Los Leones de la Montaña CAPÍTULO XI
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CAPÍTULO XI

Lo que ocultaban las palabras

Durante los días siguientes, el valle pareció recuperar el ritmo que conocía antes de las amenazas de guerra. Los carros volvieron a formar filas ante las puertas, los martillos de las fraguas resonaban desde el amanecer y los mercaderes llenaban las posadas con historias de tierras lejanas.

La respuesta de Decébalo había devuelto la esperanza al reino.

Adrian continuó escribiendo a su padre, pero sus cartas ya no trataban únicamente de ejércitos y fronteras.

El príncipe preguntaba por cosechas, minas, caminos y mercaderes.

Las lecciones de Rafan habían despertado en él una nueva comprensión de la fuerza de un reino.

Una mañana, después del entrenamiento, Adrian buscó a Cléra.

—Quiero volver al mercado.

—¿Mi padre olvidó enseñarte algo?

—Me enseñó cómo funciona el comercio. Ahora quiero verlo sin que todos interrumpan su trabajo para saludar al rey.

Salieron del castillo acompañados únicamente por dos guardias que se mantenían a distancia. Los puestos exhibían telas romanas, herramientas de las fraguas, miel, hierbas secas y objetos llegados de tierras tan lejanas que los vendedores tenían que explicar para qué servían.

—Tu padre tenía razón —dijo Adrian—. Parece que el mundo entero pasa por estas puertas.

—Y siempre deja algo atrás: una moneda, una historia, una palabra nueva o un problema.

Como si hubiera oído aquella última parte, un mercader gritó junto a un almacén:

—¡Me han engañado!

Ante él había sacos de trigo y una balanza. El comprador afirmaba haber recibido menos grano del estipulado en el contrato; el vendedor insistía en que los sacos habían sido sellados ante testigos.

Cléra examinó los sellos, que seguían intactos. Adrian preguntó dónde se había realizado el primer pesaje y descubrió que se había utilizado otro juego de pesas. Comparó dos piezas de hierro marcadas con el mismo valor. La balanza se inclinó de inmediato.

Un funcionario trajo las medidas oficiales del reino y confirmó la diferencia.

—No lo sabía —dijo el comprador, pálido—. Compré la balanza hace apenas unos días.

—Entonces quizá también hayas sido engañado —respondió Cléra—. Las pesas serán confiscadas y los sacos revisados. Si están correctos, el vendedor recibirá lo acordado. Después investigaremos a quien te vendió las piezas falsas.

Adrian la acompañó mientras ella ordenaba que se registrara el incidente.

—No elegiste de inmediato a alguien a quien culpar.

—Porque ambos creían estar diciendo la verdad. No siempre hay un mentiroso. A veces solo hay personas honestas que ven partes diferentes del mismo problema.

Adrian anotó la frase.

—¿Anotas todo lo que digo?

—Solo aquello que pretendo recordar. Algunas cosas no necesito escribirlas.

Antes de que Cléra pudiera preguntarle qué quería decir, se oyó un fuerte crujido. La rueda de un carro se rompió y el vehículo golpeó la pierna de un joven trabajador.

Cléra y Adrian corrieron hacia él. Una herida profunda se abría bajo su rodilla y la sangre empapaba la ropa del joven.

—No te muevas —ordenó Adrian.

Cléra presionó un paño limpio contra la herida mientras él examinaba la pierna.

—Parece rota. Necesitamos tablillas.

Durante un instante, recordaron el cerdo sacrificado sobre la mesa de Ling. Ahora no había ningún maestro que corrigiera sus movimientos.

Trabajaron casi sin hablar. Cuando Adrian extendía una mano, Cléra ya sabía qué debía darle. Cuando ella cambiaba la presión sobre la herida, él sostenía la pierna para impedir que se moviera.

El curandero llegó y examinó al joven.

—Habéis hecho bien en no intentar enderezar el hueso. Llevadlo con cuidado.

Solo entonces Cléra advirtió la sangre sobre sus manos. Adrian también bajó la mirada hacia las suyas.

—Durante la lección de Ling pensé que nos estaba preparando para la guerra.

—Quizá nos estaba preparando para no perder nuestra humanidad durante ella.

Adrian se volvió hacia Cléra.

—Has mantenido la calma.

—Porque estabas a mi lado.

—Podría decir lo mismo.

◆

Aquella noche, Cléra encontró a Adrian escribiendo solo en la biblioteca.

—¿Otra carta para tu padre?

—Esta vez no.

El joven herido sobreviviría y, según el curandero, quizá recuperaría el uso de la pierna. El alivio les permitió hablar de aquello que habían temido.

—Mi padre me enseñó que un príncipe no debe mostrar miedo ante su pueblo —dijo Adrian.

—Ling diría que dominar el miedo no es lo mismo que fingir que no existe.

—Estoy empezando a comprender la diferencia.

Cléra se sentó frente a él.

—¿Tienes miedo de regresar a Dacia?

Adrian admitió que temía encontrar un reino distinto del que había dejado. Si Roma exigía sumisión, Decébalo elegiría la guerra, y su hijo podría verse dividido entre el deber hacia su rey y el amor por su padre.

—También temo que todo lo que he aprendido aquí no tenga lugar en Dacia. Mi padre me envió lejos para estudiar, pero quizá no le guste el hombre que regrese.

—No has dejado de ser dacio. Aprender no significa traicionar nuestros orígenes.

—¿Y tú? ¿Qué temes?

Cléra recordó su conversación con Liandra.

—Que todos decidan mi futuro antes de que yo comprenda lo que quiero.

—¿Y si pudieras elegir sin pensar en el reino?

—Elegiría a alguien que caminara a mi lado. Ni detrás de mí ni delante de mí.

Adrian no se movió.

—¿Has encontrado a esa persona?

—Quizá. Pero todavía no ha encontrado el valor para decir si desea seguir el mismo camino.

Él se levantó y rodeó la mesa.

—Cuando llegué al valle, creía que solo echaría de menos Dacia. Ahora tengo miedo de regresar porque sé a quién dejaría atrás.

—¿A quién?

Adrian todavía buscaba una respuesta que no lo revelara todo.

—Quiero oírlo de ti —pidió Cléra.

—Siento algo muy fuerte por ti. Intenté llamarlo gratitud, amistad o admiración. Pensé que desaparecería cuando me acostumbrara al valle, pero solo se hizo más intenso. Cada vez que ocurre algo, eres a quien busco. Cada vez que aprendo algo, eres a quien deseo contárselo. Ya no puedo ocultarlo.

La felicidad la invadió antes de que pudiera encontrar las palabras.

—Entonces no estaba imaginándolo todo.

—No. Si interpretaste mis gestos como los de un hombre incapaz de pensar cada vez que te acercas, los interpretaste correctamente.

Cléra rio. Adrian volvió a tomarle las manos. Notó que temblaban y que sus palmas, pese al frío de la noche, estaban húmedas.

—¿Tienes miedo?

—Un poco.

—Yo también.

Él acarició sus dedos con los pulgares.

—¿Puedo pedirte algo?

Cléra asintió.

—Un beso. Solo un beso.

Adrian todavía esperaba una respuesta cuando Cléra dio un paso hacia él.

El primer contacto fue suave y vacilante, como si ambos temieran despertar de un sueño. Después Cléra rodeó su cuello con los brazos y se entregó al beso con toda la emoción que había ocultado durante aquellos meses.

Adrian pasó un brazo alrededor de su cintura y la acercó más. El beso se hizo más profundo, alimentado por la espera, la admiración y todo aquello que habían sentido sin atreverse a expresarlo.

Durante unos instantes, las amenazas de Roma, el peso de sus títulos y las fronteras entre sus reinos dejaron de existir. Sus corazones parecieron encontrar el mismo ritmo. Cuando se separaron, la luz de sus ojos reveló una llama que ninguno de los dos necesitaba ocultar.

—Pedí solo un beso —murmuró Adrian.

—Entonces no deberías haber tardado tanto en pedirlo.

Él sonrió y apoyó la frente contra la de ella.

Cuando salieron de la biblioteca, sus manos continuaban unidas. Por primera vez, ninguno de los dos intentó ocultarlo.

◆