Los Leones de la Montaña CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Entre amigos e imperios

Aquella noche, después de que los últimos músicos abandonaran el salón, Adrian se retiró a las habitaciones asignadas a la familia dacia.

Debería haber estado cansado. El viaje por las montañas aún pesaba sobre su cuerpo y el día había contenido tantos descubrimientos que cualquier otro hombre se habría dormido antes de tocar la cama. Adrian, sin embargo, siguió junto a la ventana.

Desde allí podía volver a ver las luces de la biblioteca.

Anna entró sin anunciarse. Encontró a su hijo mirando el edificio iluminado, aunque sospechó que sus pensamientos estaban en otra parte.

—La biblioteca sigue abierta —comentó Adrian.

—Así es.

Anna se acercó a la ventana.

—Es un lugar extraordinario. Nunca había visto tanto conocimiento reunido bajo un mismo techo. Sacandro parece conocer Roma mejor que muchos hombres nacidos dentro de sus murallas.

—También sabe mucho sobre Dacia.

—No tanto como Cléra.

Adrian intentó mostrarse indiferente.

—Estudió algunos poemas.

—Algunos poemas, canciones, relatos antiguos y palabras desconocidas incluso para ciertos consejeros de tu padre.

—Sacandro debe de ser un buen maestro.

Anna contuvo una sonrisa.

—Sin duda. Aunque no vi a Sacandro recitando delante de todo el salón.

Adrian se apartó de la ventana.

—¿Has venido únicamente para hablar de la biblioteca?

—He venido porque mi hijo pasó la noche observando a una joven y ahora intenta convencerme de que le interesaban los estantes que había detrás de ella.

—No pasé la noche observando a Cléra.

—Entonces debo disculparme. Quizá fue solamente durante la canción, el poema, los aplausos y cada vez que cruzó el salón.

Adrian respiró profundamente. Comprendió que cada intento de negarlo solo aumentaría la diversión de su madre.

Anna volvió a ponerse seria.

—Cléra es una joven admirable. Es inteligente, respeta a nuestro pueblo y no repite los prejuicios de Roma. Liandra y Rafan han educado muy bien a sus tres hijas.

—La gente de aquí es diferente.

—¿Diferente de quién?

—De los romanos. Ellos quieren saber qué pueden conquistar. Los Leones parecen querer saber qué pueden preservar.

Anna dirigió de nuevo la mirada hacia la biblioteca.

—Tu padre también lo ha notado.

Adrian tocó uno de los pergaminos que había traído de Dacia.

—Hay mucho que podríamos aprender en este reino.

—Tú más que nadie. Sacandro podría mejorar tu latín. Un príncipe dacio que pretende negociar con Roma debe comprender no solo la lengua de los romanos, sino también las trampas que esconde. Y los métodos de defensa de Ling parecen muy diferentes de los nuestros.

Adrian intentó responder con naturalidad:

—Sería útil para Dacia.

—¿Solo útil?

Vaciló un instante.

—También sería interesante.

Anna caminó con calma hacia la puerta.

—Entonces quizá deberías quedarte aquí durante un tiempo.

Su hijo no pudo ocultar la sorpresa.

—¿Crees que mi padre lo permitiría?

—Los príncipes suelen estudiar en las cortes de reinos amigos. Aprenden lenguas, conocen otras costumbres y forman vínculos que pueden evitar guerras futuras. No sería algo extraño.

—¿Podrías hablar con él?

La pregunta llegó demasiado rápido. Anna arqueó las cejas.

—Pensaba que solo era una posibilidad interesante.

Adrian comprendió que ya no había motivo para fingir indiferencia.

—Habla con mi padre. Y, si acepta, habla también con Rafan y Liandra. Me gustaría permanecer en el valle.

—¿Para estudiar latín con Sacandro?

—Sí.

—¿Y aprender de Ling?

—También.

Anna esperó.

Adrian volvió los ojos hacia las luces de la biblioteca.

—Y para conocer mejor a los Leones.

La reina besó la frente de su hijo.

—Hablaré con tu padre por la mañana.

Antes de marcharse, se detuvo junto a la puerta.

—Solo un consejo, Adrian: no confundas lo que has empezado a sentir con lo que todavía necesitas aprender.

—No he dicho que sienta nada.

—No hacía falta.

◆

En el otro extremo del castillo, Cléra ayudaba a una sirvienta a guardar los instrumentos utilizados durante la presentación cuando Liandra entró en el salón.

La reina había seguido las miradas de Adrian durante toda la noche. No había dicho nada delante de los invitados, pero comprendía el interés de un joven mejor que él mismo.

—Fue una hermosa presentación —dijo Liandra.

—Anna pareció emocionada.

—No solo Anna.

Cléra guardó el pergamino en un pequeño estuche.

—Al rey Decébalo también le gustó.

—No hablaba del rey.

La princesa levantó la mirada.

—¿Adrian?

—El príncipe pasó buena parte de la noche observándote.

—Quizá intentaba comprender mi acento. Pronuncié mal varias palabras.

—Los hombres rara vez miran de esa manera cuando corrigen una pronunciación.

Cléra sonrió, pero no mostró vergüenza ni entusiasmo.

—Fue cortés. Nada más.

—También me pareció un joven cortés. Atento, respetuoso y dispuesto a aprender. Son cualidades poco comunes en cualquier hombre, y todavía más en un príncipe.

—Lo conoces desde hace solo un día.

—Fue suficiente para observar cómo trata a sus padres. Escucha a Decébalo con respeto, pero no parece temerle. También busca la opinión de Anna antes de responder. Un hombre que respeta la inteligencia de su madre difícilmente se sentirá amenazado por la de su esposa.

Cléra cerró el estuche.

—¿Ya has decidido que sería un buen marido?

—Solo he decidido que sería un hombre al que valdría la pena conocer. Es algo muy diferente.

—¿Y los pequeños leones dacios?

Liandra mantuvo la expresión más seria que pudo.

—Eran simplemente una consideración diplomática.

—Naturalmente.

—Imagina niños con el valor dacio, la obstinación de los Leones y un cabello imposible de peinar.

—¡Madre! Conocimos a Adrian ayer.

—Precisamente por eso no estoy hablando de una ceremonia mañana. Solo digo que una corona no convierte a un hombre en un buen pretendiente. El respeto, la atención y el carácter sí pueden hacerlo.

Cléra negó con la cabeza y volvió a los pergaminos.

—Adrian parece una buena persona, pero no he pensado en él de esa manera.

Liandra sabía que su hija hablaba con sinceridad. No había timidez oculta ni intento de esconder un interés. Para Cléra, el príncipe seguía siendo únicamente un huésped admirable perteneciente a un pueblo que ella había estudiado durante años.

—¿Sigues esperando los textos que Cornelius prometió? —preguntó la reina.

Cléra miró la mesa donde solía dejar su correspondencia.

—Prometió enviarme los discursos de Cicerón y varios poemas.

—Los versos pueden revelar interés. El carácter aparece en la vida cotidiana.

—¿Me estás pidiendo que olvide a Cornelius?

—No. Te pido que no elijas a ningún hombre antes de conocerlo. Ni a Cornelius ni a Adrian.

Liandra se acercó y acarició el rostro de su hija.

—No cierres una puerta solo porque todavía no has decidido atravesarla.

Cléra sonrió y guardó el último pergamino.

Aquella noche, Adrian ya deseaba quedarse. Cléra apenas comenzaba a pensar que quizá no le molestaría que lo hiciera.

◆

Al amanecer, antes de que el movimiento de las caravanas volviera a llenar las calles del valle, Rafan y Decébalo recorrieron los corredores del castillo camino de la biblioteca.

Ninguno vestía ropas ceremoniales. Rafan llevaba una capa sencilla sujeta con el broche del león; Decébalo portaba su espada, no como amenaza, sino como una parte de sí mismo. Dos guardias permanecieron fuera cuando entraron.

Sacandro ya esperaba junto a la gran mesa de mapas. Ling permanecía cerca de una ventana, observando cómo la primera luz tocaba las montañas.

Sobre la mesa había piezas que representaban fortalezas dacias, caminos romanos, ríos y pasos conocidos únicamente por los habitantes de la región. Las águilas de madera, guardadas antes de la llegada de los visitantes, habían vuelto a colocarse allí.

Decébalo se detuvo ante el mapa.

—Entonces ya esperabais una guerra.

—Esperábamos que Roma volviera a desear una —respondió Rafan.

Sacandro cerró las puertas y colocó una barra de madera atravesándolas.

—Todo lo que se diga en esta sala permanecerá entre nosotros.

Ling apartó una de las águilas romanas del Danubio y la colocó más cerca del territorio dacio.

—Las palabras también atraviesan puertas cerradas. Hablad solo de aquello que debáis compartir.

Decébalo estudió a los tres hombres. La noche anterior había conocido la hospitalidad de los Leones. Aquella mañana conocería sus secretos.

—Entonces comenzaré por lo que sabemos. Roma está construyendo caminos, reuniendo provisiones y desplazando hombres hacia el Danubio. Trajano sigue hablando de seguridad fronteriza, pero los generales no almacenan comida para miles de soldados cuando solo desean proteger una frontera.

Rafan movió otra águila hacia el paso del valle.

—En Roma, Trajano nos pidió que permitiéramos el paso de sus legiones.

La expresión de Decébalo se endureció.

—¿Y cuál fue vuestra respuesta?

—Ofrecí el valle para negociaciones. Me negué a entregarlo para una invasión.

Por unos instantes solo se oyó el crepitar de las lámparas.

Decébalo desenvainó la espada y la colocó sobre la mesa.

—Entonces ha llegado el momento de hablar como hombres cuyos reinos pueden ser atacados por el mismo enemigo.

◆

Mientras los reyes compartían lo que sabían sobre Roma, Liandra y Anna caminaban por los jardines.

El sol aún no había disipado el frío de la noche. Gotas de rocío permanecían sobre las hojas y los jardineros trabajaban en silencio para no interrumpir la conversación de las reinas.

Anna observó al viejo rey cuidando varias plantas junto al muro. Discutía con un arbusto que, según él, había crecido en la dirección equivocada únicamente para contrariarlo.

—¿El antiguo rey realmente trabaja en los jardines?

—Entregó la corona a Rafan y decidió gobernar solamente las flores —respondió Liandra—. Las flores, sin embargo, no suelen obedecerle.

Anna sonrió, pero pronto volvió a ponerse seria.

—Hay otro asunto del que me gustaría hablar.

—¿Adrian?

La reina dacia mostró su sorpresa.

—¿Cómo lo supiste?

—Ayer miró la biblioteca como un estudioso y a Cléra como un joven. No fue difícil ver cuál de las dos despertaba mayor curiosidad.

Anna rio suavemente.