CAPÍTULO VIII
Cuando un león descansa
A la mañana siguiente, Ling entró en las habitaciones del Rey-Avô antes de las primeras luces del alba.
Esperaba encontrarlo despierto, quejándose del sabor de la infusión o planeando otra escapada a los jardines.
Llevaba un cuenco con agua tibia, varias hierbas y su inseparable bastón. La lámpara junto a la ventana seguía encendida.
El anciano rey parecía dormido.
Yacía inmóvil, cubierto hasta el pecho, con el rostro vuelto hacia las flores que Cléra y Adrian habían llevado. Su respiración ya no requería esfuerzo alguno. Ninguna tos perturbaba el silencio.
Ling dejó el cuenco sobre la mesa.
—Es hora de despertar.
El Rey-Avô no respondió.
Ling se acercó, buscó su pulso y después apoyó una mano sobre su pecho. Permaneció inmóvil durante largo rato, aunque ya sabía que no encontraría ningún movimiento.
Su viejo amigo había partido mientras dormía.
Sin dolor, sin miedo y sin tener que admitir ante nadie que estaba cansado.
Ling acomodó la manta sobre sus hombros y retiró una pequeña ramita seca que había quedado atrapada en su cabello desde el paseo por los jardines.
—Quince sacos de sal —murmuró—. Y aun así te marchaste sin pagar tu deuda.
Por primera vez, su voz se quebró.
Ling se sentó junto a la cama. No lloró de inmediato. Simplemente permaneció allí, sosteniendo la mano del hombre que una vez había abierto su jaula y señalado un camino hacia la libertad.
Cuando el sol comenzó a iluminar las montañas, el monje llamó a los guardias.
◆
Rafan fue el primer miembro de la familia en entrar.
Se acercó lentamente, como si cada paso pudiera confirmar aquello que todavía intentaba negar. Cuando vio a su padre inmóvil, se arrodilló junto a la cama.
Durante unos instantes, no fue el Rey León. Fue únicamente un hijo ante el hombre que le había enseñado a blandir una espada, escuchar a su pueblo y reconocer cuándo había llegado el momento de entregar la corona.
—Todavía necesitaba tus consejos —dijo, con la voz quebrada.
Liandra apoyó las manos sobre los hombros de su esposo. Ella también lloraba, pero permaneció junto a él, sosteniéndolo cuando sintió que sus fuerzas flaqueaban.
Las princesas llegaron juntas.
Melina se detuvo en la puerta y negó con la cabeza, como si todavía pudiera rechazar la verdad. Lóra se cubrió la boca para contener los sollozos.
Cléra se acercó a la cama.
—¿Abuelo?
Le tocó el rostro y sintió que el frío comenzaba a sustituir su calor.
—Dijiste que todavía no habías decidido...
No pudo terminar.
Se inclinó sobre su abuelo y rompió a llorar como no lo hacía desde niña. Lóra y Melina se acercaron y abrazaron a su hermana. Las tres permanecieron unidas ante el hombre que las había llamado sus pequeñas leonas y convertido cada reprimenda en una historia.
Adrian observaba desde el corredor.
Esta vez no entró hasta que Rafan levantó los ojos y le hizo un gesto silencioso.
El príncipe se acercó a Cléra, pero no intentó apartarla de su familia ni interrumpir su dolor. Simplemente se quedó a su lado.
Cuando ella buscó su mano, Adrian se la ofreció.
Sacandro fue el último en llegar. Retiró el pequeño estuche de escritura sujeto a su cinturón y se arrodilló ante el antiguo rey.
—Algunos hombres gobiernan durante muchos años y no dejan tras de sí una sola frase digna de ser preservada —dijo—. Él entregó la corona y, aun así, nunca dejó de enseñar.
Ling se quedó junto a la ventana.
Rafan se acercó a él.
—¿Sufrió?
—No.
—¿Tuvo miedo?
—No estaba solo. Se durmió mirando las flores que Cléra y Adrian le llevaron. Su familia estaba cerca y ayer regresó a los jardines.
Rafan cerró con fuerza los ojos para contener otra lágrima.
—Gracias por permanecer con él.
Ling miró a su amigo fallecido.
—Por eso me quedé.
◆
Las campanas del castillo repicaron lentamente.
No anunciaban una invasión, la llegada de mensajeros ni una llamada al trabajo. Cada toque atravesaba el valle como una voz pesada.
Los habitantes interrumpieron lo que estaban haciendo. Los herreros se apartaron de sus fraguas. Los mercaderes bajaron la voz. Los campesinos se quitaron los sombreros y miraron hacia las torres.
Poco después, la noticia pasó de casa en casa:
El Rey-Avô había encontrado por fin descanso.
Las puertas del castillo permanecieron abiertas.
El cuerpo del Rey-Avô fue colocado en el gran salón, cubierto con el antiguo manto real que había dejado a un lado cuando entregó la corona a Rafan. Sobre su pecho descansaban el broche del león y unas pequeñas tijeras de jardín.
No sostenía ninguna espada.
Rafan había decidido que su padre debía ser recordado tal como había elegido vivir sus últimos años: no únicamente como el guerrero que había defendido las montañas, sino como el hombre que prefería cuidar aquello que seguiría creciendo después de él.
Los primeros habitantes llegaron aquella misma mañana.
Después vinieron otros.
Antes del mediodía, una larga fila ya cruzaba el patio y llegaba hasta las puertas. Hombres y mujeres esperaban en silencio para entrar en el salón. Algunos llevaban flores. Otros traían ramas, pequeños sacos de semillas o puñados de tierra tomados de sus propios campos.
Los ancianos recordaban la época en que todavía reinaba. Contaban cómo el rey había escuchado disputas entre vecinos, abierto los graneros durante inviernos difíciles y se había negado a abandonar aldeas amenazadas.
Los jóvenes lo conocían como el anciano de los jardines, siempre manchado de tierra, quejándose de los rosales y ofreciendo fruta a los niños cuando creía que nadie lo observaba.
Una mujer se acercó a Rafan.
—Cuando murió mi esposo, vuestro padre permitió que mi familia permaneciera en la tierra hasta la cosecha —le contó—. Dijo que un reino no podía exigir fortaleza a alguien que todavía estaba aprendiendo a soportar el dolor.
Se inclinó ante el cuerpo.
Después llegó un herrero.
—Entró en mi taller cuando yo era aprendiz y pasó toda una mañana enseñándome a reparar una herramienta. Solo después descubrí que aquel viejo cascarrabias era el rey.
Un campesino llevó un pequeño saco de sal y lo depositó entre las flores.
—Mi abuelo solía decir que este rey conocía el valor de la sal y el valor de un hombre.
Ling observó la ofrenda, comprendiendo su significado.
A lo largo del día, fueron depositando más sacos junto al antiguo manto. Cuando llegó el decimoquinto, el monje bajó la cabeza.
Cléra lo advirtió.
Se acercó y tomó su brazo.
—Él nunca creyó realmente que le debieras nada.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué seguía contando esa historia?
Ling contempló el rostro sereno de su viejo amigo.
—Porque era su manera de recordar el día en que nos conocimos sin tener que decir que se alegraba de que yo me hubiera quedado.
Cléra apoyó la cabeza en el hombro del monje.
Entonces una lágrima recorrió el rostro de Ling.
Solo una.
Pero Cléra comprendió que dentro de aquel hombre silencioso habitaba un dolor tan profundo como el duelo de toda la familia.
Durante horas, la gente siguió llegando.
Nadie había recibido la orden de asistir. Ningún decreto había impuesto luto, silencio ni reverencia. Aun así, los habitantes esperaban pacientemente la oportunidad de entrar, inclinarse ante el antiguo rey y darle las gracias.
Algunos apoyaban un puño cerrado sobre el pecho.
Otros se arrodillaban.
Muchos simplemente permanecían ante él en silencio, incapaces de encontrar palabras suficientes.
Mientras observaba la fila que atravesaba el patio, Adrian comprendió por fin por qué aquel pueblo se llamaba a sí mismo los Leones de la Montaña.
No era por sus murallas, sus guerreros ni las historias difundidas para asustar a los invasores.
Era porque no abandonaban a los suyos.
Rafan permaneció junto a su padre durante todo el día. Cuando el último habitante abandonó el salón y la noche cubrió el valle, se acercó una vez más al cuerpo.
Se quitó su propia corona y la dejó sobre la mesa.
—Descansa, mi rey —murmuró—. Yo cuidaré de ellos.
Afuera, miles de pequeñas luces permanecían encendidas frente a las casas.
Aquella noche, todo el valle veló al hombre que había entregado la corona sin dejar jamás de ser rey.
◆
Al amanecer, el pueblo se reunió frente a los jardines del castillo.
El cuerpo del Rey-Avô descansaba sobre una plataforma de madera cubierta con ramas de pino, flores y hojas recogidas de árboles que él mismo había plantado. Vestía el antiguo manto real, pero no llevaba corona. Sobre su pecho descansaba únicamente el broche del león.
Rafan permanecía ante su padre.
Liandra y las princesas estaban detrás de él. Adrian ocupaba un lugar discreto junto a la familia. Sacandro mantenía la cabeza inclinada, mientras Ling permanecía cerca del cuerpo de su viejo amigo, inmóvil como un centinela.
Dos guardias entraron llevando un antiguo escudo redondo.
En el centro estaba el rostro de un león modelado en metal oscurecido. A su alrededor, formando la melena, mechones de cabello y barba habían sido reunidos en pequeñas trenzas, protegidas por finas bandas de bronce y conservadas con ceras y resinas preparadas por los artesanos del reino.
Cada mechón había pertenecido a un Rey León.
Algunos eran claros, otros oscuros. Los más antiguos habían perdido casi todo su color. Juntos, sin embargo, formaban una espesa melena alrededor del rostro metálico.
Adrian nunca había visto nada semejante.
—Es el Escudo de las Melenas —explicó Sacandro en voz baja—. Guarda una parte de cada rey que gobernó antes de Rafan.
El Rey León se acercó a su padre y apoyó una mano sobre su frente.
Después pronunció varias palabras en la antigua lengua de sus antepasados. Pocos comprendían todavía aquella lengua, pero todos reconocieron que eran una despedida.
Sacandro tradujo en voz baja:
—Padre de mi sangre, rey de mi pueblo, ve sin miedo. Tu fuerza permanece en nosotros.
Rafan extrajo de su cinturón una pequeña daga ceremonial. Su mano vaciló un instante antes de acercarse a la larga barba blanca de su padre.
Eligió un mechón cercano al pecho del anciano y lo cortó con cuidado.
El sonido de la hoja atravesando los cabellos pareció más fuerte de lo que debería.