CAPÍTULO V #3
—Intenté convencer a Trajano de que una Dacia libre y próspera es importante para toda la región.
Vuestros campos, fortalezas y guerreros forman una barrera contra las invasiones procedentes del Este.
Si Roma destruye vuestro reino, se encontrará con pueblos nómadas que ningún tratado obliga a permanecer detrás de una frontera.
—Entonces Trajano debería agradecer que existamos.
—Los emperadores rara vez agradecen una protección que no controlan.
Decébalo levantó los ojos.
—¿Qué me estás pidiendo, Rafan?
—Que busques una solución diplomática mientras todavía puedas negociar como rey. Acepta concesiones, ofrece garantías y renueva los tratados. Dale a Trajano algo que pueda presentar ante el Senado como una victoria antes de que decida conquistarla con sangre.
—¿Me aconsejas que me rinda?
—Te pido que preserves a tu pueblo.
Decébalo se apartó de la mesa.
—Un rey que se arrodilla para salvar a su pueblo puede descubrir, cuando se levante, que ya no tiene un pueblo libre que gobernar.
—Y un rey que nunca se arrodilla puede terminar gobernando únicamente a los muertos —respondió Rafan.
Sacandro bajó la mirada. Ling permaneció inmóvil, pero observaba atentamente al rey dacio.
Decébalo tocó la empuñadura de su espada.
—Consultaré a mis consejeros.
Las palabras sugerían prudencia. Sus ojos, sin embargo, ya contenían una decisión.
Rafan la vio. Sacandro también. Ling lo había comprendido antes que ambos.
Decébalo preferiría perder su corona, su reino y su propia vida antes que permitir que Roma lo exhibiera como un rey sometido.
Cuando salió de la biblioteca, Ling se acercó al mapa.
—No aceptará.
—Todavía no ha respondido —dijo Sacandro.
Ling retiró la pieza que representaba a Decébalo y la colocó frente a las águilas romanas.
—Algunas respuestas se dan con los ojos.
Rafan siguió ante la mesa.
—Entonces debemos seguir buscando una forma de salvar a Dacia de Roma y a Decébalo de sí mismo.
◆
En el patio, Anna sostuvo a Adrian en un largo abrazo.
—Estudia con Sacandro, entrena con Ling y escucha a Rafan —le aconsejó—. Pero no intentes convertirte en un León de la Montaña tan deprisa que olvides que eres dacio.
—No lo olvidaré.
—Escribe siempre que puedas.
—Lo haré.
Decébalo se acercó a su hijo. Se quedaron frente a frente unos instantes, sin saber si hablar como rey y heredero o como padre e hijo.
El rey apoyó las manos sobre los hombros de Adrian.
—Conoce a este pueblo. Aprende su lengua, sus estrategias y la forma en que construyen alianzas. Un príncipe no debe estudiar únicamente aquello que le ayuda a ganar guerras. También debe aprender lo que puede evitarlas.
—Te honraré, padre.
—Primero honra aquello en lo que crees. De lo contrario, cualquier honor que me ofrezcas será simple obediencia.
Decébalo abrazó a su hijo.
Cuando se apartó, Anna vio a Cléra esperando con sus hermanas cerca de los escalones. Se acercó y tomó las manos de la joven.
—Adrian todavía no conoce los caminos de este valle.
—Nos aseguraremos de que no se pierda —prometió Cléra.
Anna dirigió una breve mirada a Liandra.
—Eso es precisamente lo que espero.
Sonaron las trompetas. Las puertas se abrieron y la comitiva comenzó a partir. Decébalo y Anna cabalgaban al frente, acompañados por consejeros, soldados y sirvientes. Adrian permaneció junto a Rafan y Liandra mientras los estandartes dacios desaparecían entre las montañas.
Cuando el último jinete abandonó el valle, Melina se acercó a Cléra.
—Pareces muy triste por la partida de los dacios.
—Estoy triste. Fueron huéspedes agradables.
Lóra miró a Adrian, que conversaba con Sacandro a varios pasos de distancia.
—Qué pena que todos hayan tenido que marcharse.
Cléra intentó ocultar su sonrisa.
—No todos.
—Así que eso es lo que ha puesto tan feliz a nuestra hermana —dijo Melina.
—Estoy feliz porque Adrian se quedará a estudiar con nosotros.
—Naturalmente —respondió Lóra—. Tu alegría está enteramente dedicada a su educación.
—Sacandro siempre dice que debemos celebrar cuando alguien busca conocimiento.
Melina tomó a su hermana del brazo.
—¿Y piensas ayudarlo a estudiar todos los días?
—Si es necesario.
—¿Por la mañana y por la tarde?
—Si Sacandro lo pide.
—Quizá también por la noche, cuando las lámparas estén encendidas —añadió Lóra.
Cléra se soltó de ellas.
—Vosotras dos sois insoportables.
—No lo negó —observó Melina.
Ambas comenzaron a reír.
Cléra caminó hacia el castillo, esforzándose por parecer indiferente. Antes de llegar a los escalones, miró atrás.
Adrian también la estaba observando.
Él sonrió. Cléra respondió casi sin darse cuenta y reanudó el paso antes de que sus hermanas pudieran interpretar demasiado aquel gesto.
—Todos los días —murmuró Lóra.
—Verá al príncipe todos los días —repitió Melina, canturreando las palabras.
Cléra aceleró el paso, ocultando la sonrisa. Todavía no amaba a Adrian. Apenas había comenzado a conocerlo. Pero la perspectiva de encontrarlo en la biblioteca, durante los entrenamientos y por los caminos del valle ya hacía que el día siguiente pareciera más interesante.
Detrás de ella, sus hermanas reían. Delante, las puertas de la biblioteca permanecían abiertas.
Por primera vez, Cléra comprendió que la rutina del castillo nunca volvería a ser la misma. Y aquella idea no le produjo tristeza alguna.
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