CAPÍTULO IV #2
Cléra escogió otro pergamino y recitó los primeros versos de un antiguo poema. Su acento revelaba que había aprendido la lengua lejos de allí, pero las palabras eran reconocibles.
Anna llevó una mano al corazón.
—Mi madre cantaba esos versos cuando yo era niña.
Sacandro inclinó la cabeza con respeto.
—Entonces podéis ayudarnos a corregir lo que registramos. Una biblioteca no debe avergonzarse de admitir que todavía tiene mucho que aprender.
Decébalo avanzó sin prisa junto a los estantes. Allí había fragmentos de un pueblo al que Roma insistía en presentar como salvaje: mapas de sus tierras, nombres de antepasados, remedios de sanadores e historias que incluso algunos jóvenes dacios ya no conocían.
—Habéis preservado algunos de nuestros recuerdos mejor que nosotros mismos.
—No los preservamos para arrebatároslos —respondió Rafan—. Solo para impedir que desaparecieran.
Cléra deslizó las yemas de los dedos por los estantes, como si cada pergamino contuviera algo vivo.
—Sacandro me enseñó que mucho de lo que se guarda aquí pertenece a pueblos que ya no existen. Algunos fueron destruidos por la guerra; otros por el hambre o las enfermedades. Muchos, sin embargo, desaparecieron por la ignorancia y la arrogancia de los hombres.
Adrian se acercó, atento a sus palabras.
—Los vencedores creen que derrotar a un pueblo también exige borrar todo lo que creó —continuó Cléra—. Queman sus registros, prohíben su lengua y convierten a sus dioses en monstruos. Después escriben que allí nunca existió civilización alguna.
Decébalo dirigió a Rafan una mirada silenciosa. Conocía bien la forma en que Roma describía a quienes se negaban a arrodillarse ante ella.
Cléra retiró cuidadosamente un pergamino del estante.
—El propósito de esta biblioteca es preservar la mayor riqueza de esos pueblos: las palabras que pronunciaron, los amores que vivieron y las esperanzas que llevaron consigo. Así, aunque hayan desaparecido, sus vidas no habrán pasado por el mundo en silencio.
—¿De verdad crees que las palabras pueden vencer al tiempo? —preguntó Adrian.
Cléra alzó los ojos hacia él.
—Cada marca dejada sobre un pergamino devuelve a alguien a la vida. Mientras sus palabras sean leídas, una parte de esa persona permanecerá entre nosotros.
—Entonces esta biblioteca pretende hacer eternos a los hombres.
—No a los hombres. A lo más humano que había en ellos.
Sacandro guardó silencio. No necesitaba mayor motivo de orgullo que escuchar a una de sus alumnas comprender tan profundamente el propósito de aquel lugar.
Adrian tampoco respondió. Algo había inquietado su corazón desde el momento en que vio a Cléra en el patio. Hasta entonces había supuesto que se trataba únicamente de su belleza o de la curiosidad despertada por una princesa extranjera.
Ahora comprendía que era algo más. De todos los presentes, Cléra parecía ser la única persona que no veía a su pueblo únicamente a través de sus guerras. Antes siquiera de conocerlo, había aprendido sus canciones, respetado a sus muertos y procurado preservar sus palabras.
Adrian deseaba seguir escuchándola. Quería descubrir qué leía, en qué creía y por qué hablaba de pueblos desaparecidos como si todavía pudiera oír sus voces. La curiosidad que había sentido al llegar al valle comenzaba a transformarse en algo que aún no sabía nombrar.
◆
Después de abandonar la biblioteca, Rafan condujo a la familia dacia hasta el gran patio de entrenamiento.
Antes de atravesar el arco de piedra, oyeron el choque de armas de madera, el silbido de flechas y a los instructores dando órdenes. En el patio, soldados, jóvenes aprendices, sirvientes y miembros de la corte entrenaban en grupos separados.
Cerca del centro, Ling instruía a sus alumnos. Sus movimientos parecían extraños a ojos dacios. No dependía únicamente de la fuerza: les enseñaba a desplazar el cuerpo, desequilibrar al adversario y volver la fuerza de un ataque contra quien lo había iniciado.
Un soldado avanzó con una espada de madera. Ling se apartó unos centímetros, atrapó su muñeca y lo llevó al suelo. Antes de que otro pudiera golpearlo por la espalda, giró, desvió el arma y tocó el pecho del hombre con la punta del bastón.
Adrian siguió cada movimiento.
—Lucha sin armadura.
—Ling considera útil la armadura —respondió Rafan—. Pero dice que un guerrero no debe depender de algo que podría perder durante la batalla.
El monje ayudó al soldado a ponerse en pie y corrigió su postura, sin mostrar satisfacción por la victoria. Para él, derribar a alguien parecía menos importante que enseñarle a no caer otra vez.
—¿Todos los miembros de vuestra corte reciben entrenamiento? —preguntó Decébalo.
—Todos. La guerra no siempre espera a que haya soldados cerca. Cada persona debe aprender al menos a defender su propia vida y la de quien se encuentre a su lado.
—¿Incluso los escribas?
—Especialmente los escribas. Sacandro insiste en que los hombres acostumbrados a cargar pergaminos deben aprender a no tropezar con sus propias túnicas.
Sacandro, que caminaba justo detrás de ellos, fingió no haber oído.
Anna observó a las princesas ocupar sus lugares entre los alumnos.
—¿Vuestras hijas también entrenan con Ling?
—Desde niñas. Por la mañana ejercitan el cuerpo: equitación, tiro con arco, manejo de la espada y defensa personal. Por la tarde estudian lenguas, historia, matemáticas, mapas y política. Por la noche, cuando sus deberes lo permiten, leen con Sacandro.
Uno de los consejeros dacios vaciló antes de hablar:
—¿No tenéis hijos varones, Majestad?
Rafan se volvió hacia él con calma.
—Tengo tres hijas. Por eso preparé a tres mujeres capaces de proteger este reino.
En ese momento, Melina soltó una flecha. Alcanzó el centro del blanco. Antes de que el asta dejara de vibrar, Lóra disparó y acertó casi en el mismo punto.
—¿Suerte? —preguntó Decébalo.
Melina le ofreció el arco.
—Podéis elegir otro blanco.