Los Leones de la Montaña CAPÍTULO VIII #4
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CAPÍTULO VIII #4

—No dije que la muerte no dejara ausencia. Dije que no es el final.

Cléra esperó a que explicara.

—En mi tierra creemos que una persona muere por primera vez cuando su cuerpo deja de respirar —continuó Adrian—. Pero existe una segunda muerte, mucho más definitiva.

—¿Cuál?

—Cuando su nombre se pronuncia por última vez y nadie recuerda quién fue.

Cléra volvió los ojos hacia él.

—Por eso celebramos a quienes han partido. Reunimos a la familia, contamos sus historias, repetimos sus bromas y preparamos la comida que les gustaba. Algunos cantan. Otros ríen al recordar cosas que los muertos habrían preferido que se olvidaran.

—¿Reís durante el duelo?

—También lloramos. Celebrar no significa fingir que la pérdida no duele. Significa negarse a permitir que la tristeza sea el único recuerdo que esa persona deje.

Cléra contempló sus manos.

—Entonces, mientras lo recordemos...

—Tu abuelo seguirá viviendo en todo lo que enseñó. En las decisiones de Rafan, en los jardines que plantó, en las historias de Sacandro y en la forma en que cuidas a quienes amas.

Adrian se tocó el pecho.

—Ahora también está dentro de mí.

Cléra lo observó sorprendida.

—¿Dentro de ti?

—Fue él quien me permitió entrar cuando pensé que aquel momento pertenecía únicamente a la familia. Me llamó para que me acercara, me hizo reír y después me amenazó porque te había tomado de las manos.

Cléra esbozó su primera sonrisa del día.

—No te amenazó.

—Dijo que nos estaba vigilando. En Dacia, eso se consideraría una amenaza.

—Para él era una bendición.

Adrian reflexionó unos instantes.

—Entonces así prefiero recordarlo.

Cléra volvió los ojos hacia el río.

—Mi abuela solía obligarlo a bañarse.

—Esa historia sin duda impedirá que sea olvidado.

Ella rio, aunque nuevas lágrimas recorrieron su rostro.

Esta vez Adrian no intentó detenerlas.

—Gracias —dijo Cléra.

—¿Por qué?

—Por no limitarte a decir que todo saldrá bien.

Adrian acercó su mano a la de ella sobre la piedra.

—No sé cuándo todo estará bien. Pero puedo permanecer a tu lado hasta que lo esté.

Cléra entrelazó sus dedos con los de él.

Aquella vez no fue el miedo lo que unió sus manos.

Permanecieron juntos, observando el río seguir su curso más allá de las montañas.

Adrian continuó hablando de las costumbres de su tierra.

Le contó que algunas familias encendían hogueras durante las noches de recuerdo y que los ancianos repetían las historias hasta que los niños podían contarlas por sí solos. También habló de las montañas de Dacia, de sus fortalezas rodeadas de bosques y de los ríos que atravesaban sus valles.

Cléra escuchaba, pero una parte de sus pensamientos ya había tomado otro camino.

Recordó una conversación con Liandra muchos años atrás, cuando habían comenzado los primeros comentarios sobre posibles matrimonios.

Su madre le había dicho que un buen esposo no se definía por la sangre, la riqueza ni el título que llevara.

—La nobleza puede colocar a dos personas ante un altar —le había enseñado Liandra—. Pero solo la afinidad, la admiración y el respeto mutuo pueden mantenerlas unidas después de que todos los invitados se hayan marchado.

En aquel entonces, Cléra había considerado aquellas palabras simplemente otra lección para un futuro lejano.

Ahora lo comprendía.

Adrian era un príncipe, pero no era eso lo que despertaba su interés. Lo admiraba porque ayudaba a los sirvientes sin buscar reconocimiento, aceptaba las enseñanzas de Ling, hablaba con Sacandro sin fingir que lo sabía todo y trataba sus sueños como cosas dignas de ser escuchadas.

Cuando Cléra hablaba, él no se limitaba a esperar su turno para responder.

La escuchaba.

Adrian todavía describía una celebración de su tierra cuando advirtió que ella lo observaba.

—¿Ocurre algo? —preguntó.

—No.

—Entonces ¿por qué me miras así?

Cléra no apartó la mirada.

—Estoy escuchando.

La respuesta pareció ponerlo más nervioso que cualquiera de las provocaciones de Ling.

—¿Estaba hablando demasiado?

—Quizá.

—Puedo guardar silencio.

—No quiero que lo hagas.

Adrian intentó retomar la historia, pero había perdido el hilo. Cléra lo notó y sonrió.

—Me has hecho olvidar lo que estaba diciendo.

—Entonces estamos en paz. Desde que llegaste, tú también me has hecho olvidar varias cosas.

—¿Qué cosas?

Cléra pensó en Cornelius, en las cartas de Roma y en el futuro que otros habían comenzado a dibujar para ella.

—Cosas que quizá no eran tan importantes como imaginaba.

Adrian no lo comprendió del todo, pero la mirada de Cléra ya no ocultaba aquello que sus palabras evitaban revelar.

Todavía no llamaría amor a aquel sentimiento.

Sin embargo, por primera vez imaginó que el joven sentado a su lado reunía precisamente aquello que Liandra consideraba más raro en una unión: suficiente afinidad para compartir el camino, suficiente admiración para seguir aprendiendo el uno del otro y suficiente respeto para que ninguno necesitara caminar detrás del otro.

Cléra apretó suavemente la mano de Adrian.

Y él, que soportaba los golpes de Ling intentando demostrar valor, no encontró valor alguno para preguntar qué significaba aquel gesto.

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