Los Leones de la Montaña CAPÍTULO XX #2
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CAPÍTULO XX #2

—Las murallas mantienen fuera a los enemigos —respondió Rafan—. Prefiero evitar que nuestros vecinos se conviertan en enemigos.

El nombre de los Leones llegó a lugares por donde sus soldados jamás habían marchado. No como conquistadores. Como un pueblo conocido por su justicia.

◆

Los precios del grano, el pan y la carne subieron hasta cinco veces respecto a antes del invierno. En cuanto retrocedió el hielo y los mercaderes supieron de los nuevos precios, los caminos comenzaron a llenarse otra vez.

Muchos llevaban alimentos. Otros viajaban solo con monedas, esperando comprar barato en un reino y vender mucho más caro en el siguiente. El corredor de los mercaderes recuperó su movimiento, aunque no su antigua abundancia.

En el consejo, algunos exigieron que Rafan impusiera un precio único al grano.

El rey los condujo hasta una ventana.

—Mirad esa fila. Hay muchos compradores por cada saco. Si obligamos a los vendedores a cobrar el precio antiguo, los primeros que lleguen se llevarán todo y los puestos quedarán vacíos.

—Sin controles, solo los ricos comerán —objetó un consejero.

Sacandro colocó varias monedas sobre la mesa.

—Un mercader que atraviesa tres reinos, paga guardias y reemplaza animales perdidos no hará el viaje si tiene que vender al precio antiguo.

—¿Entonces no hacemos nada?

—Haremos mucho —respondió Rafan—. Pero no fingiremos que un decreto real puede crear grano.

Sacandro propuso normas contra los abusos.

Ninguna familia podría comprar lo suficiente para vaciar un carro.

Los inspectores verificarían los pesos. Quien ocultara alimentos para provocar escasez perdería el derecho a comerciar en el valle.

El origen, la cantidad y el precio de cada cargamento se anunciarían antes de la venta.

Parte del grano comprado por el castillo se entregaría a las familias más pobres al precio de coste. Los niños, los ancianos y los enfermos seguirían protegidos por los almacenes reales.

—No fijaremos los precios —concluyó Sacandro—. Pero tampoco permitiremos el fraude ni el acaparamiento deliberado mientras el pueblo pasa hambre.

Rafan observó los nuevos carros que llegaban.

—Será costoso y doloroso. Pero los precios altos atraerán suministros desde tierras cada vez más lejanas. Con el tiempo, los caminos se llenarán y los precios encontrarán su equilibrio.

No todos abandonaron satisfechos la reunión. Las mercancías seguían siendo caras. Pero continuaban llegando.

◆

Las noticias procedentes de Roma se volvieron más inquietantes. Los ciudadanos rodeaban los depósitos, acusando a mercaderes y autoridades de ocultar grano. Los soldados enviados para dispersar a los hambrientos golpeaban a hombres y mujeres delante de sus familias.

El uso de la fuerza provocó nuevas protestas. Cada agresión llevaba a más personas a las calles, y cada disturbio atraía a más soldados romanos.

El Imperio todavía contaba con legiones, murallas y riquezas. Lo que comenzaba a perder era la confianza de su propio pueblo.

Rafan conocía el peligro. Si una trompeta romana o dacia anunciaba que había comida en el valle, los caminos podrían llenarse de soldados.

Quienes todavía poseían grano se negaban a venderlo. Los pastores escondían animales en las montañas y los mercaderes viajaban con monedas, pero no encontraban nada que comprar.

Por fortuna, los almacenes de los Leones conservaban grandes cantidades de aceite de oliva, miel, cuero y vino. El Gran Guiso de los Leones había permitido a muchas familias conservar esos productos durante el invierno.

Sacandro reconoció la oportunidad. El aceite de oliva se cambió por cebada; la miel, por animales reproductores; el cuero y el vino viajaron hacia regiones donde todavía había grano, pero escaseaban los productos capaces de soportar largos viajes sin estropearse.

Poco a poco, los sacos regresaron a los almacenes y pequeños rebaños llegaron a las aldeas. El reino seguía lejos de su antigua abundancia, pero ya no se enfrentaba a una hambruna inmediata.

—Hemos salvado el valle —dijo Rafan durante una reunión—. Ahora debemos impedir que el hambre que nos rodea lo convierta en un objetivo.

Entonces ocurrió precisamente aquello que más temía.

◆

Las trompetas sonaron poco después del amanecer.

La llamada no anunciaba una delegación diplomática. Anunciaba tropas.

Rafan corrió hacia la muralla. Una formación romana avanzaba por el camino principal detrás de escudos rectangulares. Carros vacíos seguían a los soldados.

—¿Cuántos?

El capitán de la guardia estudió las insignias.

—Suficientes hombres para tomar las puertas, pero no para ocupar el reino. Parece un destacamento de requisa.

—Han venido por comida.

Los soldados de los Leones ocuparon sus posiciones, pero Rafan ordenó que mantuvieran las armas bajas.

—Nadie dispara sin mi orden. Abrid únicamente la puerta exterior.

La formación romana se detuvo ante la entrada. Un oficial avanzó acompañado por dos legionarios.

—En nombre de Roma, exigimos acceso a los almacenes y la incautación de todo el grano disponible en este valle.

Rafan siguió ante la puerta.

—Ese grano pertenece a las familias que sobrevivieron al invierno.

—Ahora pertenece al Imperio.

—Mi reino no es una provincia romana. Si queréis comida, seréis recibidos como compradores.

El oficial mostró una tablilla sellada.

—Estoy autorizado a requisar grano, animales y cualquier recurso necesario para las fuerzas imperiales.

Rafan sabía que una sola palabra equivocada podía convertir aquella exigencia en una batalla. Mandó llamar a Sacandro.

El erudito apareció poco después, vestido con su capa más formal, y habló en latín:

—Soy Sacandro, ciudadano romano y representante de la Biblioteca de los Leones de la Montaña. Presentad vuestra orden.

—Ya os he mostrado el sello.

—Me habéis mostrado madera y cera. Todavía no me habéis mostrado una orden válida.