Los Leones de la Montaña
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CAPÍTULO I
La invitación del nuevo César
Roma levantaba monumentos para vencer al tiempo. Los Leones preservaban historias para que el tiempo no venciera a la humanidad.
La mañana en que Roma volvió a convocar a los Leones de la Montaña, Cléra intentaba arrancarle música a una sola cuerda.
Sentada sobre el bajo muro del jardín, sostenía un pequeño instrumento sobre las rodillas.
Un artesano del valle lo había construido a partir de un dibujo encontrado en un antiguo pergamino.
La madera aún era clara, las clavijas se resistían a sus dedos y una de las cuerdas insistía en producir algo más parecido a un gemido que a una nota musical.
—Otra vez —dijo Cléra.
Lóra estaba tendida sobre la hierba con un libro abierto frente al rostro. Bajó unas páginas para mirar a su hermana.
—Ya has dicho eso doce veces.
—Nueve.
—Empecé a contar después de la tercera.
A pocos pasos, Melina lanzaba semillas de manzana hacia un cuenco vacío. Una golpeó el borde con un chasquido seco y ella alzó ambos brazos como si hubiera ganado una batalla.
—Quizá el instrumento esté suplicando clemencia.
Cléra dirigió a sus hermanas una mirada lo bastante ofendida como para hacerlas reír. Luego pulsó la cuerda una vez más. Esta vez el sonido fue limpio y breve. Todavía no era música, pero ya contenía una promesa.
Sonrió.
Entonces sonaron las trompetas.
La primera llamada llegó desde la torre oriental. Una segunda respondió desde la puerta inferior. Los pájaros huyeron de los árboles, los guardias se apresuraron por las murallas y la risa de las tres princesas desapareció como si nunca hubiera existido.
Melina ya sostenía el arco que había dejado junto a un manzano.
—¿Cuántas llamadas? —preguntó Lóra, cerrando el libro.
—Dos —respondió Lucas, el joven vigía de la torre oriental, inclinándose sobre el parapeto—. Comitiva extranjera. No es un ataque.
Una tercera nota, larga y sostenida, descendió por el valle.
—Bandera de paz —añadió Lóra.
Aun así, nadie permaneció en el jardín.
Desde lo alto de la muralla, las hermanas observaron cómo la pequeña formación avanzaba por el camino entre los campos.
Un oficial cabalgaba al frente con el águila de Roma bordada en la capa.
Detrás de él venían veinte legionarios, dos portaestandartes y un carruaje cerrado.
Llevaban las lanzas en alto, no apuntadas.
Sobre sus cascos, una bandera blanca se movía con el viento.
La puerta solo se abrió después de que los vigías confirmaran el sello presentado por el oficial.
Bertus, comandante de la guardia, supervisó personalmente la inspección. Era un hombre directo, de barba corta y pocas palabras, responsable de las murallas, las patrullas y los soldados del valle.
A su lado, Lindus contaba caballos, carros y hombres.
Supervisaba los caminos, los mercados y los alojamientos ofrecidos a los viajeros.
Mientras Bertus buscaba armas ocultas, Lindus calculaba cuánto costaría recibir a la delegación sin permitir que los romanos confundieran hospitalidad con sumisión.
Rafan esperaba en el patio junto a Liandra. No llevaba la pesada corona reservada para las ceremonias, sino únicamente el broche del león prendido a su capa oscura. El mensajero desmontó, se arrodilló y extendió un cilindro de madera asegurado con correas de cuero.
—Para el rey Rafan, guardián del valle y señor de los Leones de la Montaña, un mensaje de Marcus Ulpius Nerva Traianus Caesar Augustus.
Rafan aceptó el cilindro sin prisa. Solo después de que todos hubieran entrado en la sala menor, fuera de la vista de la delegación, rompió el sello imperial.
Sacandro acercó una lámpara. Ling permaneció junto a la puerta. El anciano rey, padre de Rafan, entró el último, todavía con tierra en las manos y unas pequeñas tijeras de podar sujetas al cinturón.
—Roma nunca envía veinte soldados para desearnos una buena cosecha —gruñó.
Rafan desenrolló el pergamino.
Trajano invitaba a Roma al Rey León, a la reina Liandra y a sus hijas. El nuevo emperador deseaba conocer a la familia cuya reputación había cruzado las montañas, celebrar los antiguos vínculos entre sus pueblos y hablar sobre la seguridad de la frontera del Danubio.
Cléra escuchaba con los ojos brillantes de interés. Lóra intentaba ocultar su curiosidad. Melina no hizo el menor esfuerzo por disimular su desconfianza.
—Una frase grandiosa para una carta tan corta —observó Sacandro.
Ling miró el mapa extendido sobre la mesa.
—Las palabras grandes suelen ocultar hojas pequeñas.
Liandra tomó el pergamino de las manos de su esposo y examinó el sello.
—La invitación es auténtica. Rechazarla sería responder antes de conocer la pregunta.
—Yo conozco la pregunta —dijo el anciano rey—. Roma quiere un camino.
Rafan se volvió hacia él.
—Pensé lo mismo.
El anciano se acercó al mapa y tocó el paso que atravesaba el valle hacia las tierras dacias.
—Me lo pidieron cuando tú todavía estabas aprendiendo a sostener una espada. Se lo pidieron a mi padre antes que a mí. Nunca quieren limitarse a pasar. Primero llegan los soldados, luego los carros y después los recaudadores de impuestos. Cuando nos damos cuenta, el camino ya no nos pertenece.
Rafan conocía bien aquella advertencia. Había crecido escuchándola, del mismo modo que había crecido oyendo que la muralla más fuerte no estaba hecha de piedra, sino de la confianza depositada en los Leones por pueblos dispuestos a dejar sus riquezas y a sus hijos bajo la protección del reino.
—Iremos —decidió—. Y escucharemos la pregunta de labios del propio emperador.
Melina apoyó el arco contra la mesa.
—¿Cuántos soldados llevaremos?
—Los suficientes para mostrar dignidad —respondió Rafan—, y tan pocos como para mostrar paz.
El anciano rey emitió un sonido que podía ser de aprobación o de irritación.
—Entonces llevad también buenos oídos. En Roma, lo que no dicen suele ser más importante.
Durante cuatro días, el castillo pareció respirar más deprisa.
Lindus reorganizó las caravanas para que la ausencia de la familia real no interrumpiera el comercio. Bertus eligió la pequeña escolta que viajaría a Roma y reforzó las patrullas de las murallas.
—Si la invitación es solo una cortesía, regresaremos con historias —dijo Lindus.
—Y si no lo es, prefiero que regresen con buenos caballos —respondió Bertus.
Las costureras ajustaron capas; los herreros revisaron las herraduras; los escribas prepararon copias de los antiguos tratados.
Liandra eligió regalos que representaran al valle sin parecer tributo: sal purificada, una hoja corta de acero oscuro, tela teñida con plantas de las laderas y un volumen de poemas copiado por Sacandro.
Cléra pidió permiso para llevar un pequeño estuche de pergaminos.
—¿Vas a estudiar durante un banquete? —preguntó Melina.
—Quizá conozca a alguien que sepa dónde encontrar los textos que nos faltan.
—Roma tiene generales, senadores y luchadores, y tú estás preocupada por las bibliotecas.
—Precisamente por eso volveré con algo útil.
Lóra pasó entre ellas llevando tres capas.
—Y yo volveré sabiendo cuál de vosotras puede iniciar una guerra primero.
La mañana de la partida, el anciano rey abrazó a sus nietas y entregó a cada una un pequeño broche con forma de león. No eran las piezas ceremoniales de la familia real, sino antiguos broches oscurecidos por años de uso.
—Para que recordéis quiénes sois cuando todos a vuestro alrededor intenten deciros quiénes deberíais ser.
Ling permaneció en el valle con él. Antes de que Rafan montara a caballo, el monje apoyó un puño cerrado sobre la palma abierta de la otra mano e inclinó la cabeza.
—La espada permanecerá en su vaina —dijo Rafan.
—La espada más peligrosa estará sobre la mesa —respondió Ling—. Y la llamarán propuesta.
El viaje reveló a las princesas un mundo que los mapas de Sacandro no podían contener.
Atravesaron aldeas donde los niños corrían tras los carruajes para ver a las hijas del Rey León; cruzaron puentes romanos tan regulares que parecían trazados con una regla; durmieron en puestos de camino y escucharon distintas lenguas alrededor de las hogueras.
Los mercaderes reconocían el broche de Rafan e intercambiaban noticias por noticias.
Cuanto más se acercaban a Roma, más ancho se volvía el camino. Carros cargados de grano compartían la ruta con tropas, animales, mercaderes, funcionarios y personas escoltadas por guardias.
Cléra fue la primera de las hermanas en reparar en las personas encadenadas.
Eran seis hombres y dos mujeres, unidos por argollas de hierro. Uno de los hombres cojeaba. El soldado que los conducía tiraba de la cadena cuando disminuían el paso.
—¿Prisioneros? —preguntó Cléra.
Liandra siguió al grupo con la mirada.
—Quizá lo fueran, alguna vez.
—¿Y ahora?
Su madre tardó un momento en responder.
—Ahora alguien los considera de su propiedad.
Melina apretó los dedos alrededor del broche de su capa. Lóra bajó la mirada hacia el libro que llevaba consigo, pero no volvió a abrirlo aquel día.
Roma apareció primero como una línea de tejados y humo. Después llegaron las murallas, los monumentos, las multitudes y un ruido tan inmenso que parecía pertenecer a la propia tierra.
Las princesas habían escuchado historias durante toda su vida. Ninguna las había preparado para aquello.
Un acueducto atravesaba el paisaje sobre una sucesión de arcos, llevando agua desde montañas lejanas hasta una ciudad que parecía incapaz de saciarse.
Templos de piedra clara se alzaban sobre las casas.
Columnas sostenían fachadas más altas que las torres del valle.
Estatuas de hombres muertos ocupaban plazas por las que miles de vivos tenían que desviarse para pasar.
—Roma parece construida por gigantes —murmuró Lóra.
Rafan observó los andamios y las filas de trabajadores.
—La construyeron hombres.
La comitiva avanzó sin prisa. Los ciudadanos se detenían para contemplar a los extranjeros. Algunos reconocían los leones de sus estandartes y señalaban. Otros se reían de las trenzas de los guardias y de las pieles que llevaban sobre los hombros.