeas cercanas a las rutas romanas estaban siendo abandonadas, se destruían puentes para frenar el avance y las familias buscaban refugio en las montañas.
—Mi padre cree que puede hacer que cada paso le cueste caro a Roma. No se enfrentará a todas las legiones en campo abierto.
—¿Cree que puede vencer? —preguntó Melina.
Adrian tardó un momento en responder.
—Cree que puede hacerlos sangrar lo suficiente para que acepten negociar.
Sacandro bajó la mirada. No era lo mismo que creer en la victoria.
◆
Rafan estableció las reglas para ocultar a Adrian. Para los sirvientes sería un mercader herido. No podía caminar por el valle, aparecer en las murallas ni enviar mensajes sin que Sacandro los examinara.
—No deseo poner a los Leones en peligro —dijo Adrian.
—Ese riesgo debería haberse considerado antes de que cruzaras el Camino de los Cuervos.
—Fue considerado.
—Y viniste a pesar de ello.
Adrian miró a Cléra.
—Sí.
—¿Tus padres saben que llegaste? —preguntó Liandra.
—Todavía no.
—Encontraremos una forma segura de informarles.
—Mi madre me pidió que no intentara regresar. Mi padre me ordenó preservar la continuidad de Dacia.
—Entonces obedécelo —dijo Rafan—. Permanecer vivo también puede ser una forma de servir a tu pueblo.
Adrian no parecía convencido.
Cléra tomó su mano.
—No tienes que tratar tu propia supervivencia como motivo de vergüenza.
—Mis soldados se quedaron atrás para luchar.
—Porque esa era su misión. La tuya era diferente.
Sacandro interrumpió:
—El debate matrimonial puede continuar cuando no haya un contrabandista esperando que le paguen dentro de mi castillo.
El viejo guía levantó una mano.
—Por fin alguien se acordó de mí.
Rafan pagó la suma acordada y proporcionó comida para el viaje de regreso. El guía abandonó el castillo antes del anochecer, oculto entre una caravana que se dirigía al norte.
Para el valle, solo tres mercaderes desconocidos habían buscado refugio.
◆
Aquella noche, Cléra llevó agua, vendas y hierbas a la habitación donde Adrian permanecería oculto.
Lo encontró junto a la ventana.
—Deberías estar descansando.
—Pasé meses deseando volver a ver este lugar.
—Entonces puedes mirarlo sentado.
Adrian obedeció.
Ella retiró la tela que cubría su mano herida. Las riendas habían abierto cortes profundos.
—Puedo soportarlo sin quejarme —comentó Adrian.
—Yo no soy tu atacante.
—Todavía no has empezado a limpiar la herida.
Cléra sonrió.
Mientras atendía los cortes, le habló del invierno, del Gran Guiso de los Leones, de los hornos y de las noches de teatro.
—Pensé en ti todos los días —confesó.
—Escribí siempre que pude encontrar un ave.
—Lo recibí todo de una vez.
—Entonces mis mejores pensamientos y mis mayores tonterías llegaron el mismo día.
—Eché de menos ambos.
Cléra continuó sosteniendo su mano.
—En mi diario te pedí que no vinieras.
—¿Por qué?
—Porque Cornelius obligó a mi padre a arrodillarse. Durante un tiempo creí que había ocurrido porque te elegí a ti.
Adrian se levantó.
—La crueldad de Cornelius no es tu responsabilidad.
—Ahora lo sé.
—Y si alguna vez vuelves a dudarlo, te lo repetiré hasta que me creas.
Cléra apoyó la frente contra su pecho.
—Esperé tanto este momento que ahora tengo miedo de despertar.
—Entonces no duermas.
Permanecieron abrazados en silencio. No hubo ceremonia, música ni familia celebrando el reencuentro. La boda prometida no podía celebrarse mientras Dacia estuviera en guerra.
Aun así, estaban de nuevo uno al lado del otro.
Bajo el castillo, monedas romanas y dacias permanecían en las mismas cámaras, como si sus propietarios no estuvieran intentando destruirse entre sí.
Cléra y Adrian por fin se habían reunido.
Muy lejos, sin embargo, Decébalo abandonaba otra fortaleza y conducía a los hombres que le quedaban hacia lo más profundo de las montañas.
La guerra todavía no había encontrado al rey de Dacia.
Pero ya seguía sus huellas.
◆