CAPÍTULO IV #3
El rey dacio señaló un pequeño escudo colgado a mayor distancia. Melina respiró, levantó el arco y disparó. La flecha alcanzó el centro e hizo oscilar el escudo. Lóra acertó en el mismo objeto mientras todavía se movía.
Esta vez, los dacios no ocultaron su admiración.
—Melina y Lóra son las mejores arqueras del reino —declaró Rafan—. Algunos soldados todavía discuten cuál de las dos ocupa el primer lugar.
—Porque prefieren discusiones a las que no tengan que enfrentarse —comentó Cléra.
Adrian contempló a las tres hermanas con una nueva comprensión. Aquel reino no enseñaba a sus princesas a esperar que alguien las salvara. Les enseñaba a sobrevivir.
◆
Al caer la noche, después de la cena, se redujeron las luces del gran salón. Solo permanecieron encendidas las lámparas junto a las columnas y el espacio reservado para los músicos.
Los visitantes aún conversaban cuando las tres princesas entraron con vestidos ceremoniales. Melina llevaba un pequeño instrumento de cuerda, mientras Lóra sostenía un tambor de piel. Cléra caminaba entre ambas con un pergamino en las manos.
Rafan observó la sorpresa en los rostros de sus invitados.
—Mis hijas han preparado algo para daros la bienvenida.
Lóra marcó el comienzo con golpes lentos. Melina se unió con una melodía delicada y las tres comenzaron a cantar una antigua canción dacia.
No era una canción de guerra, sino una canción de regreso. Hablaba de guerreros que cruzaban las montañas y de las luces que sus familias mantenían encendidas para que pudieran encontrar el camino de vuelta a casa.
Las palabras no estaban pronunciadas a la perfección, pero el esfuerzo hacía el homenaje aún más conmovedor. Algunos guerreros bajaron la mirada; otros se unieron en voz baja a versos que conocían desde la infancia.
Anna tomó la mano de Decébalo.
—Mi madre también cantaba esta canción.
Cuando terminó la melodía, Cléra avanzó sola.
—Sacandro encontró únicamente fragmentos de este poema. Os pido perdón si algunas palabras son incorrectas.
—Si fueron preservadas con respeto, entonces ya son lo bastante correctas —respondió Anna.
Cléra respiró profundamente y recitó. El poema hablaba de dos personas separadas por montañas y guerras. Una intentaba regresar; la otra mantenía una llama encendida cada noche, creyendo que mientras hubiera luz ningún camino estaría completamente perdido.
Después de cada estrofa en lengua dacia, Cléra repetía en latín el significado de los versos. Su voz era serena, pero transmitía una emoción que ninguna traducción podía conservar por completo.
Adrian ya no podía apartar la mirada. En la biblioteca, los conocimientos de Cléra lo habían impresionado. En el patio había descubierto su disciplina. Ahora, al escucharla devolver a la vida las palabras de sus antepasados, ya no podía ocultar la admiración que sentía por ella.
Cuando Cléra terminó, el salón permaneció en silencio durante varios instantes. No por falta de entusiasmo, sino porque nadie quería ser el primero en romper el hechizo.
Adrian se levantó y fue el primero en aplaudir. Los demás lo siguieron enseguida, pero Cléra advirtió que el príncipe aún la observaba. Ya no era la mirada curiosa que habían intercambiado en el patio a su llegada. En ella comenzaba a surgir una ternura que ninguno de los dos comprendía todavía.
Decébalo también lo notó.
—Parece que nuestro hijo ha encontrado algo más interesante que la biblioteca —murmuró a Anna.
La reina contuvo una sonrisa.
Cléra inclinó la cabeza en agradecimiento. Cuando volvió a mirar a Adrian, él seguía de pie. Esta vez ninguno de los dos tenía prisa por apartar los ojos.
Los aplausos fueron apagándose, pero la emoción permaneció en el salón.
Decébalo contempló a las hijas de Rafan y a los músicos, estudiosos y soldados reunidos bajo un mismo techo.
Había llegado al valle esperando encontrar una pequeña fortaleza escondida entre montañas.
En un solo día había descubierto un pueblo que entrenaba a sus hijas para luchar, mantenía sus bibliotecas despiertas por la noche y aprendía las canciones de extranjeros.
Comprendió que la mayor defensa de aquel reino no eran sus murallas. Era la forma en que preservaba aquello que otros pueblos permitían desaparecer.
—Mañana hablaremos de nuestros reinos —dijo Decébalo a Rafan—. Esta noche, sin embargo, solo deseo agradecerte la forma en que habéis recibido a mi pueblo.
Rafan levantó su copa.
—Mientras permanezcáis en este valle, no seréis solamente huéspedes. Estaréis entre amigos.
Las copas se alzaron y la música comenzó de nuevo.
Cléra regresó junto a sus hermanas, pero sintió que la mirada de Adrian la seguía. Cuando se volvió, encontró al príncipe sonriendo. Ya no intentaba ocultar su admiración. Cléra respondió con una sonrisa discreta, sin imaginar que aquel breve encuentro cambiaría el destino de ambos reinos.
Fuera, las lámparas de la biblioteca continuaban encendidas.
A la mañana siguiente, los reyes hablarían de alianzas, rutas y amenazas. Sin embargo, aquella noche, sin que ninguno de ellos lo comprendiera, ya había comenzado una historia mucho más peligrosa.