CAPÍTULO XIX
El invierno que devastó el valle
Aquel año, el invierno no llegó con suavidad.
Descendió de las montañas durante la noche, llevado por vientos que hacían gemir los árboles y sacudían las puertas como si manos gigantes intentaran arrancarlas de las murallas. La nieve cubrió caminos, campos y tejados. En algunas zonas del valle alcanzó las rodillas de un hombre adulto.
Los Leones estaban acostumbrados al frío. Cada año almacenaban leña, carne salada, grano, raíces y hierbas medicinales. Las casas eran reforzadas antes de la primera nevada y los animales se refugiaban bajo techos cubiertos de paja.
Esta vez, sin embargo, ninguna preparación parecía suficiente.
La niebla permaneció durante días, ocultando las montañas y convirtiendo el reino en una pequeña isla rodeada por un vacío blanco.
Los vientos se colaban por las grietas, apagaban los fuegos y empujaban nieve dentro de los establos.
Algunas de las cabañas más alejadas comenzaron a ceder bajo el peso acumulado sobre sus tejados.
En la tercera noche de la tormenta, las campanas de emergencia sonaron en la puerta principal.
Un grupo de aldeanos emergió de la ventisca. Los hombres llevaban niños en brazos; las mujeres se protegían el rostro con mantas endurecidas por el hielo. Detrás venían ancianos apoyados en bastones y unas pocas cabras que habían sobrevivido al trayecto.
El capitán de la guardia corrió hacia Rafan.
—Mi rey, son familias de las aldeas cercanas al río. Algunas casas se derrumbaron. Otras se han quedado sin leña y sin comida.
—¿Cuántas personas?
—No lo sabemos. La niebla impide que los centinelas vean más allá de las casas más cercanas.
Rafan se puso el abrigo de piel y fue de inmediato a la puerta. Liandra, Cléra, Lóra y Melina lo siguieron.
Cuando se abrieron las puertas, el viento irrumpió en el patio como una bestia. Rafan vio a una mujer arrodillada en la nieve, intentando cubrir a dos niños con su propio cuerpo.
No necesitó oír nada más.
—Abrid los salones inferiores del castillo. Encended todos los hogares. Recibid primero a los niños, los ancianos y los enfermos.
El encargado de los almacenes vaciló.
—Majestad, si la tormenta continúa, no sabemos cuánto durarán nuestras reservas.
Rafan miró a las familias que temblaban ante la puerta.
—Las reservas existen para proteger al pueblo. Si acumulamos comida mientras los Leones mueren afuera, no habremos preservado ningún reino.
Liandra asumió la organización de los refugios. Ordenó extender paja y mantas por los salones, separó a los enfermos y convirtió antiguos almacenes en alojamientos. Lóra ayudó a preparar infusiones calientes, mientras Melina acompañaba a los soldados que buscaban a otras familias.
Cléra encontró a una niña pequeña aferrada a una olla vacía.
—¿Dónde están tus padres?
La niña señaló hacia la ventisca.
—Mi padre fue a buscar leña. Mi madre se quedó esperándolo.
Cléra se quitó su propia capa y la envolvió alrededor de los hombros de la niña.
—Ahora te quedarás con nosotros. Cuando el viento disminuya, iremos a buscar a los dos.
Mientras los salones se llenaban, Sacandro bajó a los almacenes con una tablilla de cálculos. Contó sacos, comparó registros y calculó a cuántas personas podrían alimentar.
Rafan lo encontró frente a estantes que ya comenzaban a vaciarse.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Si alimentamos solo al castillo, muchos meses. Con las aldeas refugiadas aquí, quizá unas pocas semanas.
—Entonces reduce nuestras raciones.
—¿Incluida la familia real?
—Empieza por nosotros.
Sacandro cerró la tablilla.
—Estas provisiones serán importantes si la guerra llega después del invierno.
—Estas personas las necesitan ahora.
—Lo sé. Pero un rey también debe ver a quienes quizá necesiten comida mañana.
Rafan tomó un saco de grano del estante y se lo entregó a un sirviente.
—No dejaré que los vivos mueran hoy para alimentar a soldados que quizá combatan mañana.
Sacandro no discutió. Simplemente revisó sus cálculos.
◆
Durante los días siguientes, el castillo dejó de parecer una residencia real.
Sus corredores se llenaron de aldeanos, niños y animales rescatados.
Los tapices fueron retirados de las paredes para servir como mantas.
Puertas viejas y muebles rotos se convirtieron en leña.
Los grandes salones pasaron a ser dormitorios comunales.
La familia real pasó a comer la misma sopa aguada que se servía al pueblo.
Rafan recorría los refugios cada noche. Escuchaba quejas, ayudaba a transportar a los enfermos y aseguraba a los asustados que nadie sería abandonado.
Liandra atendía a quienes habían sufrido heridas por el frío.
Cléra contaba historias a los niños. Lóra preparaba remedios y Melina salía con los soldados cada vez que alguien informaba de una familia desaparecida.
Afuera, la tormenta golpeaba las murallas.
Dentro del castillo, los Leones se protegían unos a otros.
A pesar de todos los esfuerzos, la leña disminuía rápidamente. Muchos hogares debían permanecer encendidos al mismo tiempo y los grupos que intentaban alcanzar las reservas de las aldeas regresaban con los trineos casi vacíos.
Fue entonces cuando Sacandro caminó hasta la casa sin paredes.
La llama de Ling continuaba ardiendo, resistiendo el viento y la nieve.
El erudito se arrodilló junto al fuego y examinó el conducto oculto bajo las piedras.
Recordó las vasijas de barro encajadas, el aire maloliente que surgía de la tierra y la llama azul que el monje había ocultado bajo la madera.
Sacandro se levantó de repente.
—Ese bribón de monje sabía exactamente lo que hacía.
A la mañana siguiente buscó a los alfareros del reino. Los encontró refugiados del frío en un taller cercano a las forjas, intentando impedir que se congelara el agua utilizada para ablandar la arcilla.
—Necesito tubos de barro con uniones precisas —dijo Sacandro—. Muchos. Y no tenemos tiempo para adornos.
El artesano de mayor edad intercambió una mirada con sus compañeros.
—¿Tubos como los que hicimos para el monje Ling?
Sacandro lo miró sorprendido.
—¿Sabíais lo que estaba construyendo?
—Al principio, no. Nos pidió recipientes largos, cada uno con un extremo más estrecho que el otro. Después regresó quejándose de que el aire escapaba por las uniones.
—¿Qué hicisteis?
—Le enseñamos a sellarlas con arcilla húmeda y grasa animal. ¿Esto es para llevar aquel aire maloliente del jardín?
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Sacandro.
—Sí. Haced tantos como podáis.
—¿Cuántos?
—Todos.
Sacandro salió del taller, murmurando mientras atravesaba la nieve:
—Podrías habérmelo dicho antes de marcharte, Ling.
◆
El espacio cerrado más grande del reino era el gran salón de la biblioteca. Durante años, los viajeros habían admirado sus estantes, mapas y lámparas que permanecían encendidas toda la noche. Ahora el conocimiento tendría que ceder su lugar a las personas que lo habían preservado.
Sacandro reunió a guardias, escribas y trabajadores del castillo.
—Sacadlo todo —ordenó—. Primero los manuscritos; después, los mapas, los instrumentos y los estantes.
Los alumnos quedaron horrorizados.
—¿Vaciar la biblioteca?
—Los libros pueden esperar. Los niños que se congelan, no.
Los manuscritos más antiguos fueron llevados a las cámaras interiores del castillo. Los mapas se enrollaron y guardaron en cofres. Tablillas, instrumentos y rollos llenaron corredores, salas de estudio e incluso parte de los aposentos de Sacandro.
Durante dos días, la biblioteca que nunca dormía dejó de ser un lugar de lectura.
Una vez vacío el salón, soldados y aldeanos rompieron parte del suelo y abrieron una larga zanja.
Los alfareros llegaron con decenas de tubos de barro.
Cada pieza encajaba en la siguiente, formando un conducto subterráneo entre el lugar donde el aire inflamable escapaba de la tierra y cuatro grandes hornos construidos dentro de la biblioteca.
Sacandro inspeccionó personalmente cada unión.
Las juntas fueron cubiertas con arcilla, ceniza y grasa. Antes de cerrar la zanja, ordenó verter agua sobre cada unión. Allí donde aparecían burbujas, volvían a apretar la arcilla.
—Si este aire escapa dentro del salón, no tendremos una biblioteca caliente —advirtió—. Tendremos una biblioteca volando por encima de las murallas.
Nadie rio.
Los hornos fueron construidos con gruesas piedras y equipados con puertas de hierro.
El aire inflamable entraba desde abajo, ayudando a mantener el fuego, mientras el humo salía al exterior por cuatro chimeneas abiertas en el techo.
La leña seguía siendo necesaria, pero ardía con más intensidad y duraba mucho más.
Al caer la noche, Sacandro acercó una mecha encendida al primer horno.
Una llama azul apareció junto a las piedras y después envolvió lentamente la madera.
Encendieron el segundo horno. Después, el tercero.
Cuando el cuarto comenzó a arder, una oleada de calor se extendió por el salón vacío.
Sacandro permaneció ante las llamas, con las manos cubiertas de arcilla y hollín.
—Funciona.
Los aldeanos comenzaron a ocupar la antigua biblioteca. Extendieron esteras por el suelo, repartieron mantas y los espacios donde antes habían estado los estantes se convirtieron en pequeños alojamientos.
Aquella noche, decenas de familias durmieron sin necesidad de alimentar fuegos separados. La leña que habría sido consumida en muchas casas pudo conservarse.
Una niña señaló las paredes vacías.
—¿De verdad esto era una biblioteca?
Sacandro le acomodó la manta sobre los hombros.
—Todavía lo es.
—Pero no hay libros.
—Hoy estamos preservando historias que aún no han terminado de escribirse.
La niña pareció satisfecha y cerró los ojos.
El calor de los cuatro hornos era tan intenso que la nieve no podía permanecer sobre el tejado. Los copos caían sobre las tejas, resistían apenas unos instantes y se convertían en hilos de agua que corrían por los canalones.