Capítulo 52
EL AMANTE
P ATRO: UN DÍA DESPUÉS
—¿Está pasando algo ahí adentro? —gritó Augusto desde el pasillo mientras tocaba—. ¿Qué es ese ruido?
«Mierda».
Aquiles abrió la puerta violentamente, bloqueando con su cuerpo la habitación vacía.
—Estamos cogiendo —dije al reunirme con él—. Perdón, nos dejamos llevar un poco.
Juntos, no los dejábamos ver hacia adentro.
Poco estaba parado en la cabeza de Alexis, mordisqueando sus rizos, mientras que su inmenso animal de protección daba saltos por el pasillo; la maceta de un olivo decorativo se asomaba por su hocico (me quedé sin palabras).
Augusto y Caronte estaban a su lado, abrazándola por los hombros de manera posesiva.
Resoplé. «Están tan enganchados que da pena». Yo jamás me obsesionaría tanto por una mujer.
Alexis era mi aprendiz y, claro, pensé que podíamos ser algo más. Habría querido que nos diéramos una oportunidad, así que hice lo impensable: lo había intentado . Pero ella dejó claro de qué lado estaba.
Se me apretó el pecho.
Odiaba sentirme tan traicionado.
Alexis me sonrió con las mejillas sonrojadas de satisfacción; sus ojos de diferentes colores se veían brillantes y desprotegidos por primera vez desde que la conocí. Poco bufó.
No era tan egoísta como para no poder admitir que los tres se complementaban.
Al principio, había sido un maldito desastre. Los tres eran muy similares, solo diferentes matices del mismo sufrimiento estoico, algo más allá de lo exasperante.
Sin embargo, ahora habían encontrado la felicidad conyugal.
Con el estómago pesado de temor, traté de ignorar lo que eso significaba para Aquiles y para mí. Teníamos que casarnos con alguien extraño que intentaría arruinarnos con sus celos mezquinos. «Va a intentar quitarme a Aquiles».
Nadie se casaría para toda la inmortalidad y se conformaría con el segundo lugar para siempre, pero era la única opción que nos quedaba.
La garganta se me llenó de bilis de solo pensarlo.
Prefería lanzarme del techo de esta villa antes que amar a alguien la mitad de lo que amaba a Aquiles.
Él sentía lo mismo.
Por eso había intentado hacer que algo sucediera con Alexis. Además de que ella no era tan insoportable como la mayoría de la gente. Una parte de mí genuinamente todavía la consideraba una amiga. Aunque jamás lo admitiría en voz alta.
Augusto entornó los ojos.
—Interesante, bajen el volumen.
—Por supuesto, hermano —dije de modo casual.
Me miró alzando las cejas. Nunca habíamos tenido una relación particularmente cercana, pero respetaba su capacidad para mantenerse tranquilo ante la perpetua estupidez de Esparta.
Aquiles les cerró la puerta en la cara.
Poco chilló beligerantemente.
Sus pasos dejaron de oírse.
Aquiles se volvió hacia mí y se acomodó el obsceno bulto que había aparecido en sus pantalones militares.
«Nadie jamás ha sido tan guapo ».
Miró mi rostro con intensidad. Desde que me interrogaron durante el Torneo de Gladiadores, había estado teniendo problemas de posesividad y ansiedad por separación.
Ya éramos codependientes de una forma poco saludable, pero de alguna manera había empeorado.
«Es tan perfecto».
Tomé la cara con bozal de Aquiles, y él inclinó la cabeza, recargándose en mi mano reverente.
Me puse de puntitas y le di un beso en el cuello; su piel caliente se tensó con mi contacto.
Me agarró de la cadera y se empujó contra mí. Gemí y lo lamí.
Salió humo de su bozal y nos envolvió.
Olía a sexo carnal, a fuego y a todo lo que siempre había querido.
«Es un sueño hecho realidad».
—¿Podrían esperarse para hacer eso? Y, ¿hay una razón por la que me tienen acorralada de nuevo?
¿O solo quieren que los mire? —preguntó una ronca voz femenina con hartazgo—.
No creo que me guste. Por otro lado, ¿son propensos a los exabruptos y a los actos repentinos de violencia?
De ser así, creo que tienen una condición diagnosticable que se llama…
Me separé de Aquiles; su sabor embriagador seguía hormigueando en mi lengua.
Me había distraído de lo que estábamos haciendo aquí: obteniendo respuestas.
—¿Alguna vez te callas, carajo? —le pregunté con genuina confusión, porque, por lo que había visto, nunca se callaba. Jamás .
Medusa resopló.
Yo disfrutaba el silencio, lo prefería , y ella todo el tiempo hablaba de tonterías.
Era justo lo opuesto a Aquiles, en todos los sentidos.
— No. —Medusa se agarró el brazo izquierdo y entornó los ojos mientras su largo cabello negro se movía; las tres monstruosas serpientes cascabelearon—.
No me voy a quedar callada solo porque no puedes soportar el hecho de que has estado amenazando a una mujer inocente durante semanas como un cobarde…
Me reí.
—Ay, por favor; se te olvida con quién estás hablando. Yo leo a las personas, ese es mi poder, y sé con absoluta certeza que sigues ocultando cosas. Ya deja tu acto de mujer inocente.
Medusa se dirigió hacia la puerta.
Le bloqueé el paso.
—Quítate de mi camino —me exigió—. Ya estoy harta de tus estupideces. Acorrálame una vez más, y te voy a morder.
Sus serpientes se alzaron por encima de su cabeza, con un ruido más fuerte.
Un hombre inferior se habría intimidado ante su demostración de poder. Una serpiente de gorgona era intimidante; tres eran una terrible demostración de poder. Aquiles y yo las miramos con franca curiosidad.
Siempre nos habían intrigado las cosas peligrosas.
Medusa se movió.
Yo me moví con ella.
Con una sonrisa arrogante, la miré hacia abajo.
No era rival para mí.
Iba a descubrir lo que estaba ocultando y le demostraría al mundo que no se podía confiar en ella.
— ¡Dije que te quitaras! —Medusa me empujó del pecho, y me reí de lo débil que era.
Encajó las uñas en mi pecho.
Se me erizó la piel donde me tocó; sentí una emanación de calor a través de mi esternón, de asco , y me aparté de ella con violencia.
—Jamás me vuelvas a poner las manos encima, escoria de serpiente —le advertí.
Ella me lanzó un puñetazo, y yo atrapé su mano y le torcí la muñeca dolorosamente. Le tronaron los huesos; era vergonzosamente frágil. Su cuerpo solo era curvas suaves y largo cabello negro. No tenía nada de espartana. Cronos, la mayor parte de los humanos era más fuerte.
Nunca en mi vida había conocido a alguien tan inútil.
«Alguien tiene que protegerla». Sacudí la cabeza, negándome a reconocer ese ridículo pensamiento.
—¿Qué tal si simplemente te mantienes lejos de mí? —Medusa me fulminó con la mirada, y sus serpientes se alzaron más; las tres se concentraron en mí mientras ella intentaba soltarse. Falló.
Unos recuerdos horrendos me treparon por la columna.
Sostuve su muñeca con fuerza.
«No eres más que un mestizo patético. Deja de llorar. No vas a sobrevivir en Esparta», dijo con desdén mi tutor gorgona.
Unas manos aparecieron frente a mi cara, llevándome de vuelta al presente.
—Yo estoy aquí, no pueden hacerte daño —dijo Aquiles con señas.
Asentí, sintiéndome desmayar.
—Deja de seguirme —dijo Medusa con altanería; por alguna razón, no podía soltarla.
—No puedo —susurré, sintiéndome todavía desconcertado por los recuerdos—. Ahora somos tus nuevos guardaespaldas. —Obligué a mis labios a torcerse en una sonrisa cruel, aunque en realidad quería ponerme de rodillas y gritar—. Tú eres la razón por la que nos torturaron.
«Fue declarada inocente, y qué bueno que los olímpicos no la encontraron, porque no habría podido soportar la tortura».
Medusa me dio una patada en la espinilla.
Miré hacia abajo con incredulidad.
Si no la hubiera visto, no me habría enterado de que acababa de intentar atacarme.
«Alguien le tiene que enseñar defensa personal».
No era mi problema.
«En cierto modo, lo es».
Sacudí la cabeza por ese ridículo pensamiento; di un paso atrás bruscamente, arrastrándola conmigo.
La parte posterior de mi pierna derecha se tensó con el movimiento porque mi tendón cortado todavía no se había curado por completo. Los olímpicos habían vertido un extraño veneno en la herida abierta tantas veces que me preocupaba que jamás sanara.
No me importaba.
El verdadero problema era que Aquiles pensaba que todo había sido su culpa, y no dejaba de tratarme con pincitas; actuaba como si estuviera hecho de cristal.
Medusa entornó los ojos.
—¡Suéltame!
Le torcí la muñeca, pero me aseguré de no causarle un daño real.
Había algo inmensamente satisfactorio en jugar con ella.
Aquiles se acercó más.
—No la lastimes —dijo con señas, expresando mis pensamientos.
— Obviamente —respondí, con la voz llena de sarcasmo.
Aquiles miró la parte donde la estaba tocando y luego volvió a mirarme a mí con una interrogación en la mirada.
No entendía por qué actuaba así.
«Yo tampoco».
—Ya supéralo —dijo Medusa—. No estás enojado conmigo, estás enojado con los olímpicos. Solo eres otro hombre narcisista y orgulloso de la Casa de Afrodita. Yo veo más allá de tu acto egocéntrico y melancólico. Jamás serás nada… más que el hombre que vive a la sombra de Aquiles.
Solté su brazo.
Me ardían los dedos donde la había tocado. Sentía frío cuando alguien mentía, y calor con la verdad. Se me nubló la vista y me quedé sin aliento.
«No eres más que un mestizo débil».
Los gritos torturados de mi pasado me resonaban en los oídos.
Necesité cada gramo de control en mi cuerpo para endurecer mi expresión y ponerme la máscara de cruel indiferencia.
—Tú no sabes nada —dije en voz baja.
Medusa se apretó el brazo con más fuerza y, por un segundo, me pareció pequeña y perdida, pero luego sus ojos destellaron, las serpientes cascabelearon, y ella también adoptó una expresión indiferente.
—Solo déjame en paz —escupió.
«No puedo ».
Esta vez, mi sonrisa no era falsa.
—¿No acabas de escuchar el anuncio? —me burlé, alzando las cejas—. Somos tus nuevos guardaespaldas; vamos a pasar mucho tiempo juntos.
Aquiles se acercó a mí y pasó su brazo alrededor de mis hombros; acarició mi bíceps con los dedos.
Me derretí contra él.
Medusa frunció el ceño; curvó hacia abajo sus labios rubí, como en un puchero, y los miré, incapaz de apartar la mirada.
Aquiles recorrió mi brazo con los dedos de arriba abajo para tranquilizarme.
Medusa nos miró alternativamente; la curiosidad destellaba en sus extraños ojos lavanda.
—Vamos a compartir una habitación — dije con una suavidad peligrosa—. Vamos a pasar tantas noches juntos los tres. A solas .
Sus labios se separaron con un grito ahogado.
Un nudo me cerró el vientre de pura satisfacción masculina.
Por primera vez, ella no tenía nada que decir.
«Sí, acabo de encontrar un nuevo pasatiempo».
Acaricié el pecho de Aquiles y disfruté cómo se tensaba y me apretaba más contra su cuerpo, con un bulto inconfundible.
La parte superior de las mejillas de Medusa se ruborizó, mientras seguía esforzándose por hablar.
Aquiles tensó la cadera, presionando su erección contra mí.
Medusa se mordió el labio inferior, con fuerza, y luego se tapó la boca. De repente, pasó junto a nosotros y salió corriendo de la habitación. Cuando la puerta se cerró de golpe detrás de ella, tuve la urgencia más ridícula: «persíguela ».
Mi respiración era demasiado ruidosa en el silencio del cuarto.
Aquiles se volvió hacia mí.
Explotó, sus movimientos eran bruscos por la necesidad; su sangre corrió hacia el sur mientras me agarraba de los brazos y me empujaba hacia atrás hasta acorralarme contra la pared. Recorrió mi abdomen con los dedos y luego más abajo. Me desabrochó los pantalones, liberando mi miembro adolorido.
Desde el Torneo de Gladiadores así habían sido las cosas entre nosotros: frenéticas y apresuradas.
Lo jalé del pelo y enredé los dedos en su cabello sedoso.
Me acarició bruscamente, con fuerza, justo como me gustaba.
Le jalé el cabello.
—Te amo tanto —dije mientras recorría su rostro con las manos, luego las bajé y rocé su cremallera. Saqué su duro pene tatuado. Punzaba en mi mano, increíblemente grueso. El líquido preseminal se acumuló en la cabeza enrojecida.
Sacudió la cadera. Le salía humo por el bozal mientras nos masturbaba a ambos.
Bajé la mirada y escupí.
Luego volví a enterrar las manos en su cabello, aferrándome a él como si mi vida dependiera de ello mientras él nos acariciaba a los dos más rápidamente.
Los ruidos de carne húmeda se mezclaron con mis gruñidos de placer.
No se detuvo hasta que nuestro semen le cubrió las manos, goteando en el suelo.
Jadeando después del poderoso orgasmo, enterré la cabeza en la depresión que se formaba entre su cuello y su clavícula, mi parte favorita de su cuerpo. Besé su piel; su sudor era un afrodisíaco sobre mi lengua mientras lo lamía y succionaba.
Con su bozal, era lo más cerca que llegaríamos a un beso.