CAPÍTULO XVIII #2
Sacandro descubrió la combinación final del mensaje y volvió a extender aceite de oliva sobre la tablilla.
—Puente. Cuarto. Hierro. Luna —leyó Adrian.
—Puente se refiere a los cruces que Roma está preparando sobre el Danubio —explicó Sacandro—. Cuarto es una referencia a la Cuarta Legión. Hierro representa las armas y herramientas enviadas a la frontera. Luna indica el momento elegido para el avance.
Rafan examinó los números registrados junto a las palabras.
—Entonces la invasión ya está decidida.
—Se está preparando —lo corrigió Sacandro—. El invierno consumió buena parte de las provisiones que habían reunido. Roma debe reponer grano, animales y depósitos antes de poner las legiones en movimiento.
—Eso nos dará algo de tiempo —dijo Adrian.
—Tiempo no significa abandono —respondió Rafan—. La invasión simplemente está siendo alimentada antes de comenzar.
—Lo intentaremos —dijo Rafan—. Pero los hombres gobernados por el orgullo solo oyen aquello que alimenta su propia sensación de agravio.
Sacandro abrió el mapa y señaló las piedras colocadas cerca de las fronteras.
—Por ahora no hemos recibido noticias de legiones en marcha. Solo de preparativos.
—El invierno nos dará algo de tiempo —dijo Adrian.
—Mi abuelo llamaba al frío General Invierno —respondió Rafan—. La nieve cierra caminos, rompe carros y obliga a cualquier ejército a luchar contra la propia naturaleza. Durante unos meses estaremos protegidos.
Sacandro desplazó una de las piezas romanas hacia el valle.
—Sin embargo, cuando llegue la primavera, los osos despertarán hambrientos.
Adrian estudió el mapa.
—¿Estás diciendo que debo preparar a mi pueblo para la guerra?
—Estoy diciendo que debes preparar a tu padre para enfrentarse a la maquinaria romana —respondió Rafan—. Si la negociación todavía es posible, aprovechad el invierno. Una vez que las legiones comiencen a marchar, hacerlas retroceder será mucho más difícil.
—¿Y los Leones? ¿Qué podrán hacer?
Rafan y Sacandro intercambiaron una mirada.
—Durante días, Ling, Sacandro y yo consideramos todas las posibilidades —dijo el rey—. Una alianza con tu padre, un acuerdo con Roma, resistir por nuestra cuenta, incluso la ocupación del valle por cualquiera de los dos bandos.
—En algunas de nuestras simulaciones, Roma vence —continuó Sacandro—. En otras, los dacios contienen el avance. En todas ellas, los Leones pierden.
—¿Considerasteis que los dacios podrían entrar en el reino?
—Un erudito que elimina una posibilidad porque no le gusta no está buscando la verdad —respondió Sacandro—. Simplemente está protegiendo su esperanza.
Rafan señaló el estrecho paso entre las montañas.
—El mayor valor de este reino no está bajo la tierra, sino sobre ella. Quien controle el valle podrá mover hombres, mensajes y suministros a través de las montañas.
—¿Qué pretendes hacer?
—Negociar, ganar tiempo e impedir que cualquiera de los dos ejércitos entre. Si todo lo demás fracasa, preservaremos a nuestro pueblo.
—¿Rindiéndoos?
Rafan respiró profundamente.
—Un rey no demuestra su valor sacrificando a miles de personas para proteger su propio orgullo.
Si dacios o romanos invaden el valle, no tendremos fuerza para expulsarlos.
Lo máximo que podremos hacer será abrir las puertas, impedir una masacre y desear buena lucha a quienes insistan en destruirse unos a otros.
La franqueza del rey asustó a Adrian más que cualquier discurso de guerra.
—Lo comprendo.
Sacandro volvió a cubrir el broche.
—Un regalo abandonado parece únicamente un insulto. En el momento adecuado puede convertirse en una prueba. Hasta entonces, Cléra no necesita saberlo.
Adrian contempló el mapa una última vez. El invierno aún no había comenzado, pero los ejércitos ya marchaban sobre aquella mesa.
◆
A la mañana siguiente, la guardia real dacia esperaba ante la puerta principal. Los caballos estaban cubiertos con gruesas mantas y los carros llevaban comida, armas y pieles suficientes para el viaje por las montañas.
Adrian se despidió primero de Sacandro.
—Continúa tus estudios —aconsejó el maestro—. Un príncipe que cree haber aprendido lo suficiente está preparado para cometer su primer gran error.
—Enviaré copias de todos los manuscritos dacios que encuentre.
—En ese caso, quizá finalmente admita que fuiste un buen alumno.
Sonrieron y se abrazaron.
Lóra y Melina se acercaron después.
—¿De verdad regresarás después del invierno? —preguntó Melina.
—Si los caminos lo permiten.
—Lo permitirán —declaró Lóra—. De lo contrario, Cléra cruzará las montañas para venir a buscarte ella misma.
Cléra dirigió una mirada severa a sus hermanas, que inmediatamente comenzaron a reír.
Liandra abrazó a Adrian como si ya formara parte de la familia.
—Regresa con tus padres. Escúchalos, ayuda con los preparativos y no permitas que olviden que un matrimonio une familias, no solamente territorios.
—Lo recordaré.
—Y escribe a Cléra.
—Todos los días.
—No exageres. Sacandro tiene trabajo que hacer y no quiero que media biblioteca esté ocupada copiando tus declaraciones de amor.
Rafan fue el último en acercarse.
—Cuida de tu pueblo y habla con tu padre de todo lo que hemos discutido.
—Lo haré.
—Espero recibirte de nuevo. Esta vez, no como huésped.
Adrian inclinó la cabeza respetuosamente.
—Regresaré siendo digno de ser recibido como parte de esta familia.
Rafan apoyó una mano sobre su hombro.
—Entonces regresa con vida. Eso será suficiente.
Cléra acompañó a Adrian hasta su caballo. A su alrededor, los soldados ajustaban arneses y comprobaban las últimas cargas, pero los dos parecían oír únicamente el viento que atravesaba la puerta.
—No me gustan las despedidas —confesó ella.
—Entonces piensa en esto solo como una interrupción.
—Una interrupción larga.
Adrian tomó la mano de Cléra y la llevó a sus labios.
—Cuando florezcan las primeras flores después de la nieve, volveré a estar ante esta puerta.
—¿Es una promesa?
—Lo es.
—Entonces guarda el próximo beso para tu regreso.
—¿Y si me retraso?
—Cobraré cada uno de los que me debas.
—En ese caso, cabalgaré más deprisa.
Cléra sonrió, aunque no pudo ocultar las lágrimas.
Adrian montó. El comandante dacio dio la señal y la guardia comenzó a atravesar la puerta. Antes de llegar al camino, el príncipe tiró de las riendas y miró atrás una última vez.
Rafan y Liandra estaban juntos. Lóra y Melina agitaban las manos. Sacandro observaba en silencio. Cléra permanecía delante de todos ellos, con una mano sobre el corazón.
Adrian alzó un brazo en señal de despedida y siguió cabalgando con sus soldados.
El sonido de los cascos se fue apagando entre las montañas. Cléra siguió ante la puerta incluso después de que ya no pudiera verlos.
—Regresará —dijo Liandra, acercándose a su hija.
—Lo sé.
Rafan observó a Cléra secarse discretamente una lágrima. Después se inclinó y susurró al oído de Liandra:
—No habrá más besos robados en este valle. Este invierno, los únicos besos serán los tuyos, en nuestros aposentos.
Liandra alzó una ceja.
—¿Lo decretas como rey o lo pides como esposo?
Rafan contempló de nuevo el camino vacío.
—Con este frío, lo suplico como esposo.
Liandra contuvo una risa y entrelazó su brazo con el de él.
—Entonces procura mantener encendido el hogar, mi rey. No poseo el ingenio de aquel bribón de monje.
Rafan sonrió. Juntos condujeron a sus hijas de regreso al castillo mientras los primeros copos de nieve descendían sobre el valle.
El invierno había llegado por fin, trayendo silencio a los caminos y una breve protección a las montañas. Sin embargo, dentro de la biblioteca, una tablilla cubierta de aceite continuaba revelando sus secretos.
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