CAPÍTULO XXI #3
La vanguardia romana se detuvo ante el castillo. Los soldados abrieron un espacio en el centro del camino. Entre los estandartes apareció un caballo alto protegido por placas ornamentadas y tela roja.
Sobre él iba el comandante de las fuerzas del Danubio.
Cornelius.
El color abandonó el rostro de Cléra. Liandra lo advirtió y tomó discretamente la mano de su hija.
Cornelius avanzó hasta la puerta. Vestía una armadura pulida, una capa roja y las insignias del mando. Parecía muy distinto del joven que había prometido enviar los discursos de Cicerón.
O quizá fuera el mismo hombre, ahora autorizado a revelar aquello que siempre había ocultado.
Rafan descendió para recibirlo, acompañado por su familia, Sacandro y los comandantes de los Leones.
Cornelius se detuvo ante ellos y desmontó.
—Rey Rafan.
—General Cornelius. Los Leones reciben a Roma en paz.
El romano miró la gran águila sobre la puerta.
—Veo que todavía recuerdas quién protege estas montañas.
—Recordamos nuestros tratados.
Sacandro presentó los rollos.
—Hemos traído los acuerdos que regulan el paso y la neutralidad. Establecen las responsabilidades de ambas partes.
Cornelius ni siquiera miró los documentos.
Un ayudante le entregó un bastón ceremonial coronado por un águila con las alas extendidas.
Cornelius extendió el símbolo ante Rafan.
—Demuestra tu lealtad al Imperio.
Rafan dio un paso al frente e inclinó la cabeza para besar el águila.
Cornelius apartó el bastón.
—No así, bárbaro. De rodillas.
El patio pareció quedarse sin aire.
Melina llevó la mano hacia su arma. Liandra le sujetó la muñeca antes de que pudiera desenvainarla. Lóra permaneció inmóvil, con los dientes apretados.
Sacandro estudió a los legionarios que los rodeaban. Un solo movimiento bastaría para convertir la puerta en un campo de batalla.
Rafan miró a Cornelius. Detrás del romano había miles de soldados. Detrás del rey estaban su esposa, sus hijas, sus guardias y todo el pueblo que había sobrevivido al invierno.
Bajó una pierna y apoyó la rodilla en el suelo.
Cornelius continuó sosteniendo el águila frente a él.
—Las dos rodillas.
Cléra sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Rafan apoyó la segunda rodilla en el suelo y besó el águila.
Después se levantó sin ayuda.
No pidió ayuda, no permaneció inclinado ni apartó la mirada del comandante romano.
Una estrecha sonrisa apareció en el rostro de Cornelius. No era alegría. Era la satisfacción silenciosa de un hombre que finalmente había impuesto a otro la humillación que con tanto cuidado había imaginado.
Algunos legionarios sonrieron. Otros oficiales mantuvieron el rostro rígido o apartaron la mirada, avergonzados por el uso de un símbolo romano para una venganza personal.
Cornelius se volvió hacia Cléra. No dijo nada. Simplemente apuntó el águila en su dirección.
El gesto no exigía que se arrodillara. Todavía no. Era una promesa de que el poder de Roma podía alcanzar a cualquiera a quien él decidiera humillar.
Liandra se colocó discretamente delante de su hija.
Cornelius devolvió el bastón a su ayudante.
—Mis tropas atravesarán el valle. Necesitaremos alimentos, animales y madera para la larga marcha.
Sacandro levantó los rollos.
—Los tratados establecen límites para toda requisa.
Cornelius lo miró desde la altura de su autoridad.
—Guarda tus papeles, viejo maestro. Quizá encuentres una legión dispuesta a obedecer a hombres muertos.
Hizo una señal para que la marcha continuara.
No hubo negociación.
Las filas romanas avanzaron por el corredor comercial. Los soldados registraron almacenes y se apoderaron de carros, animales y mercancías necesarias para el viaje. Algunos entregaban recibos; otros se limitaban a afirmar que Roma pagaría después.
Los mercaderes protestaron. Los aldeanos escondieron cuanto pudieron. Los guardias de los Leones siguieron cada incautación y registraron los nombres, las cantidades y las unidades responsables.
Pero no podían detener nada.
Durante horas, el valle tembló bajo pasos, ruedas y cascos. La columna parecía interminable. Los hombres marchaban hacia el este llevando grano, vino, cuero, madera y animales para una campaña cuyo objetivo aún no había sido anunciado.
Cléra se acercó a su padre.
—Te humilló delante de todos.
—No —respondió Rafan.
Su hija lo miró sin comprender.
—Un hombre que se arrodilla para salvar a su pueblo no debe sentir vergüenza. La vergüenza pertenece al hombre que necesita miles de soldados para sentirse más grande que otro.
Sacandro se acercó con los tratados todavía entre los brazos.
—Roma acaba de romper acuerdos que perduraron durante generaciones.
Rafan observó a Cornelius desaparecer entre los estandartes.
—No fue Roma.
—Él comandaba las legiones y llevaba el águila.
—Fue Cornelius. Todavía necesitamos creer que existe una diferencia.
Sacandro no respondió.
Sobre la puerta, la gran águila continuaba expuesta. Había sido colocada allí como símbolo de amistad. Ahora parecía vigilar la ocupación del valle.
Cléra contempló el camino oriental. Las legiones seguían la misma ruta que Adrian había tomado meses atrás.
La boda prometida para la primavera ya no parecía simplemente aplazada.
Entre ella y el hombre que amaba marchaba toda Roma.
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