CAPÍTULO XIX #2
Vista desde las murallas, la biblioteca parecía intacta ante el invierno. Mientras los demás edificios desaparecían bajo gruesas capas blancas, su tejado permanecía visible y las cuatro chimeneas enviaban columnas de humo hacia el cielo oscuro.
Los centinelas comenzaron a utilizarla como punto de referencia durante las tormentas. Incluso cuando la niebla ocultaba las calles y las torres, solo necesitaban encontrar las chimeneas para localizar el corazón cálido del reino.
La biblioteca que nunca dormía se había convertido también en la casa que nunca se enfriaba.
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Los hornos producían suficiente calor para que uno de ellos pudiera utilizarse para cocinar. Sobre la abertura más ancha, los cocineros colocaron el caldero más grande del castillo.
Liandra ordenó que nada se desperdiciara. Raíces, grano, hierbas, cebollas, trozos de carne salada y huesos de cordero cocían durante horas. Incluso las partes que antes se desechaban ayudaban a fortalecer el caldo.
Cada familia aportó lo que todavía poseía. Algunos aldeanos ofrecieron un puñado de cebada; otros, raíces secas o pequeñas porciones de carne. Por separado, aquellas provisiones no habrían sostenido a una familia durante muchos días. Reunidas en el mismo caldero, alimentaban a cientos de personas.
El caldo permanecía sobre el fuego durante la mayor parte del día. Cada vez que comenzaba a escasear, añadían agua, nuevos ingredientes y algunas hierbas más. Su aroma se extendía por el salón y alcanzaba los corredores del castillo.
Cléra, Lóra y Melina ayudaban a servir los cuencos. Los niños, los ancianos y los enfermos recibían primero. Después venían los aldeanos, los sirvientes y los soldados que regresaban de las búsquedas. La familia real esperaba hasta el final.
Rafan observó a Liandra raspar el fondo del caldero y llenar dos cuencos.
—Espero que uno de esos sea mío.
—Este es para Sacandro.
—¿Y el otro?
—También para él.
Rafan miró al erudito, sentado cerca del horno con los pies extendidos.
—Ya ha tomado sopa.
—Ha trabajado dos días sin dormir.
Sacandro alzó su cuenco vacío.
—La ciencia consume una gran cantidad de energía, mi rey.
—Sobre todo cuando se sienta junto al fuego.
Liandra acabó sirviendo a su esposo una pequeña porción.
El caldo era sencillo y su sabor cambiaba con cada nuevo ingrediente. A veces predominaban las raíces; otros días, la cebada o las hierbas. Aun así, nadie se quejaba. Recibir un cuenco caliente mientras la tormenta sacudía las murallas parecía un banquete.
El pueblo lo bautizó como el Gran Guiso de los Leones.
No pertenecía al rey, ni a los aldeanos, ni al castillo. Estaba hecho con un poco de lo que cada persona poseía y se compartía entre todos.
◆
Rafan sabía que alimentar y dar calor a aquellas personas no sería suficiente.
Cientos de aldeanos llevaban semanas confinados en el mismo salón. La tormenta les impedía trabajar los campos, los niños estaban inquietos y los adultos habían comenzado a discutir por el espacio, las mantas y las pequeñas porciones de comida.
El frío amenazaba el cuerpo. El miedo y el aburrimiento amenazaban la unidad del reino.
Por eso, cada noche, después de servir el último cuenco de guiso, la biblioteca se convertía en un pequeño teatro.
Las esteras se apartaban y un espacio delante de los hornos se transformaba en escenario. Un viejo carpintero colgó una tela entre dos columnas para formar un telón. Los niños hacían máscaras con restos de madera, paja y tela. Las lámparas de la biblioteca se distribuían alrededor de los artistas.
Cualquiera podía actuar.
Los músicos tocaban flautas, tambores e instrumentos de cuerda. Las mujeres cantaban canciones aprendidas de sus madres. Los soldados representaban antiguas batallas con tanta exageración que acababan derrotados por niños armados con cucharas de madera.
Los ancianos contaban historias de los primeros Leones que llegaron al valle. Hablaban de reyes olvidados, criaturas de los bosques y guerreros que habían vencido mediante el ingenio cuando la fuerza ya no era suficiente.
Sacandro observaba todo con una tablilla sobre las rodillas.
—¿Estás registrando las historias? —preguntó Rafan.
—Estoy corrigiendo los errores.
—Son leyendas.
—Eso nunca ha impedido que alguien las cuente incorrectamente.
Una noche, Melina interpretó al propio Sacandro. Se colocó una tela sobre la cabeza para imitar su calvicie, ató detrás un trozo de cuerda para representar su coleta y marchó por el salón protestando:
—¡Silencio! ¡Nadie respira mientras estoy estudiando!
Los niños estallaron en carcajadas.
Sacandro permaneció inmóvil, con los brazos cruzados.
—Yo no camino así.
Lóra se inclinó hacia él.
—Eso es exactamente lo que acaba de hacer tu imitación.
Hasta Rafan tuvo que secarse las lágrimas de tanto reír.
Cléra llevó música a las noches de la biblioteca.
Cantaba antiguos versos de los Leones, acompañada por aldeanos que conocían las melodías.
Algunas noches recitaba poemas dacios que había aprendido de Adrian.
Entonces su voz se volvía más suave y sus ojos buscaban involuntariamente la puerta distante.
También había relatos romanos traídos por Liandra, cantos de pueblos germánicos y melodías enseñadas por mercaderes que no podían abandonar el valle. Cada actuación recordaba que el reino no se había construido mediante el aislamiento, sino a través de encuentros entre distintos pueblos.