Los Leones de la Montaña CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

El valor de la confianza

Desde las primeras reuniones sobre la amenaza romana, Adrian enviaba cartas a su padre mediante las palomas mantenidas en el valle.

Escribía con cuidado para no herir el orgullo de Decébalo. Sabía que las órdenes y las súplicas producirían el mismo resultado: resistencia. Por eso hablaba como hijo, pero también como alguien que empezaba a comprender el peso de las decisiones de un rey.

Describió las simulaciones realizadas por Rafan, Sacandro y Ling. Explicó que ninguna fortaleza era invencible y que incluso una victoria podía costar tantos hombres, cosechas y animales que acabaría pareciéndose a una derrota.

En una de las cartas escribió:

Padre, la guerra no destruye únicamente ejércitos. Destruye los caminos recorridos por los mercaderes, los campos que alimentan a las familias y la confianza de quienes comercian con nosotros. Incluso los vencedores deben reconstruir aquello que quemaron para poder vencer.

Era una forma de pensar que había aprendido entre los Leones.

En el valle, los acuerdos comerciales también formaban parte de su defensa.

La sal, el hierro, los alojamientos y los caminos unían a pueblos distintos mediante intereses comunes.

Rafan enseñaba que un mercader que cruzaba una frontera llevaba noticias, creaba vínculos y daba a los reyes una razón para no cerrar los caminos.

Adrian también escribió que negociar con Roma no significaba arrodillarse ante ella. Podía significar ganar tiempo, establecer límites e impedir que Dacia se enfrentara a un enemigo cuyos recursos parecían inagotables.

Durante varios días no llegó respuesta.

Cada mañana, Adrian visitaba el lugar donde se recibían las palomas. Fingiendo un interés casual, preguntaba a los cuidadores si algún ave había regresado del norte. Cléra advirtió que cuanto más afirmaba él no estar preocupado, más temprano aparecía ante los palomares.

—Quizá tu padre esté considerando tus palabras —dijo ella.

—O quizá haya quemado mis cartas.

—¿Decébalo haría eso?

—No. Primero obligaría a un consejero a leerlas de nuevo, solo para poder enfadarse por segunda vez.

Cléra sonrió, pero Adrian continuó observando el cielo.

La respuesta llegó una mañana cubierta de niebla. Uno de los cuidadores encontró a la paloma exhausta sobre el tejado del palomar. Atado a su pata había un pequeño cilindro que contenía una tira de pergamino marcada con el sello real de Dacia.

Adrian rompió el sello delante de Cléra. Leyó rápidamente las primeras líneas y luego volvió al principio, como si necesitara asegurarse de no haber interpretado mal las palabras.

—¿Qué ha dicho? —preguntó ella.

El príncipe respiró aliviado.

—Mi padre ha aceptado negociar con Roma.

La noticia se extendió por el castillo y devolvió una calma que el valle había perdido.

Los ejercicios defensivos continuaron, pero sin la misma urgencia.

Las conversaciones en los pasillos se volvieron más ligeras, los mercaderes regresaron a discutir precios en lugar de rutas de huida e incluso los guardias parecían respirar con mayor facilidad.

Era una paz aparente, construida sobre una promesa transportada por un ave. Aun así, todos querían creer en ella.

◆

Adrian hizo más que escribir a su padre.

Antes de enviar cada mensaje, se lo mostraba a Rafan y permitía que Sacandro examinara sus palabras.

Cuando llegaban las respuestas de Decébalo, no intentaba ocultarlas ni resumir únicamente los pasajes que lo favorecían.

Entregaba los pequeños fragmentos de pergamino mientras sus sellos todavía estaban intactos.

Rafan leyó cada línea atentamente.

—Estas cartas fueron escritas entre tu padre y tú. No tenías ninguna obligación de mostrármelas.

—Soy huésped en vuestro reino mientras hablo con otro rey sobre una guerra que puede atravesar vuestras tierras. Ocultar algo sería faltaros al respeto.

Rafan le devolvió el pergamino.

—La transparencia no consiste únicamente en revelar lo que nos favorece. Consiste en permitir que los demás conozcan también aquello que puede despertar dudas. Has comprendido eso siendo muy joven.

—Estoy aprendiendo de los Leones.

—Nosotros solo te mostramos algunas herramientas. Tú decidiste cómo utilizarlas.

Cléra observaba la conversación desde cierta distancia. Sintió orgullo al comprender que su padre ya no trataba a Adrian simplemente como a un joven príncipe confiado al cuidado del reino. Le hablaba como hablaría a un futuro gobernante.

Adrian había demostrado diplomacia al convencer a Decébalo de negociar, madurez al reconocer los peligros de la guerra y credibilidad al compartir las cartas sin que nadie se lo exigiera.

La admiración de Cléra crecía más deprisa que su valor.

Adrian daba señales difíciles de ignorar.

Buscaba su compañía durante las comidas, reducía el paso para que pudieran caminar juntos y parecía olvidar lo que decía cuando sus miradas permanecían unidas demasiado tiempo.

Cuando Cléra se acercaba, la rigidez abandonaba sus hombros y su voz se volvía más cuidadosa.

Aun así, ninguno de los dos había hablado con claridad de lo que sentía. Y las señales, por inequívocas que parecieran, no eran promesas.

Aquella noche, Cléra buscó a Liandra en los aposentos reales. La reina se quitaba los adornos del cabello frente a un espejo de bronce.

—Necesito hablar contigo.

Liandra encontró la mirada de su hija en el reflejo.

—¿Sobre el príncipe dacio?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque has cerrado la puerta antes de empezar.

Cléra se sentó junto a su madre.

—Creo que me estoy enamorando de él.

Liandra no mostró sorpresa. Simplemente tomó la mano de su hija y esperó.

—Cuando Adrian llegó, solo lo veía como un joven cortés e interesante. Después empecé a admirar la forma en que trata a las personas, cómo escucha a Sacandro y acepta las correcciones de Ling. Ahora veo cómo afronta algo que podría destruir su reino sin fingir que no siente miedo.

—No te has sentido atraída únicamente por lo que muestra cuando todo va bien —observó Liandra—. Estás viendo en quién se convierte frente a la adversidad.

Cléra asintió.

—Pero no sé si él siente lo mismo.

Liandra contuvo una sonrisa.

—¿No lo sabes?

—Hay algunas señales. Busca estar cerca de mí, toma mi mano cuando caminamos, se pone nervioso cuando nota que lo observo y a veces olvida lo que iba a decir.

—Muy difícil de interpretar, sin duda.

—Madre, hablo en serio.

—Yo también. Un príncipe capaz de negociar con Decébalo, hablar con Rafan y soportar el entrenamiento de Ling pierde la capacidad de hablar cuando mi hija lo mira. No hay muchas explicaciones posibles.

Cléra sonrió, pero su inquietud permaneció.

—¿Y si solo estoy viendo lo que deseo ver?

Liandra abandonó el tono juguetón.

—Ese miedo es natural. Cuando nuestro corazón desea una respuesta, cada gesto parece confirmarla o negarla. Por eso las señales no pueden bastar para siempre. En algún momento, uno de los dos tendrá que convertir esos gestos en palabras.

—Tengo miedo de que él no corresponda a mis sentimientos.

—¿Y el silencio te protegerá de eso? Mientras no hables, conservarás la esperanza, pero también conservarás la duda. No hay valor en el amor sin la posibilidad de resultar herido.

Liandra acarició el rostro de su hija.

—No necesitas correr hacia Adrian y exigirle una declaración. Simplemente permítele comprender que será recibido con sinceridad. A veces la otra persona también guarda silencio porque teme que sus sentimientos no sean correspondidos.

Cléra pensó en las manos de Adrian buscando las suyas, en las miradas interrumpidas y en las palabras olvidadas.

—¿Crees que siente algo por mí?

—Creo que el príncipe dacio muestra por ti un interés que ya no consigue ocultar.

Cléra abrazó a su madre. Cuando salió de los aposentos, todavía sentía miedo, pero ya no confundía aquel miedo con una advertencia para retroceder.

◆

Después de que su hija se marchara, Liandra encontró a Rafan en la biblioteca, todavía sentado ante los mapas.

—Necesito hablar contigo sobre Cléra.

El rey levantó la mirada de inmediato.

—¿Ha ocurrido algo?

—Se está enamorando de Adrian.

Rafan apartó las manos del mapa.

—¿Te lo ha dicho ella?

—Dijo que cree que se está enamorando. Todavía teme que él no sienta lo mismo.

—¿Adrian ha hecho algo?

—Le ha mostrado respeto, madurez, honestidad e interés. Hasta donde sé, todavía no son delitos en nuestro reino.

—Quizá fue un error permitirles pasar tanto tiempo juntos.

—No empieces.

—Puedo cambiar sus horarios de estudio.

Liandra cruzó los brazos.

—¿Piensas separarlos?

—Pienso evitar que nuestra hija sufra.

—Saber que existe un riesgo no disminuye sus consecuencias, pero le da a Cléra el derecho de decidir si desea afrontarlo. Ya es una joven capaz de decidir si quiere permanecer en el jardín incluso cuando el tiempo amenaza con cambiar.

Rafan caminó hasta la ventana.

—Hablaré con Adrian.

—No lo harás.

—Será solo una conversación informal.

Liandra rio.

—Eres el padre de Cléra, el rey de este valle y el hombre que puede enviar a Adrian de regreso a Dacia. No existe una conversación informal cuando cierras una puerta delante de un joven interesado en tu hija.

—Puedo ser discreto.

—Reuniste a tres consejeros y pasaste días simulando una invasión que todavía no ha ocurrido. La discreción no es tu mayor virtud cuando intentas proteger a tu familia.

Rafan volvió a sentarse.

—¿Entonces debo fingir que no noto nada?

—Debes esperar hasta que ellos comprendan lo que sienten. Si intervienes ahora, podrías convertir un afecto genuino en una obligación o destruir algo que apenas ha comenzado.

—¿Y si desean estar juntos?

—Entonces hablaremos con ambos. Después, si ese es su deseo, podremos discutir con Anna y Decébalo un acuerdo que respete a los dos reinos.

—Roma podría interpretar esa unión como una alianza militar.

—Resolveremos ese problema cuando llegue el momento.

Rafan contempló las piezas sobre el mapa.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces, simplemente seremos los padres de una joven que está descubriendo su propio corazón.