Capítulo 49
REUNIÓN DE LA FEDERACIÓN
M EDUSA: DOS SEMANAS DESPUÉS
La líder de la Casa de Atenea alzó la mano. Estaba detrás de la plataforma del podio en la parte inferior del anfiteatro abarrotado.
Su largo cabello castaño brillaba con adornos dorados que combinaban con su pesada corona de laurel. Cuando se movía, resplandecían las capas de seda de su toga blanca.
Atenea se aclaró la garganta.
—Fungiré como portavoz interina de la Federación debido a estas… circunstancias excepcionales.
Todos guardaron silencio.
Los líderes de las Casas, los generales y las criaturas distinguidas le prestaron toda su atención.
Nadie sabía cómo reaccionar ante el hecho de que su ilustre líder olímpico había admitido planear el asesinato de una niña (fuera del crisol, la distinción era clave) y luego había desaparecido tras ser humillado públicamente.
En el extremo opuesto del anfiteatro, los espartanos que llevaban blasones de león bajaron la cabeza con vergüenza.
La Casa de Zeus había caído.
Eran tiempos gloriosos para estar vivo.
—Es mediodía en punto. Esta reunión de la Federación entra en sesión. —Atenea señaló el reloj dorado en la pared detrás de ella.
Me froté los ojos, pero el reloj seguía igual.
«Ay, no».
«Otra vez, no».
La manecilla grande estaba en el dos, la manecilla pequeña estaba en el veinte, y la manecilla de los segundos flotaba justo encima. Decía que eran las dos veintidós.
Torpemente, saqué un cuadernito de mi bolsillo y escribí: «Atenea anunció que eran las doce, pero el reloj detrás de ella dice 222. Es la tercera vez esta semana que veo ese número».
Alexis miró mi cuaderno, y lo cerré rápidamente.
Cuando veías cosas que otras personas no veían, aprendías el valor de la discreción.
Atenea empezó a hablar sobre impuestos y recursos humanos, y mientras hablaba, un puntito brillante se materializó en el aire sobre su cabeza, tan pequeño que apenas podía distinguirlo.
«Actúa natural, mantén la compostura».
Discretamente miré hacia atrás, «ay, maravilloso»; por toda la sala, aparecieron puntos de luz sobre la cabeza de la gente.
Nadie más podía verlos.
Alexis me miró de nuevo, con los ojos de dos colores entornados, y abrí la boca para asegurarle que todo estaba bien (no lo estaba), pero mi mandíbula se cerró de golpe: un extraño resplandor emanaba sobre sus rizos.
Ella me tocó suavemente los brazos, empujándome hacia atrás.
Sin darme cuenta, me había ido inclinando hacia ella, tratando de ver mejor la luz flotante.
— ¿Estás bien? —me preguntó Alexis con preocupación.
«No».
Dos sencillas palabras.
Como una persona que había estado encarcelada y que de niña había sido diagnosticada clínicamente como loca por los médicos olímpicos, solo había una respuesta correcta.
—Ay, sí, estoy bien —dije mientras Atenea seguía monologando sobre impuestos y zonas protegidas—. Hasta se podría decir que estoy genial en este momento. Fabulosa. He estado investigando y leyendo mucho. Ha sido muy informativo. ¿Sabías que la gran rebelión de los cíclopes de…?
Me callé cuando Alexis frunció el ceño.
«Claro».
«Hablar sin parar incomoda a la gente».
«Actúa normal ».
El problema de ser una gorgona, una ctónica, una mujer con opiniones y el poder de Fortuna, además de una ratona de biblioteca, era que inquietaba a la gente.
Era demasiado apasionada.
«Demasiado extraña».
Mi existencia era una red flag ambulante.
—Me pareció ver una mosca —terminé con patetismo—. Sobre tu cabeza. Criaturillas incómodas. Muy molestas. —Moví la mano y fingí aplastar un animal inexistente.
Alexis no parecía convencida.
—Ahora nuestro siguiente asunto —anunció Atenea—. La razón por la que todos estamos aquí hoy.
Alexis me ofreció su mano y la tomé rápidamente; envolví los dedos alrededor de los suyos y me acerqué más. Si le inquietaba mi proximidad, no lo demostraba.
El contacto físico siempre había sido mi lenguaje del amor.
Resonaron murmullos a mi alrededor mientras los espartanos susurraban entre ellos.
—Escoria de serpiente —escupió alguien en la fila detrás de mí.
No me di la vuelta.
Atenea desenrolló un pergamino.
—En el caso de la Federación contra Medusa. A la luz de nuevas pruebas y en mi poder como oradora interina para decretar desde el podio…
El reloj detrás de ella se había detenido a las dos veintidós y el pequeño resplandor que flotaba sobre su cabeza se hizo más fuerte.
Todo se reducía a este momento particular.
Alexis me agarró con más fuerza.
—Medusa será… —La boca de Atenea se movía con dolorosa lentitud—. Perdonada de todos los crímenes alegados.
«Santo Cronos».
Me inundó un alivio intenso y embriagador. Luché contra el impulso de desmayarme.
Estaba libre.
Después de todo, realmente estaba…
—Con una condición —dijo Atenea de repente.
Me tensé.
No hacía falta tener el poder místico de Fortuna para saber que esto no pintaba bien (Místico con mayúscula, porque no tenía ni idea de cómo entender mis poderes, y mucho menos de cómo manejarlos ).
Un ruido de cascabeles llenó el aire mientras mi cabello se movía; mis queridas serpientes temblaban, y yo me estremecí con ellas por la vibración que iniciaba en mi cuero cabelludo y se extendía hacia mi columna vertebral.
Alexis me apretó la mano con las dos suyas y me tronaron los huesos. Intenté no manifestar dolor en mi rostro.
Mi herencia de criatura superaba mis genes espartanos: mi complexión era baja y curvilínea, mis huesos más débiles que los de otros espartanos de pura sangre. No estaba hecha para la guerra. Estaba hecha para leer.
Atenea sonrió.
—Por la seguridad de Esparta, la Federación requiere que Medusa asista a la Universidad Olímpica de Rodas y haga una carrera en estudios de la Fortuna.
Los murmullos aumentaron.
«Espera».
«¿Eso es todo?».
Mis serpientes se relajaron.
Era perfecto, ya que no tenía dinero a mi nombre y a partir de la semana siguiente estaría sin hogar.
Desheredada de nacimiento por la Casa de Artemisa porque mis características gorgonas eran inaceptables —una serpiente habría sido ignorada, tres eran inconcebibles—, técnicamente no tenía herencia y ningún lugar a donde ir.
Por la misma razón por la que Artemisa me rechazaba, igualmente tenía demasiada sangre espartana para ser aceptada en la cultura gorgona.
Alexis hacía como si todo estuviera bien, pero yo sabía la verdad: no era bienvenida en la villa. Patro era franco en su odio.
Esta era mi oportunidad para hacer un plan.
—Podría ser mucho peor —le dije a Alexis—. Siempre he querido tener una educación superior, pero como criatura ctónica, mis opciones son limitadas. Esto realmente es muy bueno. Puedo averiguar todo lo que siempre…
—No —dijo Hades con calma unos asientos más abajo.
«¿Eh, cómo?».
Una nueva ola de murmullos llenó la Federación.
—No será seguro para ella, estaría rodeada de olímpicos —dijo Hades en voz más alta—. Especialmente con… todo lo que ha sucedido.
Me desanimé.
De alguna manera me había olvidado de que era el enemigo número uno de los olímpicos, y sinónimo de la caída de la gran Casa de Zeus.
Años en prisión realmente pueden afectar la reputación de una persona.
«¿Quizás los conquiste con mi encanto natural?».
«Ay, espera, no tengo».
Cuando me pusieron en estasis de edad a los veintiuno, era conocida como «la ratona de biblioteca parlanchina que ve cosas y que todos ignoran».
Desperté en un mundo donde las Crónicas del Halcón me etiquetaban como una «traidora violenta, poderosa y deshonrada, escoria de serpiente en contubernio con los titanes».
Habría sido icónico, si no hubiera estado tan ocupada teniendo ataques de pánico cuando surgían los recuerdos de los guardias y…
«No pienses en ellos».
«No pienses en lo que te hicieron».
Durante mi encantadora (infernal) temporada en prisión, las relaciones con las gorgonas se habían deteriorado, de alguna manera los titanes habían mutado y les habían salido alas, y se estaba gestando la guerra.
Me sentí desanclada y me apoyé contra Alexis. Ella emanaba una energía calmante y competente y, en su presencia, sentía que todo iba a salir bien. Ella me respetaba, me escuchaba, me creía. Valoraba lo que podía hacer.
A diferencia de los olímpicos que me incriminaron y los guardias que…
«No te atrevas a pensar en eso».
Alexis me apretó la mano como si pudiera sentir mis pensamientos descontrolados hacia la oscuridad.
Ella era mi único lazo de seguridad.
Ella se interponía entre los ataques de pánico, el profundo abismo de dolor que sostenía en pedazos alrededor de mi corazón y mis oscuros pensamientos.
Alexis Hert era mi heroína.
—¿Qué propones? —Atenea alzó una ceja mientras miraba a Hades. Ares y Artemisa se inclinaron hacia adelante y le murmuraron algo al oído.
Me quedé inmóvil cuando la última me miró con desdén.
«¿Mami?». Me reí para mis adentros, luego me detuve porque no le ayudaba a mi reputación de «loca». Artemisa me desheredó desde que nac í con serpientes en la cabeza, así que nunca conocí realmente a esa mujer.
Por las miradas que me echaba, había tenido suerte.
Hades asintió y luego se volvió hacia Atenea.
—Los líderes ctónicos le permitirán asistir —dijo con aire de autoridad—, con la condición de que se le permita asistir con dos guardaespaldas. Ellos irán con ella y permanecerán a su lado veinticuatro siete para su protección.
¿Guardaespaldas?
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral mientras me estrangulaban los recuerdos.
Un guardia no tenía nada de bueno.
Atenea frunció los labios como si lo estuviera considerando. Luego, alzó la mirada hacia las filas del anfiteatro.
—¿Alguien tiene alguna objeción a esta propuesta?
Los murmullos aumentaron, se escucharon más insultos como «escoria de serpiente» (qué poco originales), pero nadie alzó la mano.
Seguramente porque todos los líderes ctónicos se habían dado la vuelta y miraban al resto de la Federación con expresiones que prometían guerra.