Capítulo 53
EL DRAGÓN
A QUILES
Sujeté el bíceps de Patro con dedos temblorosos. Él era mi corazón y mi alma. «Mi todo».
La necesidad de encadenarlo a mi lado era abrumadora. Desde que le habían cortado el tendón, me sentía atormentado por la necesidad de masacrar a todos los olímpicos de la tierra.
Dostoievski debió haber visto dentro de mi alma cuando escribió: «ningún animal podría ser tan cruel como un hombre, tan artísticamente, tan artísticamente cruel».
No quedaba piedad dentro de mi cuerpo.
—Te adoro —susurró Patro contra mi cuello.
Me estremecí.
«Declara una guerra por él».
«Hazlo».
Patro me besó la clavícula.
—Te amo tanto.
«Solo necesito quitarme este bozal».
«Después, los mataré a todos».
—Te amo más que a nada en el mundo —dijo Patro con reverencia.
Los olímpicos fueron inteligentes al amordazarme. La mayor parte del tiempo era un hombre tranquilo y sereno, pero también estaban los otros momentos, los momentos en que estallaba y perdía cualquier pretensión de civilidad. Estaba cerca de ese momento.
Patro suspiró pesadamente.
Me alejé de él, aunque odiaba cada centímetro que nos separaba, para hablarle en señas.
—No te preocupes.
—¿Por qué? —Los ojos sorprendentemente verdes de Patro estaban húmedos de placer.
—Por Medusa —dije con señas, preparándome para su ira.
Los labios de Patro se curvaron en una sonrisa pecaminosa.
Feromonas y algo nuevo, un oscuro deseo prohibido, flotaron en el aire entre nosotros.
—Ay, no estoy preocupado —dijo Patro, con un tono malvado—. Pero Medusa debería estarlo.
Si hubiera sido un buen hombre, le habría dicho que la dejara en paz.
No lo hice.
La infame gorgona despertaba mi propia curiosidad.
Todos pensaban que yo era el único peligroso en la relación; sin embargo, cuando Patro fijaba la mirada en alguien, cuando estaba realmente intrigado, ninguna fuerza en la tierra podía impedir que consiguiera lo que quería.
Una anticipación tóxica me llenó el pecho.
Ya nos habían asignado como los guardaespaldas de Medusa, e íbamos a pasar mucho tiempo juntos en el futuro.
«No puede escaparse de nosotros».
El cuero crujió cuando intenté sonreír.