Los Leones de la Montaña CAPÍTULO XX
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CAPÍTULO XX

Los caminos del deshielo

Esta vez, el General Invierno no había castigado únicamente a los Leones.

Su marcha había cruzado fronteras, congelado ríos y sepultado caminos en gran parte del mundo conocido. En las regiones septentrionales del Imperio romano, el frío había sido aún más violento. Las cosechas desaparecieron, murieron rebaños y aldeas enteras permanecieron aisladas durante meses.

Las fortalezas romanas se vieron obligadas a consumir las reservas destinadas a las campañas militares.

El grano almacenado para alimentar a las legiones fue distribuido entre soldados, ciudades y asentamientos cercanos a las fronteras.

Los animales preparados para transportar armas y máquinas de asedio murieron en sus establos o fueron sacrificados para alimentar a las guarniciones.

Los depósitos destinados a sostener el avance contra Dacia se habían vaciado antes de que marchara el primer legionario.

Más allá de las fronteras, los pueblos germánicos y las comunidades de los bosques del norte y del este también se enfrentaban al hambre.

Durante años, muchos habían temido acercarse a los fuertes romanos.

Aquella primavera, sin embargo, comprendieron que los soldados estaban tan cansados y hambrientos como ellos.

Pequeños grupos cruzaron ríos, atacaron depósitos aislados y robaron animales. Cuando descubrieron que algunas guarniciones no tenían suficientes hombres para perseguirlos, las incursiones se hicieron más frecuentes.

El miedo a Roma comenzaba a desaparecer.

◆

A medida que la nieve se derretía, los caminos del valle reaparecían poco a poco.

Los Leones esperaban que las primeras caravanas trajeran grano, animales, herramientas y noticias. Cada día, los centinelas vigilaban los pasos en busca de las largas filas de carros que normalmente anunciaban el regreso del comercio.

Pero las caravanas llegaron más pequeñas.

La primera tenía solo cuatro carros. Dos transportaban sacos de grano; los otros llevaban telas, cerámica y algunas herramientas de hierro. Los animales estaban delgados y los mercaderes vestían capas remendadas.

Rafan los recibió cerca del corredor de los mercaderes.

—¿Dónde están los demás?

El jefe de la caravana se quitó la capucha. Su rostro mostraba las marcas del frío y del agotamiento.

—Algunos murieron durante el invierno. Otros perdieron sus mercancías y sus animales. Muchos decidieron no viajar.

—¿Siguen siendo peligrosos los caminos?

—No los caminos. La gente.

Sacandro se acercó.

—¿Saqueadores?

—Hambrientos —lo corrigió el mercader—. Hombres que antes huían al ver una insignia romana ahora atacan sus depósitos. Las aldeas germánicas se están armando. Los pueblos de los bosques descienden en busca de comida. Incluso soldados romanos han abandonado algunos puestos.

Liandra preguntó:

—¿Y el sur?

—No está mejor. Las ciudades romanas se disputan los cargamentos antes de que lleguen a las fronteras. Los comerciantes esconden sus reservas mientras esperan que los precios suban aún más.

—Cuando escasea el pan, la gente busca a alguien a quien culpar —dijo Liandra.

—Ya han encontrado a varios —respondió el mercader—. Extranjeros, gobernadores, comerciantes, bárbaros... depende de quién pronuncie el discurso.

Sacandro volvió a la cuestión que más preocupaba a Rafan.

—¿Y Dacia?

—Perdió parte de sus rebaños, pero todavía conserva ganado y depósitos de grano en las regiones más protegidas. Dicen que los romanos están ofreciendo fortunas por alimentos dacios.

—¿Aceptará Decébalo vender?

El mercader soltó una risa sin humor.

—¿Vendería grano para alimentar al ejército que pretende invadir sus tierras?

Rafan comprendió. El invierno había retrasado la campaña romana, pero también había vuelto más valiosa a Dacia. Roma necesitaba precisamente lo que Decébalo poseía: grano, ganado, metales y tierras fértiles.

Otras caravanas llegaron durante los días siguientes. Todas eran más pequeñas que en años anteriores. Algunas transportaban supervivientes de aldeas arruinadas; otras traían soldados heridos por saqueadores. Los precios cambiaban cada mañana.

Sacandro registró cada cargamento.

—Si compramos a estos precios, gastaremos en semanas lo que tardaríamos años en recuperar.

—Y si no compramos, nos quedaremos sin comida antes de la próxima cosecha —respondió Rafan.

—Roma se enfrenta a la misma elección.

—Roma tiene más monedas.

—Y muchas más bocas que alimentar.

Rafan estudió los espacios vacíos entre los carros.

—Quizá la guerra se posponga.

Sacandro cerró la tablilla.

—El hambre rara vez impide una guerra. Más a menudo, simplemente ayuda a los gobernantes a justificarla.

◆

Ahora que la supervivencia inmediata comenzaba a dejar de ocuparlo todo, Cléra podía volver a pensar en Adrian.

Durante los meses más duros había estado ocupada cuidando niños, distribuyendo alimentos y ayudando a los enfermos. Por la noche, cuando finalmente se acostaba junto a su familia, el agotamiento vencía a la añoranza.

Con la reapertura de los caminos, regresó su preocupación. Si el invierno había devastado a los Leones, ¿qué había ocurrido en Dacia? ¿Estaban a salvo Adrian y su familia? ¿Podría todavía regresar para la boda?

Cléra subió a los palomares y preguntó si había llegado algún ave.

—Ninguna de la casa real dacia —respondió el cuidador—. Las aves también sufren con el frío. Muchas rutas siguen cerradas.

Intentó ocultar su decepción.

—Cuando la primera paloma sea lo bastante fuerte, envía un mensaje en mi nombre.

—¿Qué debo escribir, alteza?

Cléra pensó un instante.

—Di solamente que estamos vivos y que sigo esperando.

Descendió de los palomares más tranquila. La ausencia de noticias todavía la preocupaba, pero creía en la promesa de Adrian. En cuanto los caminos fueran seguros, regresaría al valle.

Después de meses atendiendo las penas de todo el reino, Cléra se permitió alimentar una esperanza privada.

◆

Sacandro quedó encargado de reconstruir las aldeas y reponer los almacenes.

Algunos creían que el erudito solo sabía de manuscritos, lenguas antiguas y relatos de reyes muertos. Sin embargo, durante años también había registrado lluvias, sequías, cosechas, precios, movimientos de animales y el volumen de mercancías que atravesaban el valle.

No estudiaba esas cuestiones por simple curiosidad. Sabía que los tiempos difíciles siempre regresaban.

En la biblioteca, que todavía servía de refugio, abrió los registros de los veinte años anteriores. Comparó inviernos severos, periodos de hambre y el tiempo que había tardado el comercio en volver a la normalidad.

Rafan lo encontró rodeado de tablillas, mapas y pequeños recipientes con semillas.

—¿Puedes reconstruir el reino con libros?

—No. Pero puedo evitar que reconstruyamos primero las cosas equivocadas.

Sacandro le mostró un mapa de las aldeas.

—Si utilizamos toda nuestra madera para reparar casas, no tendremos para puentes y carros. Sin puentes, los mercaderes no podrán llegar hasta nosotros. Sin carros, no podremos distribuir lo que traigan.

—¿Entonces dejamos a las familias sin refugio?

—Construiremos refugios comunales mientras restauramos los caminos. Después reconstruiremos las casas más cercanas a los campos.

A Rafan no le gustaba pedir a algunas familias que esperaran más tiempo, pero comprendía la necesidad.

Sacandro también aconsejó conservar parte de las semillas, incluso mientras algunas personas todavía pasaban hambre.

—No podemos comernos lo que debe producir la próxima cosecha.

—Díselo a una madre cuyo hijo le está pidiendo comida.

—Por eso se lo digo al rey, no a la madre.

Durante los días siguientes, los leñadores recogieron árboles caídos, los herreros repararon herramientas y los soldados abandonaron temporalmente sus entrenamientos para reconstruir puentes y despejar caminos.

El reino seguía debilitado, pero ya no estaba inmóvil.

◆

Los enviados de Rafan comenzaron a regresar acompañados por representantes de las tribus vecinas. Casi todos traían la misma petición: semillas.

Muchas comunidades habían consumido durante el invierno lo que debería haberse sembrado en primavera. Otras habían perdido sus reservas por la humedad, el hielo o los saqueadores. Tenían tierra y manos para trabajarla, pero nada que poner en el suelo.

—No estamos pidiendo un regalo —explicó uno de los líderes—. Dadnos semillas ahora y, después de la cosecha, devolveremos una parte.

Sacandro registró las condiciones.

—Primero, cada aldea reservará alimentos para sus propias familias y semillas para la próxima siembra. Solo entonces entregará la parte correspondiente a los Leones.

Uno de los consejeros mostró preocupación.

—¿Y si la cosecha es mala?

—Entonces no recibiremos nada —respondió Rafan—. No ayudaremos a un pueblo a sobrevivir al invierno para hacerlo morir de hambre en verano.

Algunas tribus ofrecieron una quinta parte de su futura cosecha; otras ofrecieron animales, madera o trabajo para reconstruir los caminos. Cada acuerdo quedó registrado ante testigos de ambas partes.

Para Sacandro, las semillas no estaban simplemente saliendo de los almacenes. Se estaban distribuyendo entre campos distintos, donde ninguna tormenta, plaga o ataque podría destruirlo todo de una sola vez.

—Un granero puede ser saqueado —explicó a sus alumnos—. Una cosecha repartida entre muchas aldeas es más difícil de robar.

Rafan no tenía suficiente grano para alimentar a toda la región. Aun así, envió herramientas, sanadores y animales reproductores. A cambio, solo pidió que las tribus se abstuvieran de atacar los caminos y enviaran avisos si se aproximaban tropas o saqueadores.

Poco a poco, la noticia atravesó las montañas: mientras algunos reinos cerraban sus graneros, los Leones preguntaban a sus vecinos si todavía tenían semillas.

El gesto no acabó con el hambre ni convirtió a todos en amigos. Sin embargo, evitó que la desesperación creara una alianza contra el valle.

Sacandro marcó cada nuevo acuerdo sobre el mapa.

—Estás construyendo una muralla sin piedras.