CAPÍTULO I #3
—La tercera cuerda está afinada más grave que las que usamos en el valle.
—¿Tenéis cítaras en las montañas? —preguntó una voz a su espalda.
Era el joven que la había observado durante la cena.
—Tenemos dibujos —respondió Cléra—. Y artesanos lo bastante obstinados como para intentar convertirlos en instrumentos.
—Cornelius —se presentó—. Ahijado y discípulo del emperador.
Cléra devolvió la cítara al músico antes de inclinar la cabeza.
—Cléra, hija de Rafan.
—Eso ya lo sabía.
Ella no percibió arrogancia manifiesta en aquellas palabras, solo una seguridad que la hizo sonreír con cautela.
El músico tocó despacio la secuencia que ella había pedido. Cléra observó sus dedos. Cuando volvió a entregarle el instrumento, intentó repetirla. Falló una nota, frunció el ceño y volvió a empezar.
Cornelius guardó silencio.
A su alrededor, los nobles hablaban de cargos, provincias y alianzas. Cléra parecía no advertir nada de ello. Cuando consiguió completar correctamente el motivo, su rostro se iluminó con la misma satisfacción que había mostrado aquella mañana en el jardín.
En ese instante, Cornelius la imaginó en un salón más grandioso. La imaginó recibiendo embajadores, escuchando músicos de todos los territorios y siendo admirada por Roma.
En aquella fantasía, él estaba a su lado.
Cléra, ajena al futuro que se construía en la mente de él, devolvió la cítara.
—¿Sabéis de música? —preguntó.
—Lo suficiente para reconocer cuando alguien aprende deprisa. Mi madre insistió en que estudiara. Trajano cree que un hombre debe conocer las artes de los pueblos que pretende gobernar.
—Sacandro dice que conocer el arte de un pueblo es descubrir aquello que teme olvidar.
—¿Sacandro es vuestro maestro?
—Maestro, bibliotecario y el hombre más feliz del reino cada vez que encuentra un pergamino que nadie sabe leer.
Cornelius rio. Hablaron de canciones griegas, versos latinos e instrumentos traídos por mercaderes de Oriente. Por primera vez aquella noche, Cléra había encontrado a alguien de su edad capaz de hablar de las cosas que más le interesaban.
Y por eso se quedó.
—Hay un discurso de Cicerón que solo conozco por fragmentos —dijo—. Su defensa del poeta Arquías.
—Pro Archia Poeta.
Los ojos de Cléra se iluminaron.
—¿Lo conocéis?
—Algunos pasajes. Cicerón defiende a un hombre y, sin embargo, parece defender a todos los poetas a la vez.
—Así llegó hasta nosotros. Sacandro oyó algunos pasajes de un viejo orador y los conservó de memoria. Después se los enseñó a sus escribas. Nunca hemos tenido una copia completa.
—Hay copias en Roma. Puedo buscar una.
Cléra se volvió por completo hacia él.
—¿Haríais eso?
Cornelius vio gratitud en su rostro y sintió algo mayor que la gratitud que realmente había allí.
—Con mucho gusto.
—Entonces os enviaré a cambio algunas canciones del valle. Y poemas que quizá no existan en Roma.
—¿Cómo atravesarán nuestras cartas semejante distancia?
Cléra tocó el broche prendido a su capa.
—Confiadlas a los mercaderes que llevan el león. Conocen nuestros caminos.
—Entonces iniciaremos una correspondencia.
—Sobre poesía y música —aclaró ella.
Cornelius inclinó la cabeza.
—Sobre poesía y música.
No se había declarado ningún interés romántico. No se había hecho ninguna promesa. Cléra creía haber encontrado a un amigo que podía ayudarla a llevar una obra perdida a la biblioteca de Sacandro.
Cornelius creía haber encontrado el comienzo de algo que el tiempo confirmaría.
A la mañana siguiente, Trajano recibió una vez más a los Leones antes de su partida. Les agradeció los regalos, elogió la hoja forjada en el valle y declaró que las conversaciones sobre la frontera continuarían.
Rafan reconoció la advertencia oculta bajo la cortesía.
—Mientras continúen las conversaciones, los caminos de los mercaderes permanecerán abiertos —respondió.
Trajano le sujetó el antebrazo como había hecho a su llegada.
—Quizá el comercio consiga lo que los ejércitos aún no han logrado.
Era lo más parecido a una victoria que Rafan obtendría.
Cuando los carruajes abandonaron el palacio, Cléra llevaba consigo una breve melodía anotada por uno de los músicos. Cornelius permaneció en los escalones, observando cómo los estandartes del león se alejaban.
Ella levantó una mano en una despedida breve, el mismo gesto que había ofrecido a otras personas conocidas durante la visita.
Cornelius correspondió al gesto.
Durante el viaje de regreso, Cléra habló más de la cítara que del joven romano. Contó a sus hermanas que había conocido a alguien dispuesto a buscar el discurso de Cicerón y describió los pergaminos que había visto en las tiendas.
—¿Es guapo? —preguntó Lóra.
Cléra meditó la pregunta un instante.
—Creo que sí.
Melina se echó a reír.
—Si tienes que pensarlo, no estás enamorada.
—Claro que no. Hablamos de libros.
—Algunas guerras han comenzado por menos —dijo Lóra.
Cléra dio un pequeño empujón en el hombro a su hermana y volvió la mirada hacia la ventana.
A su lado, Rafan permanecía en silencio. La ciudad se hacía pequeña detrás de las colinas, pero el mapa del Danubio seguía ante sus ojos. Trajano lo había escuchado. Tal vez aceptaría convocar a Decébalo. Tal vez el comercio pudiera ganar el tiempo que la paz necesitaba.
Rafan quería creerlo.
En Roma, sin embargo, los consejeros ya volvían a colocar piezas sobre los mapas. Los herreros recibían órdenes. Los escribas calculaban grano, animales y días de marcha.
Y Cornelius, solo ante una mesa, escribió el nombre de Cléra en la parte superior de un pergamino.
Debajo escribió dos palabras:
Pro Archia.
Para Cléra, sería la primera carta de una amistad.
Para Cornelius, era el primer paso hacia un futuro que solo él había prometido.
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