Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 51
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Capítulo 51

LOS PECADOS DEL PADRE

A LEXIS: EL DÍA SIGUIENTE

Los rayos de la mañana brillaban sobre las masculinas sábanas de seda negra. Estaba acostada sobre Caronte como una cobija; él roncaba debajo de mí.

Augusto se estiró bajo las cobijas, y sus ojos se encontraron con los míos.

«Buenos días, mi amor».

Se acost ó encima de mí, y Nyx siseó somnolienta desde algún lugar debajo de las almohadas; dijo algo sobre asfixiarnos a todos y «matar a la espantosa vaca con alas».

Como si lo hubieran llamado, Fluffy II rodó dormido por el suelo y pateó salvajemente con sus cascos; un tocador se estrelló contra el suelo y Fluffy II siguió roncando con trozos de madera encima (no era el más listo).

Caronte bostezó, adormilado, y cuando se incorporó se veía adorable y despeinado. Negó con la cabeza mientras veía a mi animal de protección durmiendo (¿desmayado?) y luego se giró hacia mí con una sonrisa traviesa, y se acomodó para dejarme entre él y Augusto.

Al mismo tiempo, besaron los dos lados de mi cuello.

Unas horas más tarde, los tres caminamos tambaleantes al baño, saciados y ebrios unos de otros. Caronte y Augusto habían compartido conmigo lecciones sobre depravación toda la mañana. Eran maestros muy hábiles, y yo aprendía rápido.

En el baño, Caronte me susurraba cosas pecaminosas al oído mientras me bañaba en una tina de oro; Augusto me lavaba el cabello con ternura, mientras decía palabras de alabanza directamente en mi mente.

Me hundí en las burbujas. Tanto Nyx como Fluffy II seguían durmiendo; en las últimas semanas había descubierto que cuando nuestras vidas no estaban activamente amenazadas de muerte, eran extremadamente perezosos (me identificaba).

—Alexis. —La voz de Caronte tenía un matiz extraño. Me rozó suavemente debajo del ojo izquierdo con el pulgar e hizo una larga pausa, como si estuviera reuniendo valor para hablar. Finalmente, me preguntó—: ¿Cómo sucedió lo de tu ojo… y tu oído?

Augusto dejó de mover los dedos entre mis rizos.

Los dos esperaron.

Suspiré y me hundí más en la espuma.

El calor del presente era un manto reconfortante que atenuaba el frío dolor del pasado.

«De todos modos, ya no hay nada que puedan hacer. Es solo una historia. No tiene poder sobre mí».

—Hubo una tormenta… y mis padres adoptivos dijeron que iban a matar a Charlie —susurré en la tranquilidad del baño—. Les avent é un tostador de pan. —Me reí para mis adentros por la idiota valentía de mi yo infantil.

Les conté una historia de puños, inanición, un cadáver, la policía, sangre venenosa secreta, de mirarme la cara en el espejo y de ver cómo se llevaban el remolque.

Cuando terminé la historia, me inundó una paz catártica. Parecía ficticia y también se sentía así. Le había sucedido a una versión diferente de mí, hacía muchos años.

Esa niña asustada ya no existía.

Tomé algunas burbujas con las manos y las soplé sobre el baño. Estallaron a la luz.

El silencio se prolongó.

Augusto hizo un ruido extraño.

Una toalla salpicó espuma en el suelo cuando Caronte la dejó caer.

Me volví a mirarlos.

Una sola lágrima de sangre surcaba el rostro de Augusto, y la mandíbula de Caronte estaba tan apretada que la cara se le estaba poniendo morada.

—Ya pasó —dije con calma, levantando las manos—. Está bien, es el pasado. Yo no soy lo que ellos me hicieron… yo me hice a mí misma.

Era verdad, y dejé que se asentara en mi pecho.

Sonreí con alivio.

—No —dijo Caronte con vehemencia, y su voz resonó como un disparo.

Augusto sacudió la cabeza.

—No —repitió Caronte.

«No, no está bien», resonó en mi mente.

—Sí está bien. —Quise tocarlos.

Augusto me agarró de la muñeca y la giró; desabrochó el brazalete dorado que siempre llevaba, y lo dejó caer al suelo de mármol.

—Y… ¿esto? —preguntó Augusto en voz alta mientras recorría suavemente las capas de viejas cicatrices con el pulgar. Se entrecruzaban con otras más nuevas.

Miré fijamente la piel marcada, sin mucha emoción.

—Cuando era niña, mi padre adoptivo me ató con una cuerda. —Mi voz era neutra. Me encogí de hombros con indiferencia—. Era joven y desesperada, y me fracturé las muñecas contra una piedra para liberarme.

Augusto soltó mi brazo.

—Tendría que haberme dislocado los pulgares, pero era tan chica y tenía tanta hambre, que…

Me quedé callada cuando Augusto y Caronte se levantaron, salieron de la tina y del baño.

Escuché los chasquidos de sus hebillas mientras se vestían rápidamente.

—Eh… ¿qué hacen? —Salí de la tina, tambaleante, y me puse una bata.

Se escuchó el clic de un seguro.

Caronte sostenía dos pistolas.

Augusto guardó un cuchillo de caza afiladísimo en una funda sobre sus pantalones.

Asintieron uno hacia el otro y salieron de la habitación.

Por un segundo, parpadeé con incredulidad, luego corrí tras ellos.

—¡Esperen!

Unos minutos después, conseguí llegar abajo de las escaleras, y jadeé con las manos en las rodillas; el cardio nunca había sido mi fuerte, y ellos se movían ridículamente rápido.

— ¿A qué vinimos a este estúpido calabozo?

—A vengarnos. —La voz de Caronte estaba distorsionada de furia.

Me tomó un segundo ajustar mi vista a la oscuridad.

Sonaron unas cadenas.

Augusto y Caronte estaban parados frente a un prisionero cubierto de tierra.

Déjà vu .

Tenía que dejar de venir a este lugar; nunca pasaba nada bueno.

En lugar de explicarme por qué se habían vuelto locos, Augusto se tronó tranquilamente los nudillos y le lanzó un puñetazo a la cara al prisionero.

Crujieron huesos.

Salpicó sangre.

Gimió un hombre.

Me lancé sobre Augusto para agarrarle el brazo cuando preparaba otro golpe.

—En serio, ¿qué demonios te pa…?

Me callé cuando vi la cara del prisionero.

—Alex. —Mi padre adoptivo tosió violentamente, mostrando una familiar hilera de dientes podridos—. Diles a estos… hombres que… me suelten.

El mundo dejó de girar.

—E-e-eres tú.

Asintió con entusiasmo.

Me azotaba el frío viento de Montana mientras me encogía en el rincón de un remolque.

Mi madre adoptiva gritaba.

Charlie gemía.

Me había mentido a mí misma; todavía era una niña que se escondía de un hombre que no paraba de lastimarla.

Me volví hacia mis esposos.

—Hicimos algunas averiguaciones. —Los ojos de Caronte fulguraron de furia—. Estábamos esperando el momento adecuado para decírtelo. Pensamos que decidiríamos qué hacer con él cuando…

—Él no es asunto suyo —lo interrumpí.

—Ya sabemos. —Augusto apretó los dientes—. Por eso no lo habíamos tocado. Es un regalo.

—Para ti —dijo Caronte; las armas crujieron en sus manos mientras las apretaba con fuerza—. Por si deseas la venganza. —Se le contrajo un ojo—. O no.

Augusto dio un paso atrás y jaló a Caronte con él.

—Es todo tuyo; es tu decisión. Nosotros te apoyamos, pase lo que pase.

Caronte hizo un ruido de desacuerdo.

— Pase lo que pase —dijo Augusto, pero su expresión no coincidía con sus palabras.

—Por favor, Alex —suplicó mi padre adoptivo.

Me estremecí antes de poder evitarlo.

—Por favor —repitió—. Tú nunca fuiste violenta. Siempre fuiste una buena niña temerosa de Dios. El padre John te amaba. Siempre quisiste ayudar a la gente. Tú no quieres hacerme daño. No quieres…

Me clavé las uñas en la mano para acumular sangre.

El báculo de Asclepio se formó en mi mano.

Mi padre adoptivo jadeó de asombro cuando el báculo brilló con intensidad.

—Tú siempre tuviste un alma tan gentil —dijo—. Tan piadosa. Tan buena.

—¿No te has enterado? —le pregunté con voz suave.

Él me sonrió como si fuéramos viejos amigos.

—¿Enterado… de qué?

Giré el báculo.

El espacio entre nosotros se llenó de luz.

Empujé el extremo afilado contra su esternón; la luz se apagó.

El calabozo se quedó a oscuras.

—De que fui yo la que la maté —dije con frialdad—. Yo asesiné a tu esposa ese día de invierno.

Él gritó, y le escurrió espuma de los labios, abrió los ojos de terror abyecto.

Le arranqué la barra del pecho y la dejé caer.

La sangre se convirtió en un charco humeante.

Él se ahogó y se retorció; las cadenas sonaron mientras se sacudía, y su rostro se contorsionó en una máscara de traición.

Le di la espalda, porque no era una amenaza para mí.

Caronte pasó su brazo alrededor de mis hombros, y Augusto pasó el suyo alrededor de nosotros dos.

Nos fuimos de ahí.

Mi padre adoptivo jadeó con fuerza.

—Alex… te vas… a arrepentir.

—No —dije, sin mirar atrás—. La verdad, no.