Los Leones de la Montaña CAPÍTULO XIX #3
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CAPÍTULO XIX #3

Rafan había observado que cuando las personas cantaban juntas discutían menos.

Después de reírse de los soldados en el escenario, los aldeanos dejaban de verlos como hombres que recibían privilegios especiales.

Cuando la familia real se convertía en blanco de las bromas, todos comprendían que el frío y el hambre no respetaban títulos.

El teatro permitía que el descontento se transformara en humor antes de convertirse en revuelta.

Una noche, un aldeano interpretó a Rafan intentando repartir una sola patata entre todo el reino. La cortó en pedazos cada vez más pequeños hasta anunciar que serviría únicamente su aroma.

Todo el salón rio. Rafan fue el primero en aplaudir.

A la mañana siguiente, ordenó discretamente que aumentaran las porciones de los niños.

Liandra lo advirtió.

—¿No te ofendiste?

—Un rey que no soporta el ridículo en el teatro terminará siendo ridiculizado en las calles.

Las noches de música también ayudaban a marcar el paso del tiempo. Había una noche para historias antiguas, otra para canciones, una para comedias y otra en la que los niños representaban todo lo que habían ensayado durante la semana.

Las discusiones y los momentos de desesperación continuaban ocurriendo, pero el desorden nunca se apoderó del salón. Cuando una voz se alzaba contra otra, pronto aparecía un niño ensayando una canción o un soldado cruzaba la sala con una máscara ridícula.

El Gran Guiso de los Leones alimentaba el cuerpo. Los hornos mantenían alejado el frío. Las historias, la música y las risas preservaban aquello que ninguna reserva podía reemplazar: su voluntad de permanecer unidos.

◆

El frío continuó sin piedad durante meses.

Hubo días en que las puertas no podían abrirse y noches en que el viento hacía parecer frágiles incluso las piedras de las murallas.

Murieron animales, se derrumbaron tejados y árboles centenarios se partieron bajo el peso de la nieve.

Algunas familias perdieron todo lo que habían construido durante generaciones.

Sin embargo, la resistencia de los Leones resultó mayor que la del invierno.

Cuando una casa cedía, los soldados buscaban supervivientes. Cuando una familia perdía sus provisiones, otras compartían lo que quedaba. Los más fuertes transportaban leña, los ancianos cuidaban a los niños y quienes sabían cocinar mantenían caliente el caldero.

Nadie preguntaba qué recibiría a cambio.

El Gran Guiso de los Leones se volvió más aguado a medida que disminuían las reservas, pero nunca permitieron que desapareciera. Cuando se terminó la carne, añadieron raíces. Cuando escasearon las raíces, utilizaron grano. Cuando quedaba poco grano, espesaron el caldo con pan endurecido.

Rafan adelgazó. Liandra comenzó a ocultar su agotamiento bajo las mantas. Las manos de las princesas quedaron marcadas por el trabajo, el frío y el contacto constante con cuencos calientes.

El frío llegó a ser tan intenso que incluso la familia real abandonó parte de sus aposentos.

Rafan, Liandra y las tres princesas dormían juntos en una habitación más pequeña, ante un único hogar, para ahorrar leña.

No había lujo en aquella cercanía, pero sí un calor familiar que las cargas del reino les habían robado con los años.

Una mañana, Sacandro llevó a Rafan a los almacenes. Solo quedaban unos pocos sacos junto a las paredes.

—Llegaremos al final del invierno —dijo el erudito.

—¿Y después?

Sacandro estudió los estantes vacíos.

—Después necesitaremos una buena cosecha, caminos abiertos y muchos mercaderes.

Rafan comprendió lo que no se había dicho. Si la guerra llegaba antes de que repusieran las reservas, los Leones no tendrían alimentos para resistir un asedio prolongado.

—¿Cuántas personas perdimos?

Sacandro le entregó una pequeña tablilla. Había nombres grabados en ella.

Rafan pasó los dedos sobre cada uno. El invierno había sido derrotado, pero ninguna victoria era completa cuando dejaba lugares vacíos alrededor del fuego.

—Guarda esta tablilla en la biblioteca.

—¿Entre los registros de los muertos?

—Entre los registros de los Leones. Serán recordados no solo por la forma en que murieron, sino por haber ayudado al reino a sobrevivir.

◆

Varias semanas después, la tormenta perdió por fin fuerza.

En la primera mañana bajo un cielo despejado, los habitantes salieron de la biblioteca y caminaron hasta el patio. Permanecieron en silencio, desconfiando casi de un sol que llevaban demasiado tiempo sin ver.

Una niña se acercó a la muralla y señaló un estrecho hilo de agua que corría bajo la nieve.

—¡Se está derritiendo!

Otros niños corrieron hacia ella. Pronto el patio se llenó de risas.

Rafan subió a la muralla con Liandra y sus hijas. Desde allí contempló las montañas todavía cubiertas de blanco, los tejados dañados y los caminos que poco a poco comenzaban a aparecer de nuevo.

Los Leones estaban exhaustos, heridos y con los almacenes casi vacíos.

Pero estaban vivos.

Liandra entrelazó sus dedos con los de su esposo.

—El General Invierno finalmente se retira.

—No —respondió Rafan—. Solo ha admitido que no puede derrotarnos.

Detrás de ellos, las cuatro chimeneas continuaban lanzando humo al aire. En el gran salón, el último caldero de aquella larga estación todavía hervía lentamente sobre el horno.

La nieve había derrotado árboles, casas y animales.

No había derrotado a los Leones.

◆