CAPÍTULO V #2
—Mi hijo intentó convencerme de que desea quedarse por los pergaminos.
—¿Y le creíste?
—Creo que realmente desea estudiar. Simplemente no creo que sea su única razón.
Las dos continuaron caminando.
—Sería habitual que un príncipe pasara un tiempo en la corte de un reino aliado —continuó Anna—. Adrian necesita mejorar su latín y comprender las costumbres romanas. Sacandro podría enseñarle. También creo que los métodos de Ling le serían valiosos.
—Y permanecer lejos de la frontera lo mantendría a salvo si Roma avanzara —añadió Liandra.
Anna se detuvo. No necesitaba confirmar lo que ambas comprendían.
—Pediría que mi hijo fuera recibido como estudiante, no como rehén.
—Mientras permanezca en este valle, será tratado como el hijo de una amiga. Pero la decisión también debe ser suya.
—Lo es. Adrian me pidió que hablara contigo.
Liandra reanudó el paso, ocultando una sonrisa.
—Entonces quizá los pergaminos le causaron una impresión aún mayor de lo que imaginaba.
—Naturalmente, fueron los pergaminos —respondió Anna—. Sobre todo aquellos que saben recitar poesía.
◆
Más abajo, cerca de los establos, Adrian oyó reír a las princesas antes de darse cuenta de que las risas iban dirigidas a él.
—¿Un príncipe dacio sabe montar a caballo o tendremos que empezar enseñándole cuál es la cabeza? —preguntó Melina.
—En Dacia solemos montar mirando hacia delante —respondió Adrian—. Pero puedo aprender las costumbres de las montañas.
Lóra abrió las puertas del establo.
—No le des ideas a Melina. Intentará montar de espaldas solo para demostrar que puede hacerlo.
—Ya lo intenté —dijo Melina.
—Y te caíste.
—El caballo cambió de dirección sin avisarme.
Cléra caminaba varios pasos por delante. Al oírlos, se volvió sonriendo.
—Estos son nuestros caballos. No pertenecen únicamente a la guardia ni a la familia real. Cada uno de nosotros cuida del animal que monta.
Adrian se acercó a un gran caballo castaño. Antes de tocarlo, dejó que el animal oliera su mano. Cléra advirtió su cautela.
—No suele confiar rápidamente en los desconocidos.
—En Dacia aprendemos que los caballos y los hombres tienen eso en común.
Al fin, el animal permitió que Adrian le acariciara el cuello.
—Parece que le gustas —dijo Cléra.
—Quizá haya oído que pretendo quedarme un tiempo en el valle.
Las tres hermanas se volvieron hacia él. Cléra fue la primera en preguntar:
—¿Quedarte?
—Si nuestros padres están de acuerdo. Quiero estudiar latín con Sacandro y aprender los métodos de Ling.
—¿Solo por eso? —preguntó Lóra.
Adrian miró a Cléra antes de responder:
—Eso es lo que le dije a mi madre.
Melina y Lóra intercambiaron una mirada divertida. Cléra se limitó a acariciar la crin de su caballo, pero la noticia le produjo una alegría inesperada.
—Entonces te compadezco —dijo—. Sacandro asigna más pergaminos de los que una persona puede leer, y Ling considera que el amanecer es una señal de que ya llegamos tarde.
—Parece difícil.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
Adrian sonrió.
—Crucé las montañas para llegar hasta aquí. No huiré por unos cuantos libros y un viejo monje.
Aquella mañana, tres conversaciones tuvieron lugar al mismo tiempo en el Valle de los Leones.
En la biblioteca, dos reyes se preparaban para enfrentarse al mayor imperio del mundo. En los jardines, dos madres decidían confiarse mutuamente el futuro de sus hijos. Y frente a los establos, Cléra y Adrian descubrían que deseaban pasar más tiempo juntos.
◆
A la mañana siguiente, la comitiva dacia se preparó para partir.
Los carros fueron cargados, los caballos recibieron agua y se distribuyeron provisiones para la travesía. En el patio, sirvientes de ambos reinos se despedían como si la visita hubiera durado semanas en lugar de apenas unos días.
Antes de que se abrieran las puertas, Rafan y Decébalo se encontraron una última vez ante el mapa de la biblioteca. Sacandro y Ling siguieron la conversación en silencio.
Decébalo todavía no había respondido a las propuestas que le habían presentado.
—Debo consultar a mis consejeros —dijo—. Una decisión tomada en esta sala afectaría a cada hombre, mujer y niño de Dacia.
—Lo comprendo —respondió Rafan—. Pero el tiempo disponible para decidir puede ser menor de lo que imaginamos.
El Rey León señaló las piezas que representaban a las legiones.
—Si Trajano ordena la marcha, será casi imposible detenerlas durante mucho tiempo. Roma tiene hombres, caminos, máquinas de guerra y recursos para reemplazar cada legión que pierda.
Decébalo mantuvo los ojos sobre el mapa.
—Los romanos también sangran.
—Así es. Pero un imperio puede perder miles de hombres y enviar miles más. ¿Cuántos puede perder Dacia antes de que en cada hogar haya un muerto al que llorar?
La pregunta quedó sin respuesta.
Rafan acercó una pieza que representaba a los pueblos de las estepas.