Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 46
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Capítulo 46

INTERROGATORIOS

A LEXIS

Me salpicaron la cara con agua helada, y luché por respirar mientras alguien me pellizcaba la nariz. La presión se liberó. Tosí violentamente.

La habitación estaba a oscuras.

Algo frío se me clavaba en la piel; me moví. Estaba encadenada a una silla por el pecho y las piernas. Mis manos estaban a mis costados, casi libres.

Estaba sentada frente a una mesa de metal manchada de sangre seca.

Había calaveras apiladas por todas partes.

«Estoy en una cripta debajo del coliseo».

«Maravilloso». Obvio no.

Nyx se deslizó lentamente sobre mis hombros, su peso invisible era reconfortante.

—¿Estás bien, niña? —susurró; sentí su lengua contra mejilla.

Tosí agresivamente.

—Para… nada. —Todavía me punzaban la cara y el costado—. ¿Y tú? —susurré entre dientes.

—Tu poder —siseó Nyx con asombro—. Me curó. Ya no siento dolor, me siento increíble.

«No me identifico».

Sacudí los hombros de un lado a otro, hasta que pude meter la mano en el bolsillo de mi toga y agarrar mi calculadora con todas mis fuerzas.

—Alexis Hert —dijo Zeus detrás de mí.

Me sobresalté y luego me senté lo más derecha que pude.

—Llámame Hércules —dije; los cortes de mis labios se abrieron.

Zeus le dio la vuelta a la mesa; la luz sacaba chispas sobre su piel.

Se detuvo cuando llegó frente a mí, con las manos apoyadas en el metal.

Su cetro había desaparecido.

Los dos estábamos solos.

«Perfecto».

—¿ Qué … sabes? —Zeus articuló cada palabra lentamente.

Sonreí.

—Todo.

Zeus aplaudió y se inclinó hacia adelante.

—Estás tratando de engañarme. —La electricidad calentó el aire rancio.

Le sostuve la mirada, me palpitaba el rostro.

—Vyco —dije.

Zeus entornó los ojos.

—¿Qué… él qué?

—Trabajaba para ti.

—¿Y… eso qué? —preguntó Zeus lentamente.

—En la ceremonia de graduación del crisol…

—Me aclaré la garganta seca, proyectando la voz para recitar los hechos que ambos conocíamos—.

Vyco dijo que hubo un ataque de titanes en la Casa de Zeus durante la reunión de la Federación, y que agarró a un bebé y se transportó; había sangre por todas partes y se desmayó.

Cuando despertó, el bebé había desaparecido.

Zeus se inclinó más cerca.

—¿Y…?

Inhalé profundamente. A partir de este punto, todo eran especulaciones mías.

—Mintió.

Zeus se rio, con expresión de alivio.

—¿De eso se trata todo esto? ¿ Ese es el secreto que conoces? —Se rio más fuerte, haciendo que las calaveras se agitaran con su risa.

—¡Hubo un ataque porque tú lo planeaste! —grité mis sospechas; jadeé en busca de aire.

Zeus se agarró el estómago mientras se reía con más fuerza.

— Tú enviaste a los titanes a atacar la reunión de la Federación. No fue Medusa… Tú la incriminaste. Ella no hizo nada . ¡Tú lo planeaste todo para que Vyco pudiera MATARME!

Luché contra las cadenas, tratando de liberar mis brazos para poder mostrarle la cicatriz de mi pecho. Todo tenía sentido.

—¡Vyco nos llevó a mí y a la equidna con la que se había vinculado ilegalmente, a la que había esclavizado , a Montana!

—grité, cada vez con más furia, porque, en retrospectiva, era obvio—.

Sin embargo, aunque era una bebé, seguro luché, me cortó y mi sangre entró en sus venas.

Lo incapacité antes de que pudiera terminar el trabajo.

Las frías escamas de Nyx se deslizaron alrededor de mi cuello.

—Niña, no sabía… que lo habías descubierto —siseó con asombro—. Mi juramento. No puedo hacerle daño.

—Lo sé —le susurré a Nyx. Tenía mis sospechas desde que Vyco contó su historia.

Zeus parecía divertido, su postura era relajada.

Pensaba que todo esto era genuinamente gracioso.

—Vyco se transportó para buscar ayuda médica. —Me ardía la garganta seca mientras continuaba—. Técnicamente no mentía cuando dijo que se despertó y yo ya no estaba, yo no estaba porque él ya se había ido. ¡Abandonó a un bebé, a mí, para que me muriera!

Zeus sonrió todavía más.

—Tanto la equidna como yo nos quedamos en Montana.

No reaccionó.

Apreté los dientes.

—Dime que me equivoco, te reto —lo provoqué—. Dímelo, cobarde, blandengue, débil, patético e impotente.

Sus ojos grises se endurecieron.

—Tienes razón —Zeus me miró con cara burlona—. Pero, ¿eso es todo… ese es tu gran secreto? ¿Eso es lo único que sabes? Todo este tiempo preocupándome, y eso era todo.

Siguió riéndose.

Incliné mi silla, tratando de liberarme.

—Incriminaste a Medusa y trataste de hacer que me mataran; nos arruinaste la vida.

Vinieron a mi mente recuerdos oscuros: un campamento de remolques; padres adoptivos gritándome; puños golpeando; años de hambre; temblar de frío mientras yacía despierta, aterrorizada por cualquier sonido; una mujer gritando y pidiendo ayuda mientras unos hombres la atacaban.

Zeus puso los ojos en blanco.

—Madura. Esto es Esparta, a nadie le importan las niñitas.

Intenté patear para liberar mis pies, el impulso de despedazarlo me quemaba viva, pero las cadenas me mantenían atada.

—Bueno; esto ha sido esclarecedor. —Zeus golpeó la mesa con los nudillos—. Pasemos a otra cosa, ¿sí?

Se hizo a un lado y jaló una palanca en la pared de piedra. Una pesada puerta de acero se levantó, revelando una atractiva figura masculina.

Unos ojos verdes resplandecientes se encontraron con los míos.

Patro estaba rodeado de guardias olímpicos con porras que sacaban chispas.

Zeus me señaló.

—Interrógala. Ahora.

Patro no se movió.

—Aquiles —dijo Zeus simplemente.

Pasó un largo segundo, y pensé que iba a desobedecer, pero luego Patro entró rígidamente a la habitación, y los guardias avanzaron a su alrededor.

Se detuvo enfrente de mí.

Abrí la boca…

Él me agarró del antebrazo con fuerza. Los blancos de sus ojos se llenaron de sangre.

—Alexis Hert, Hércules —resonó la voz de Zeus, los cráneos chocaron entre sí—. ¿Sabes dónde está Medusa?

Incliné la cabeza hacia Patro, suplicándole en silencio.

—No.

La electricidad chisporroteó mientras el silencio se prolongaba. Nyx se quedó quieta en mis hombros, esperando. Los guardias se movían empujando mi silla porque no había suficiente espacio.

—¿Bien? —Zeus le preguntó a Patro.

—Está diciendo la verdad —dijo Patro lentamente, con voz monótona y sin expresión.

Zeus golpeó la mesa, y el metal se abolló.

—Alexis Hert, Hércules, ¿de alguna manera facilitaste la fuga de Medusa?

—No.

Me crujieron los huesos bajo el agarre punitivo de Patro, que, por un segundo, abrió más los ojos.

—Está diciendo la verdad —dijo; las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo.

Zeus nos miró a los dos con desconfianza.

—¿Estás seguro? —Apretó los dientes—. Recuerda, si estás mintiendo, Aquiles será encarcelado.

Patro me miró.

—Estoy seguro. Ella no sabe nada.

Me estremecí cuando me agarró con más fuerza.

«Gracias», pensé, ahogándome en emociones.

—Tenemos que asistir al simposio de clausura —dijo Zeus mientras cerraba los puños como si intentara controlar su ira—. Mientras tanto, los guardias le aflojarán la lengua; volveremos después.

Era una amenaza.

—Vamos —ordenó Zeus.

Patro, soltó mi brazo con renuencia, pero no se alejó de mi lado. Miró a los guardias.

Lo impensable estaba escrito en su rostro.

Estaba a punto de arriesgarlo todo.

Por mí.

—No lo repetiré —dijo Zeus.

—Ve —susurré.

Patro miró mi rostro ; en sus ojos sombríos leí una promesa: «hablaremos de esto más tarde».

Abrió la boca, como si fuera a discutir.

Negué con la cabeza.

Cerró la mandíbula de golpe; tenía el rostro retorcido de dolor.

Le sonreí con tristeza mientras retrocedía lentamente hacia el corredor.

—Recuerda —Zeus miró atrás—. Si intentas transportarte antes de que termine el interrogatorio, se considerará como un acto de sedición y la Federación te culpará de conspiración con Medusa.

—Entonces, ¿sería culpable de… nada? —pregunté con desdén—. Medusa es inocente. Los dos lo sabemos.

Patro parecía profundamente inquieto.

—No te preocupes —dijo Zeus, sin molestarse en negarlo—. Volveré.

La puerta de metal crujió al bajar, bloqueándolos de mi vista.

Crac.

Sus pies desaparecieron cuando se transportaron al simposio; el humo entró en la cripta.

La puerta de la escotilla se estrelló contra la piedra.

Una vez más, estaba atrapada adentro.

Pero no estaba sola.

Me acompañaba media docena de guardias; levantaron sus porras chispeantes. Uno de ellos me golpeó. La cara me explotó de dolor.

Al parecer, habíamos llegado a la parte de los golpes del programa de esa noche.

Qué pena por ellos.

Ya estaba harta.

—Mátalos —dije.

Nyx siseó.

—Será un placer supremo. —Sus escamas se deslizaron de mi cuello cuando se impulsó hacia adelante.

Hubo un fuerte chasquido, luego un gruñido. El guardia más cercano cayó como una piedra con una marca de mordida en el cuello.

Luché contra mis ataduras. «Estoy hasta la madre de estar atada».

Con los dedos hormigueantes, me imaginé el báculo.

No pasó nada.

Necesitaba sangre fresca.

Los cinco guardias restantes se miraron entre sí con expresiones de horror mientras agitaban sus porras contra un enemigo invisible.

El segundo cayó.

—¡Es la chica! —Otra porra me golpeó la cara; la electricidad me quemó la piel.

Estallé de dolor.

Grité.

Él retrocedió, aullando mientras Nyx lo atacaba.

Hubo un torbellino de actividad mientras los guardias restantes se enfocaban en atacarme. Las cadenas se tensaban cuando intentaba moverme en la silla y agacharme.

Los golpes caían implacablemente.

Me crujió la nariz: la sangre salpicó un arco sobre la mesa.

Gemí; luces brillantes danzaban en la oscuridad mientras me esforzaba por mantenerme consciente.

Hubo un destello negro.

Unos ojos morados.

Unos colmillos de ópalo fueron a la yugular.

Los hombres gritaron, orinándose encima de miedo cuando Nyx se volvió visible, y comprendieron la magnitud de su perdición.

—¿Cómo se atreven a lastimarla? —siseó Nyx mientras retrocedía para atacar.

Los últimos guardias gritaron; los cráneos crujían a su alrededor mientras arañaban las paredes de piedra.

Nyx atacaba rápidamente, como un rayo de la muerte.