CAPÍTULO II
Las luces del valle
Otros reinos mantenían despiertos a sus soldados para proteger sus murallas. Los Leones mantenían despiertos a sus escribas para proteger la memoria del mundo.
Cuando Roma desapareció detrás de las colinas, nadie en el carruaje se despidió de ella de la misma manera.
Melina seguía hablando de los acueductos.
Quería saber cuántos hombres harían falta para construir un arco capaz de llevar agua a través de todo un valle y cuántos arqueros podrían defenderlo.
Lóra recordaba las estatuas, las tiendas y las personas que esperaban pan.
Cléra tarareaba en voz baja la melodía que había aprendido durante el banquete.
Liandra observaba a sus hijas con un orgullo teñido de tristeza.
Durante años les había hablado de la belleza de la ciudad donde había crecido.
Ahora ellas también habían visto lo que sus recuerdos tantas veces ocultaban: mendigos a la sombra de los templos, esclavos bajo las estatuas y niños buscando comida junto a mesas capaces de alimentar a una aldea.
—Todo en Roma parece más grande —dijo Lóra.
—Sobre todo las diferencias entre las personas —respondió Liandra.
Rafan viajaba junto a ellas, pero en su mente aún permanecía frente al mapa de Trajano.
El emperador lo había escuchado sin interrumpirlo.
Había aceptado considerar negociaciones con Decébalo y no había tratado la negativa de Rafan como una ofensa.
Sin embargo, los consejeros que rodeaban el mapa le preocupaban más que las palabras del propio emperador.
No habían preguntado cuánto costaría una guerra. Habían preguntado cuánto duraría.
No habían preguntado cuántos hombres morirían. Habían preguntado cuántas legiones serían necesarias.
Y cuando Rafan habló de mercados, caminos y acuerdos, había visto en algunos rostros la impaciencia de hombres que consideraban la paz apenas una demora entre dos victorias.
Liandra advirtió su silencio.
—Trajano te escuchó.
—Sí.
—¿No fue suficiente?
Rafan miró los campos que pasaban al otro lado de la ventana.
—Para un hombre, quizá. Para Roma, no lo sé.
El Valle de los Leones los recibió con el sonido del agua descendiendo por las laderas y el olor de las fraguas. Los vigías anunciaron la comitiva antes de que alcanzara la muralla. Cuando se abrieron las puertas, comerciantes, artesanos y niños ya esperaban junto al camino.
El viejo rey aguardaba en los escalones del castillo. Ling permanecía detrás de él, inmóvil como una de las columnas del patio, mientras Sacandro sostenía un pergamino bajo el brazo.
Melina abrazó a su abuelo antes de que pudiera comenzar ceremonia alguna.
—Roma tiene agua corriendo por encima de las casas.
—Aquí corre debajo de los manzanos —respondió el anciano—. Y no necesitamos permiso del emperador para beberla.
Lóra besó su mejilla. Cléra entregó a Sacandro la pequeña hoja con la notación musical.
—Solo traje una melodía. Pero quizá los mercaderes nos traigan algo más importante.
Sacandro examinó las marcas.
—¿Esto lo escribió un músico romano?
—Él me enseñó la secuencia. Un joven llamado Cornelius prometió buscar el discurso de Cicerón sobre el poeta Arquías.
Sacandro alzó la vista con tanta rapidez que el viejo rey rompió a reír.
—La muchacha vuelve de Roma hablando de un joven y tú solo oyes el nombre de un muerto.
—Cicerón escribía mejor que la mayoría de los vivos —respondió Sacandro.
Rafan sonrió, pero la sonrisa no duró. Cuando Ling lo saludó, una sola mirada bastó para revelar que el rey no había regresado en paz.
Aquella noche, después de que las princesas se retiraran, Rafan convocó a Sacandro y a Ling en la biblioteca privada. El viejo rey se unió a ellos sin invitación. Llevó una copa de vino, se sentó en un banco cerca del fuego y esperó.
Sacandro desenrolló un mapa de la frontera del Danubio. Colocó pequeñas piezas de madera sobre los caminos: águilas para las legiones, caballos para las tropas auxiliares y círculos para los carros y provisiones.
—¿Trajano aceptó tu propuesta? —preguntó.
—Aceptó considerarla.
—¿Entonces conseguiste impedir la guerra?
—Conseguí impedir una respuesta. No es lo mismo.
Ling se acercó al mapa.
—¿El emperador quería el paso?
—Lo llamó un camino para asegurar la frontera. Sus consejeros ya hablaban como si las legiones estuvieran en marcha. Quieren una victoria rápida, algo que haga parecer inevitable al nuevo gobierno.
Sacandro colocó un águila junto al Danubio.
—Un nuevo emperador debe convencer al Senado, al pueblo y, sobre todo, al ejército. Una conquista transforma las dudas en desfiles.
—Eso fue lo que vi —respondió Rafan—. Trajano todavía escuchaba mis palabras, pero sus ojos ya buscaban la primera muralla que derribar.
El viejo rey bebió un sorbo de vino.
—Te advertí que Roma quería un camino.
—Y ahora debemos decidir qué haremos si intentan tomarlo —dijo Rafan.
Ling movió una pieza romana hasta la entrada del valle.
—Primero debemos decidir qué significa la victoria.
—Impedir que crucen —respondió Sacandro.
—Eso describe una acción, no una victoria.
Rafan comprendió.
—La victoria significará ganar tiempo. Tiempo suficiente para obligarlos a negociar antes de que el valle sea destruido.
Ling asintió.
Durante horas simularon rutas, retrasos y retiradas.
Sacandro movía las legiones como un general romano, calculando distancias, alimentos, la anchura de los caminos y la necesidad de proteger los carros.
Ling pensaba como la montaña: no en derrotar al enemigo, sino en hacer que cada paso le costara más que el anterior.
—Roma entrará por el camino principal —dijo Sacandro.
Ling retiró del mapa la pieza que representaba el puente.
—No si el camino desaparece.
—Los caminos no desaparecen.
—Los puentes desaparecen. Los árboles caen. Las piedras cierran los pasos. La montaña no necesita derrotar a una legión. Necesita hacer que la legión llegue agotada.
Rafan devolvió el puente a su lugar.
—Nadie tocará las rutas mientras siga siendo posible un acuerdo. El comercio permanecerá abierto.
—¿Y cuando ya no sea posible? —preguntó Sacandro.
—Entonces tendremos que saber exactamente qué cerrar, en qué orden y durante cuánto tiempo.
El viejo rey estudió las piezas dispersas.
—Aprendí demasiado tarde que un gobernante debe estudiar la guerra como un sanador estudia una enfermedad. No porque la desee, sino porque quizá tenga que impedir que mate a todos los que lo rodean.
Cuando las lámparas comenzaron a apagarse, todavía no habían encontrado una forma de salvar el valle. Sin embargo, habían encontrado decenas de formas de perderlo.
En los días siguientes, las reuniones pasaron a formar parte de su rutina.
Rafan gobernaba por la mañana, recibía a representantes de los talleres y a mercaderes después del mediodía, y al caer la noche se reunía con Sacandro y Ling sobre los mapas. Algunas veces modificaban un solo puente. Otras noches simulaban una invasión completa.
Las princesas percibieron que algo había cambiado, aunque su padre procuraba no preocuparlas.
Ling se volvió más exigente en sus entrenamientos.
Al amanecer conducía a Cléra, Lóra y Melina por los senderos situados sobre el castillo. Aprendieron a controlar sus caballos en terrenos escarpados, atravesar pasos estrechos y desmontar sin dar la espalda a un adversario.
Melina era la más rápida con el arco. Podía acertar a un blanco de paja mientras su caballo todavía tomaba la curva. En el tercer intento alcanzó exactamente el círculo que Ling había marcado.
—¿Veis? —dijo mirando a sus hermanas—. El enemigo ni siquiera habría llegado al camino.
Ling arrancó la flecha del blanco.
—Y ahora tienes dos enemigos.
—¿Dos?
—Al que disparaste y a todos los que vinieron a preguntar por qué le disparaste.
Lóra contuvo una sonrisa.
—¿Cuál es la primera defensa contra un enemigo? —preguntó Ling.
Melina respondió sin vacilar:
—Disparar antes de que se acerque.
—Esa es la primera defensa de quien desea crear tres enemigos.
—Hace un momento solo eran dos.
—Tu insistencia ha creado otro.
Lóra rio y luego contempló el camino que se extendía abajo.
—La primera defensa es descubrir por qué se acerca.
Ling asintió.
—¿Y si no hay tiempo para preguntar?
Cléra no miró el blanco. Observó los pies del maestro, el equilibrio de su cuerpo y su mano derecha cerca del bastón.
—No estar donde espera encontrarnos.
Cuando Ling avanzó, Cléra ya había salido de la línea del golpe. No intentó oponerse a él. Utilizó el propio movimiento de Ling para hacerlo pasar de largo.
—La fuerza no significa permanecer delante de todo —dijo Ling—. A veces la fuerza consiste en permitir que el peligro pierda el rumbo.
Por las tardes, las tres estudiaban con Sacandro. Medían distancias en los mapas, calculaban cuántos sacos de grano alimentarían a una caravana y observaban la sombra de una vara para seguir el movimiento del sol. Por la noche, trazaban las estrellas.
—¿Los romanos creen que las estrellas predicen el futuro? —preguntó Lóra.
—Algunos romanos creerán cualquier cosa, siempre que les prometa la victoria —respondió Sacandro.
Cléra contempló el dibujo de las constelaciones.
—¿Y tú crees?
—Creo que las estrellas nos muestran dónde estamos. Desconfío de cualquiera que asegure que nos dicen quiénes debemos ser.
Melina apoyó el rostro entre las manos.
—¿Cuándo volveremos a estudiar algo a lo que se pueda disparar una flecha?
Sacandro le entregó una tablilla cubierta de cálculos.
—Cuando determines la distancia, el viento y el ángulo necesarios, descubrirás que incluso una flecha debe aprender matemáticas.
Unos días después, Sacandro llevó a las princesas fuera de la biblioteca para una lección.
Una gran caravana acababa de entrar por la puerta oriental. Camellos, mulas, caballos y carros llenaban el patio de inspección. Había mercaderes romanos, hombres de ciudades griegas, viajeros de Asia Menor y familias cuyas lenguas las princesas no reconocían.