Los Leones de la Montaña CAPÍTULO I #2
3%

CAPÍTULO I #2

Cléra apenas lo notaba. Sus ojos estaban fijos en las fuentes, las inscripciones, los músicos callejeros y las tiendas que vendían pergaminos. En cada esquina, algo que Sacandro había descrito parecía adquirir piedra, aroma y voz.

Entonces el carruaje atravesó una plaza más pequeña.

A la sombra de un pórtico, decenas de personas esperaban pan.

Una mujer extendía la mano mientras protegía a un bebé contra el pecho.

Un anciano al que le faltaba una pierna se arrastraba entre los transeúntes.

Cerca de allí, hombres y mujeres permanecían alineados sobre una plataforma, examinados por compradores como animales en un mercado.

Una niña de unos siete años se acercó al carruaje y ofreció una flor marchita.

El soldado romano que escoltaba a los Leones levantó el brazo.

—No os detengáis. Dadle una moneda a uno y vendrán todos.

Liandra se quitó del cabello un pequeño alfiler de bronce, lo envolvió en un pañuelo y dejó caer el pequeño bulto junto a la flor. Lo hizo sin ordenar que el carruaje redujera la marcha y sin mirar a los nobles que pasaban cerca.

La niña lo recogió y desapareció entre la multitud.

—A Roma llegan alimentos de todas las partes del imperio —dijo Melina—. ¿Cómo puede haber tanta hambre en su centro?

Nadie respondió.

Rafan alzó la vista hacia las columnas, los templos y las estatuas doradas. Roma era aún más grande de lo que le habían contado.

Y también más pequeña.

El palacio los recibió con mármol, agua corriente y sirvientes que parecían aparecer antes de que pudiera expresarse cualquier deseo.

Liandra reconoció las costumbres de su juventud y se las explicó a sus hijas: cuándo hablar, dónde situarse, a quién saludar primero. Aun así, no hizo ningún intento por convertirlas en damas romanas.

—Si Trajano hubiera querido recibir a romanos, no habría convocado a los Leones —dijo.

El banquete comenzó al caer la noche.

Trajano no llevaba corona. La púrpura imperial estaba prendida a su hombro y recibía a cada invitado de pie, con la seguridad de un hombre acostumbrado a ser obedecido antes incluso de terminar una frase.

Cuando Rafan se acercó, el emperador prescindió del saludo ceremonial que Liandra le había enseñado.

En lugar de mantener la distancia, sujetó el antebrazo de Rafan.

—Por fin conozco al rey que hace entrar a romanos y bárbaros por la misma puerta y consigue que salgan sin sangre en la ropa.

—A veces simplemente ocultan mejor sus heridas —respondió Rafan.

Trajano rio.

—Me dijeron que encontraría prudencia.

—Prudencia suele ser el nombre que se da al valor cuando envejece.

Liandra fue recibida con deferencia. Las princesas hicieron una reverencia de acuerdo con el protocolo que habían aprendido, pero Trajano no tardó en dejar de lado las ceremonias.

—Quiero conocer a los Leones, no a sus estatuas.

Las mesas estaban cubiertas de frutas, pan, carne, salsas y vinos procedentes de provincias que Cléra solo conocía por los mapas.

Entre un plato y otro, los músicos ocupaban una plataforma a un lado del salón.

Había flautas, pequeños tambores, liras y una cítara de cuerpo ancho sostenida por una correa que cruzaba el torso del músico.

Entre los senadores invitados, Liandra reconoció a Marcus Felicius, un antiguo conocido de su familia. Felicius saludó a Rafan sin la curiosidad ofensiva que mostraban otros romanos y presentó a su hijo, Herculano, que lo acompañaba para aprender las costumbres del Senado.

Herculano encontró a Lóra con un volumen sobre agricultura apoyado en las rodillas y le preguntó si podían cultivarse uvas en las montañas de los Leones.

Ella respondió que el frío era duro para las vides, pero que Sacandro conservaba registros de viñedos en la Galia.

Hablaron apenas unos minutos antes de que el joven fuera llamado por su padre.

Cerca de allí, Sacandro reconoció a Titus, un antiguo discípulo que ahora servía como oficial de logística en la frontera del Danubio. El romano saludó a su antiguo maestro con respeto.

—¿Todavía calculas a cuántos hombres puede alimentar un camino? —preguntó Sacandro.

—Ahora Roma me paga precisamente por eso.

—Entonces espero que hayas aprendido que los números representan personas.

Titus sostuvo la mirada de su antiguo maestro antes de responder.

—Esa es la lección que nunca olvidé.

Por unos instantes, Cléra olvidó dónde estaba.

La cítara tenía siete cuerdas. El músico tocaba con un plectro en la mano derecha y apagaba algunas vibraciones con los dedos de la izquierda. La melodía regresaba siempre al mismo motivo, pero cambiaba con cada repetición, como un río que se curva alrededor de piedras distintas.

Cléra siguió sus movimientos hasta que se dio cuenta de que alguien la observaba.

El hombre estaba cerca de Trajano, unos lugares más allá de los senadores de mayor edad.

Era joven, aunque ya mostraba la seguridad de quien se había criado entre personas poderosas.

Llevaba el cabello oscuro cuidadosamente recortado y una discreta pieza de oro sobre el pecho.

Cuando sus miradas se encontraron, inclinó la cabeza.

Cléra correspondió a la cortesía y volvió su atención a la música.

Para ella, había sido un saludo.

Para Cornelius, era el primer gesto de una historia que ya había empezado a escribir él solo.

Después del plato principal, los invitados se dispersaron por los jardines interiores y los salones. Trajano invitó a Rafan a una galería privada. Solo dos consejeros romanos y Liandra los acompañaron.

El emperador caminó frente a un mapa del Danubio pintado sobre madera.

—Conocí a tu padre —comenzó—. Tenía la costumbre de responder a las preguntas con advertencias.

—Era su manera de asegurarse de que no fuera necesario repetirlas.

—Entonces quizá ya conozcas la mía.

Trajano señaló el paso que atravesaba el Valle de los Leones.

—Cuando Roma necesite trasladar hombres y suministros para asegurar esta frontera, ¿podré contar con vuestro camino?

Rafan se acercó al mapa. La palabra guerra no había sido pronunciada, pero estaba dibujada en cada camino, puente y señal de guarnición.

—¿Para atacar Dacia?

Uno de los consejeros se removió, incómodo ante su franqueza. Trajano permaneció inmóvil.

—Para impedir que Decébalo vuelva a amenazar a Roma.

—Vuestro predecesor creía que esa amenaza había terminado con un tratado.

—Mi predecesor heredó un tratado que compró la paz con vergüenza.

Rafan recordó el consejo de su padre. Miró a Liandra y recibió apenas un leve asentimiento. Las palabras serían suyas, pero no estaría solo dentro de ellas.

—César, es mejor tener a los dacios ante los mercados de Roma que ante sus legiones.

—Poseen oro, hierro, fortalezas y hombres armados. Todo ello puede financiar ataques contra mis provincias.

—Y todo ello les da algo que perder.

Trajano entrecerró los ojos.

Rafan señaló las tierras más allá de Dacia.

—Los dacios tienen campos, murallas, ciudades y un rey con quien se puede negociar. Sabemos dónde encontrarlos. Sabemos qué desean proteger. Los pueblos de las estepas no poseen nada que Roma pueda sitiar.

—Los sármatas.

—Roxolanos, yáziges y otros a quienes ninguna palabra romana puede convertir en un solo pueblo. Algunos comercian con Decébalo, algunos luchan a su lado y otros lo odian. Pero Dacia es una puerta entre ellos y Roma. Si destruís la puerta, quizá descubráis que detrás no había una casa.

Un consejero romano tocó una de las pequeñas piezas que representaban a las legiones.

—Roma no teme a jinetes dispersos.

—Debería temer aquello a lo que no puede obligar a permanecer —respondió Rafan.

La expresión del hombre se endureció, pero Trajano levantó una mano para que Rafan continuara.

—Una ciudad puede ser sitiada —dijo el rey—. Una muralla puede derribarse. Un ejército puede ser obligado a combatir. Los jinetes de las estepas duermen donde sus animales encuentran pasto. Si pierden una batalla, cabalgan durante tres días. Si pierden una tierra, buscan otra.

—Roma ya ha derrotado a pueblos que se creían fuera de su alcance.

—No lo dudo. La cuestión no es si Roma ganará batallas. Es cuánto tendrá que gastar en una guerra cuyo final quizá nunca encuentre.

El silencio que siguió duró lo suficiente para que pudiera oírse, al otro lado de las paredes, la música del banquete.

Rafan bajó la voz:

—Dejad que los dacios prosperen mediante el comercio con Roma. Un hombre que tiene mercados, caminos e hijos viviendo seguros lo piensa dos veces antes de prender fuego a su propia casa.

Trajano volvió la mirada al mapa.

—Vuestro padre me ofrecería el mismo consejo.

—De él lo recibí.

—¿Y nos negaríais el paso?

Rafan no apartó la mirada.

—Ofrecería mis salones para negociar con Decébalo. Ofrecería caminos a mercaderes y mensajeros. No ofrecería el valle para una invasión.

Liandra contuvo el aliento. Uno de los consejeros abrió la boca, pero Trajano fue más rápido.

—Rechazáis una petición de Roma dentro del palacio de Roma.

—Respondo con sinceridad porque estoy en el palacio de un hombre que me invitó a hablar, no a fingir.

Por un instante, Rafan no vio al emperador, sino al general: un hombre que evaluaba terreno, fuerza e intención.

Trajano retiró por fin del mapa la pieza que representaba una legión y la dejó sobre la mesa.

—No marcharé mañana, rey Rafan. Y no tomaré vuestra franqueza como un insulto. Seguiré considerando vuestra propuesta.

No era un acuerdo. Tampoco era una amenaza.

Por ahora, bastaba.

Cléra no supo nada de aquella conversación esa noche.

Cuando el músico terminó su interpretación, se acercó a la plataforma. No reparó en que a varias damas romanas les resultaba extraño que una princesa se dirigiera directamente a un músico.

—El motivo de la segunda parte —preguntó—, ¿procedía de Grecia?

El músico pareció sorprendido.

—De Asia Menor, mi señora. Al menos, eso fue lo que me enseñaron.

—¿Puedo ver el instrumento?

Él miró al dueño de la casa antes de entregarle la cítara. Cléra la sostuvo con cuidado. Era más pesada de lo que había imaginado. Pulsó una cuerda y luego otra.