Los Leones de la Montaña CAPÍTULO VIII #3
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CAPÍTULO VIII #3

Detrás de ellos, la jaula permaneció abierta. Delante, el sendero descendía entre los árboles.

Por primera vez desde la muerte del Rey-Avô, se permitieron avanzar hacia algo que no fuera una despedida.

◆

Mientras Cléra y Adrian seguían el sendero, Ling permaneció en los jardines.

Estaba ante la espada clavada en el lugar donde se habían esparcido las últimas cenizas del Rey-Avô. El viento mecía las flores alrededor de la hoja.

Rafan y Sacandro se acercaron.

Ninguno habló durante un momento.

—Se habría quejado de la posición de la espada —dijo Rafan—. Diría que su sombra perjudica a los rosales.

—Y después la movería él mismo durante la noche —añadió Sacandro.

Ling tocó la tierra con la punta de su bastón.

—Entonces pasarías la mañana discutiendo sobre quién había desobedecido las órdenes del rey.

Rafan sonrió, pero la expresión desapareció pronto.

—El castillo está silencioso sin él.

Ling contempló la espada.

—El silencio no significa ausencia. A veces es simplemente la forma que encuentra una presencia para permanecer.

Sacandro reparó en una pequeña bolsa de viaje junto al árbol. Contenía algunas prendas, hierbas secas y varias pertenencias personales.

—Te estás preparando para marcharte —concluyó.

Rafan miró de inmediato al monje.

—¿Marcharte?

Ling asintió.

—Mi misión en la tierra de los Leones se ha cumplido.

—¿Qué misión? —preguntó Rafan.

Durante todos aquellos años, Ling rara vez había hablado de las razones que lo mantenían en el reino. Solo decía que todavía intentaba comprender qué clase de hombre compraría a un prisionero únicamente para dejarlo libre.

—Cuando tu padre abrió mi jaula, podría haber seguido el camino —explicó—. Pero hombres como él eran escasos. Comprendí que su vida debía ser lo bastante larga para que aquello que llevaba dentro pudiera pasar a otros.

Ling miró a Rafan.

—Me quedé para protegerlo. Primero de sus enemigos. Después de los venenos, las enfermedades, su propia obstinación y todo aquello que intenta vencer a un hombre antes de que su historia esté completa.

Rafan bajó la mirada.

—Entonces, durante todos estos años...

—No me quedé por los quince sacos de sal. Me quedé porque un buen rey debe vivir el tiempo suficiente para enseñar a otros a ser mejores que él.

Sacandro dirigió los ojos hacia la espada rodeada de flores.

—¿Y ahora crees que su historia está completa?

—Ninguna historia está completa mientras alguien siga aprendiendo de ella. Pero la parte que me correspondía ha terminado.

Rafan dio un paso hacia él.

—No tienes que marcharte. Esta también es tu tierra.

—Lo sé.

—Entonces quédate. Sigue entrenando a mis hijas. Enseña a Adrian, aconseja a Sacandro, discute conmigo. Tu hogar está aquí.

Ling miró hacia la casa sin paredes, visible entre los árboles.

—Mi hogar siempre ha estado allí donde podía proteger a tu padre.

—Podemos construir otro. Con paredes, si por fin has adquirido algo de sensatez.

Ling estuvo a punto de sonreír.

—Las paredes no impiden que entre la añoranza.

Rafan sujetó el brazo del monje.

—Eres parte de esta familia.

—Por eso me despido como alguien que espera ser recordado, no como un extraño que huye durante la noche.

La voz de Rafan perdió firmeza.

—Ya he perdido a mi padre. No me obligues a perderte también.

Ling colocó una mano sobre la suya.

—Tu padre no se ha perdido. Permanece en tus decisiones, en las hijas que criaste, en la gente que vino a despedirse de él e incluso en los rosales que nadie sabe cuidar correctamente.

Sacandro vio que Rafan todavía buscaba algún argumento capaz de convencerlo de quedarse.

—¿Cuándo piensas partir? —preguntó.

—Cuando llegue una caravana de mercaderes de seda.

Rafan frunció el ceño.

—Eso podría tardar meses.

—Entonces permaneceré aquí varios meses.

—¿Por qué una caravana?

—Cruzar solo las tierras de Oriente sería ofrecer mi vida a ladrones, soldados y señores que venden hombres en jaulas. Entre los mercaderes viajaré con guardias, animales y personas que conocen las rutas.

—¿Confías en ellos?

—Confío en uno de los mercaderes. Ha atravesado este valle muchas veces y comerciaba con tu padre. Viaja a las tierras más allá de Partia y conoce a hombres que se aventuran todavía más al este. Con él podré cruzar con seguridad la primera parte del camino.

Rafan respiró con cierto alivio.

—Entonces todavía tenemos tiempo.

—Tenemos el tiempo que el camino nos conceda.

—¿Seguirás entrenando a las muchachas hasta entonces?

Ling miró hacia el campo de entrenamiento.

—Seguiré enseñando mientras haya alguien dispuesto a caer.

—Adrian todavía cae con suficiente frecuencia —comentó Sacandro.

—Entonces quizá convenga retrasar la caravana.

Rafan rio por primera vez desde el funeral.

Después abrazó a Ling.

El monje permaneció inmóvil, sorprendido. Alzó los brazos con cierta vacilación y correspondió al abrazo.

—Mi padre solía llamarte un hombre caro —dijo Rafan.

—Tu padre decía muchas insensateces.

—Pero nunca lamentó los quince sacos.

Ling miró una vez más hacia la espada.

—Yo tampoco.

Sacandro se acercó y apoyó una mano sobre el hombro de su amigo.

Los tres permanecieron ante el lugar donde descansaba el anciano rey.

Ling se marcharía.

No aquel día ni al siguiente. Esperaría la llegada de la caravana y todavía habría tiempo para entrenamientos, conversaciones y despedidas.

Pero desde aquella mañana, Rafan y Sacandro comprendieron que cada encuentro con el monje se convertiría también en una silenciosa cuenta de los días que quedaban.

◆

Cléra condujo a Adrian por un estrecho sendero que descendía entre los árboles.

El camino terminaba en una pequeña elevación desde la que se veía el río curvarse alrededor del valle. No había torres, murallas ni tejados cercanos. Solo el sonido del agua, el viento entre las hojas y las montañas cerrando el horizonte.

—Venía aquí cuando era niña —le contó Cléra—. Siempre que quería esconderme de mis hermanas.

—¿Y nunca te encontraban?

—Sí. Pero fingían que no, porque ellas también querían escapar de sus lecciones.

Adrian sonrió.

Se sentaron sobre una piedra ancha. Cléra contempló en silencio el curso del río durante un momento. En lugar de aliviarla, la tranquilidad del lugar pareció despojarla de las últimas defensas que ocultaban su tristeza.

—Lo echaré de menos —dijo.

Adrian guardó silencio.

—Hoy, cuando desperté, pensé que encontraría a mi abuelo en los jardines. Durante un instante olvidé todo lo que había ocurrido. Después recordé que había muerto.

La última palabra salió con dificultad.

Adrian contempló el río.

—La muerte no es el final.

Cléra frunció el ceño.

—¿Cómo puedes decir eso? Nunca volveré a escuchar su voz. Nunca lo veré discutir con Ling ni quejarse de los rosales.