CAPÍTULO IX #2
—Porque eso es lo que vuestra familia aprendió de él.
Permanecieron uno junto al otro ante la tumba. Cléra comprendió que Adrian no temía morir en una guerra. Temía no conseguir impedir que su padre arrastrara consigo a toda Dacia.
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En los días siguientes, Rafan apenas salió de la biblioteca. Los mensajeros iban y venían, Sacandro mandaba buscar nuevos pergaminos y Ling permanecía largos periodos en silencio antes de hacer alguna observación que obligaba a los demás a comenzar de nuevo sus planes.
Cléra comprendió que algo grave se aproximaba.
Adrian, sin embargo, no mostraba la misma inquietud que los Leones. Escuchaba atentamente las noticias y hacía preguntas, pero continuaba con sus estudios y entrenamientos como si la posibilidad de una guerra no bastara para alterar su rutina.
Al principio, Cléra lo confundió con despreocupación. Después comenzó a comprender. Dacia era extensa, rica y estaba acostumbrada a defender sus fronteras. Para Adrian, la guerra no era una sombra desconocida, sino una antigua amenaza junto a la cual su pueblo había aprendido a vivir.
Quizá tenía razón al no mostrar tanto miedo. O quizá los dacios simplemente se habían acostumbrado demasiado a él.
Con aquellas dudas en mente, buscó a su madre. Encontró a Liandra junto a la ventana de sus aposentos, examinando telas que serían distribuidas entre las familias del valle.
—¿Puedo preguntarte algo?
Liandra levantó la mirada.
—Cuando empiezas así, rara vez es una pregunta sencilla.
Cléra se sentó junto a ella.
—¿Tú y padre discutís?
Liandra pareció sorprendida, pero pronto sonrió.
—Sí. A menudo.
—Nunca lo había notado.
—Porque algunos desacuerdos pertenecen únicamente a la pareja.
—¿Entonces ocultáis vuestras diferencias?
—No el uno del otro. Simplemente no se las ofrecemos al resto del reino.
Liandra dejó las telas a un lado.
—Dos personas que comparten una vida no estarán de acuerdo en todo.
Tu padre y yo discutimos sobre el reino, sobre vosotras, sobre los peligros e incluso sobre decisiones que ya no pueden cambiarse.
A veces él tiene razón. Otras veces, yo.
La mayoría de las veces, cada uno posee solo una parte de la verdad.
—¿Y cómo puede una discusión no destruir el respeto?
—Cuando existe respeto, una discusión deja de ser una batalla y se convierte en un debate. Ambos exponen sus puntos de vista, hacen preguntas y escuchan las respuestas. Ninguno necesita humillar al otro para vencer.
Cléra reflexionó sobre aquello.
—¿Pero no es prudente pedir consejo?
—Es prudente buscar a alguien imparcial y sensato.
El peligro comienza cuando contamos cada desacuerdo a demasiadas personas.
Pronto creen tener derecho a entrar en la relación, repartir culpas y alimentar resentimientos que quizá la propia pareja ya haya superado.
Lo que debería haberse resuelto entre dos personas termina perteneciendo a muchas.
Cléra bajó los ojos.
—¿Y cuando esas dos personas proceden de pueblos diferentes? ¿Cuando fueron criadas para ver el mundo de maneras casi opuestas?
Liandra guardó silencio durante un instante. La pregunta revelaba más de lo que su hija pretendía.
—Entonces tendrán que hablar todavía más. El amor puede acercar a dos personas, pero no borra sus orígenes. Cada una lleva consigo una familia, una patria, creencias y deberes.
—¿Y si esos deberes las colocan en bandos opuestos?
—Entonces descubrirán si lo que sienten es solo fascinación o algo capaz de soportar decisiones difíciles.
Cléra se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí vio a Adrian en el patio, repitiendo con una espada de madera los movimientos que Ling le había enseñado.
—Adrian cree que puede convencer a su padre de negociar con Roma. Pero también comprende por qué Decébalo se niega a inclinarse.
Liandra siguió la mirada de su hija. Entonces comprendió que aquello ya no era la curiosidad ni el discreto coqueteo de dos jóvenes. Cléra intentaba comprender los miedos de Adrian, a su pueblo y la carga que llevaba.
—Piensas mucho en él —observó.
Cléra se volvió rápidamente.
—Está viviendo en nuestro reino. Es natural que me preocupe.
—Natural, sí. Pero esto es más que preocupación.
Su hija no respondió.
Liandra se acercó y le acomodó un mechón de cabello, como hacía cuando Cléra todavía era una niña.
—Cuando eras más joven, preguntabas si un hombre era apuesto, valiente o capaz de recitar poesía. Hoy has venido a preguntarme cómo pueden dos personas estar en desacuerdo sin dejar de amarse.
Cléra se ruborizó.
—No he dicho nada sobre amor.
—No hacía falta.
Durante un instante, Cléra pensó en negarlo. Sin embargo, ante su madre, la mentira parecía inútil.
—Todavía no sé qué siento.
—Entonces no te apresures a darle un nombre. Solo procura no confundir el valor de amar con el deseo de salvar a alguien. Adrian tiene un destino, una familia y un reino. No puedes cargar con todo eso por él.
Cléra dirigió de nuevo la mirada hacia la ventana.
—Pero puedo caminar a su lado.
Por la firmeza de la respuesta, Liandra comprendió que el interés de su hija había superado los límites de un coqueteo juvenil.
Decidió aliviar la seriedad de la conversación.
—En ese caso, quizá debería pedirle a tu padre que envíe una propuesta de matrimonio a los gobernantes de Dacia.
Cléra se volvió tan deprisa que casi golpeó la silla.
—¡No!
Liandra alzó las cejas, divertida.
—¿No?
—Quiero decir... no hay razón para tanta prisa. Adrian y yo solo hablamos.
—Naturalmente. Habláis en los jardines, en la biblioteca, durante las comidas e incluso después del entrenamiento.
—Es nuestro huésped.
—Un huésped al que observas desde la ventana.
—Madre...
—Muy bien. Le diré a tu padre que olvide la propuesta.
Liandra volvió a las telas, fingiendo que el asunto estaba resuelto. Cléra guardó silencio un momento, luchando contra su propia curiosidad.
—Pero solo para que lo entienda... ¿cómo se haría?
La reina ocultó su sonrisa.
—¿Cómo se haría qué?
—Un acuerdo de esa naturaleza.
—Creí que no te interesaba.
—No me interesa. Es solo una cuestión de protocolo.
—Por supuesto.
Cléra volvió a sentarse.
—¿Los dacios pueden casarse con pueblos germánicos?
—Los pueblos no se casan, hija mía. Las personas sí. Sus costumbres pueden ser diferentes, pero no existe un muro entre la sangre dacia y la germánica.
—¿Entonces estaría permitido?
—Entre familias reales, un matrimonio también es una alianza. Tu padre enviaría mensajeros a Decébalo y a la reina Anna. La propuesta trataría sobre protección, derechos, herencia y deberes. Después los consejeros convertirían los sentimientos de los jóvenes en muchas páginas de exigencias.
—Eso suena bastante poco romántico.
—El romance suele ocupar las primeras líneas. El resto pertenece a los escribas.
Cléra sonrió.
—¿Y Adrian tendría que estar de acuerdo?
La mirada de Liandra se volvió más atenta.
—Esa ha sido tu primera pregunta sobre lo que él quiere.
—Por supuesto que tendría que quererlo.
—Algunos reyes no estarían de acuerdo. Para ellos, hijos e hijas existen para fortalecer alianzas.
Rafan podría presentar una propuesta, pero jamás entregaría a una hija en matrimonio contra su voluntad.
Creo que Decébalo también escucharía a su hijo, aunque el deber de un príncipe pesa más que sus deseos.
Cléra volvió los ojos hacia el patio.
—¿Una unión así ayudaría a ambos reinos?
—Podría acercarlos. Dacia obtendría una conexión con las rutas y la neutralidad del valle. Los Leones se aproximarían a un reino poderoso. Roma, sin embargo, podría interpretar el matrimonio como una alianza en su contra.
La discreta felicidad de Cléra se desvaneció.
—¿Incluso un matrimonio podría provocar a Roma?
—Cuando los imperios se vuelven desconfiados, hasta una celebración parece una amenaza.
Cléra se quedó pensativa.
—Entonces sería mejor no enviar ninguna propuesta.
—Como quieras.
Liandra esperó unos instantes antes de añadir:
—Aun así, para poder responder correctamente a tu padre, ¿debo decirle que has rechazado a Adrian o solo la propuesta inmediata?
—¡Madre!
Liandra rio y besó la frente de su hija.
—No te preocupes. Tu secreto quedará conmigo.
—No he dicho que exista ningún secreto.
—Es verdad. Solo has dicho que querías aprender todo el protocolo matrimonial relacionado con un príncipe dacio en particular.
Cléra intentó ocultar el rostro enrojecido, pero ya era demasiado tarde.
Liandra volvió a las telas con una sonrisa serena. Su hija todavía podía negarlo con palabras, pero su mirada ya había enviado a Dacia una propuesta que ningún mensajero necesitaría llevar.
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