CAPÍTULO XII
El gato y el mensaje
A la mañana siguiente, los jóvenes llegaron al patio de entrenamiento antes de que el sol hubiera salido por completo. La estera de Ling estaba vacía.
El monje nunca llegaba tarde. No había bastón, cuencos ni señal alguna de que estuviera preparando la lección.
Los cuatro fueron hasta la casa sin paredes. La llama seguía viva, pero Ling no estaba allí. Algunas de sus pertenencias personales habían desaparecido.
—Se ha ido —dijo Melina.
—No se marcharía sin despedirse —protestó Lóra.
—Su misión terminó con la muerte de nuestro abuelo —recordó Cléra—. Quizá encontró una forma de viajar.
La posibilidad golpeó a los cuatro al mismo tiempo. Corrieron hasta la biblioteca, donde Rafan, Liandra y Sacandro examinaban manuscritos dejados por los antiguos Reyes Leones.
—¿Está Ling aquí? —preguntó Cléra.
Rafan levantó la cabeza. Cuando supo que la casa estaba vacía, recordó que aquella mañana había llegado una caravana con destino a las rutas orientales.
Todos se apresuraron hacia la puerta principal, que daba al corredor de los mercaderes.
—¿Habéis visto pasar a Ling? —preguntó Rafan a los guardias.
Los hombres intercambiaron miradas avergonzadas.
—No exactamente, Majestad. Ling es como un gato. Le gusta salir sin que nadie lo vea y luego aparecer en la puerta después de sus paseos.
Otro guardia confesó que hacían apuestas sobre quién conseguiría detener al Monje Gato. Nadie había ganado jamás.
Mientras todos reían, una voz surgió detrás de ellos:
—¿Buscáis a un hombre peligroso?
Ling atravesó el corredor de los mercaderes llevando su bastón y un pequeño fardo de ropa y hojas.
—¿Adónde piensas ir con tanto equipaje? —preguntó Rafan.
—Encontré mercader que conozco. Viajará a Oriente.
La alegría de los jóvenes se desvaneció.
—¿Entonces te marchas? —preguntó Cléra.
Ling observó a cada uno de ellos, deteniéndose en las manos de Cléra y Adrian, unidas casi sin que se dieran cuenta.
—Lo consideré. Pero jóvenes príncipes todavía no están preparados para batallas de vida. Sus lecciones fueron fáciles. Desde hoy, entrenamiento será más intenso.
El alivio de los jóvenes desapareció.
—¿Cuánto más intenso? —preguntó Adrian.
—Lo sabréis cuando lo sintáis.
Mientras protestaban, Ling entregó discretamente a Rafan una pequeña tablilla sin marcas. Nadie prestó atención al gesto, pero ambos hombres sabían que no estaba en blanco.
—No vuelvas a abandonarnos sin despedirte —lo reprendió Rafan, siguiendo el juego.
—Para eso, debo hacer arreglos con mercaderes. Ellos nunca avisan cuándo aparecen.
Ling condujo a los jóvenes hacia el patio. Liandra entró en el castillo, mientras Rafan y Sacandro regresaban a la biblioteca con la misteriosa tablilla.
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Sacandro cerró las puertas y examinó la madera a contraluz.
—Aceite de oliva. Es un mensaje de mi primo.
—¿Lucius?
En Roma, pocos lo conocían por su verdadero nombre. En las calles, tabernas y banquetes lo llamaban Parasitus. Recitaba poemas y entretenía a hombres ricos, que hablaban delante de él como si formara parte del mobiliario. Parasitus había convertido aquella invisibilidad en una profesión.
—¿Podemos confiar en él? —preguntó Rafan.
—Podemos confiar en que hará cualquier cosa para sobrevivir.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería.
Sacandro extendió aceite de oliva sobre la tablilla y la inclinó hacia la luz. Comenzaron a aparecer letras latinas y números, dispuestos de una manera que no formaba palabras reconocibles.
Con ayuda de un manuscrito dejado por los primeros Reyes Leones, descubrió que cada secuencia indicaba una página, una línea y una palabra.
—Los representantes romanos han aceptado hablar con Dacia.
—Eso ya lo sabemos.
—El mensaje no termina ahí.
Las líneas siguientes mencionaban cargamentos de trigo, caballos, reparaciones de caminos y movimientos de oficiales. Algunos números parecían indicar legiones o depósitos militares, pero la clave de aquel pasaje era diferente.
Sacandro probó con otros manuscritos. Solo consiguió recuperar cuatro palabras aisladas:
—Puente. Cuarto. Hierro. Luna.
—Eso no significa nada —dijo Rafan.
—Significa que todavía no he descubierto cómo debe leerse.
—¿Roma está preparando una invasión?
—El mensaje no lo dice. Puede tratarse de una precaución, disturbios en las fronteras o una rotación de tropas.
—¿Crees en esas posibilidades?
—Creo que todas son posibles. Eso es lo que hace peligroso el mensaje. Miles de hombres no pueden ocultarse, pero su destino puede mantenerse en secreto hasta el último momento.
Afuera resonó el primer grito de Adrian durante el entrenamiento intensificado de Ling. Poco después siguieron las risas de las princesas.
En la biblioteca no había lugar para la risa.
—No guardaremos los planes de defensa —decidió Rafan—. Las reuniones continuarán.
—¿Y Adrian?
—Todavía no tenemos información, solo fragmentos de sospecha. Cuando estemos seguros, será el primero en saberlo.
Sacandro cubrió la tablilla con un paño.
Mientras los jóvenes creían que el regreso de Ling era la mayor sorpresa de aquella mañana, algo más ya había comenzado a abandonar el valle: la certeza de que la paz era real.
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